CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
HEARTS GET brOKEN – THOMAS DAY
Quedamos en el bar de siempre y para no perder la costumbre llego un poco antes. Fuera ya es de noche, aunque todavía no son ni las siete. El frío se ha adueñado oficialmente de Madrid y la gente entra al bar frotándose las manos.
Me siento cerca de la ventana y pido una cerveza solo para tener algo que hacer con las manos.
Mientras espero, miro la calle. Los coches pasan sin cesar, la gente camina con bufandas hasta la nariz.
Pienso que llevo años caminando por estas mismas calles creyendo que sabía exactamente hacia dónde iba, pero ahora no.
Ahora solo sé que necesito irme para no perderme.
Veo a Leone al otra lado de la calle, cruza mirando el móvil y luego levanta la cabeza hacia el bar. Cuando me ve, sonríe y esa sonrisa me rompe el corazón al pensar que no la voy a ver por un tiempo, o quizás nunca más.
Entra y se sacude un poco el frío del abrigo y viene hacia la mesa.
—Hola —dice, inclinándose para darme un beso.
—Hola.
Su mejilla está fría cuando roza la mía. Se sienta frente a mí y deja el abrigo en el respaldo de la silla. El camarero aparece y Leone pide otra cerveza. Durante un momento nos quedamos en silencio, mirándonos como si ambos estuviéramos intentando leer al otro.
Leone da un sorbo a su cerveza.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí —asiento acariciando el collar que me hizo en Toledo y que desde entonces vive pegado a mi cuerpo.
Durante unos minutos hablamos de cosas sin importancias hasta que menciona la gira y siento un pequeño nudo en el estómago.
Empieza en cuatro días. Cuatro días. Cuatro días después de esta conversación su vida va a llenarse de trenes, hoteles, firmas, entrevistas, lectores esperando con el libro en la mano y yo voy a desaparecer de Madrid.
Leone deja la cerveza en la mesa y me mira con atención.
—Vale —dice al final—. ¿Qué pasa?
Bajo la mirada hacia la etiqueta de mi cerveza.
—He estado pensando mucho estos días.
Leone no me interrumpe. Solo apoya los codos en la mesa y espera.
—Sobre nosotros —añado—. Sobre mí. Sobre… todo.
Sus dedos empiezan a jugar con la etiqueta del botellín.
—Esto suena a despedida —dice con los ojos brillantes.
—Lo es —le digo con una sonrisa triste.
Levanto la mirada y lo miro. No quiero rodeos.
—Voy a irme de Madrid una temporada.
Leone no reacciona. Parpadea varias veces, como si necesitara un segundo más para entender lo que acabo de decir.
—¿Irte? —repite.
—Sí.
—¿A dónde?
—Fuera —hago una pausa—. Todavía no tengo todos los detalles cerrados, pero fuera de España —añado—. Voy a dejar el trabajo —continúo—. Y el piso.
—Indira… —su cara cambia por completo.
—Déjame explicarlo —le pido en voz baja.
Leone asiente.
Me doy cuenta de que tengo las manos apoyadas en la mesa con demasiada fuerza.
—No es por huir —empiezo—. Ni de ti. Ni de lo que tenemos.
Es porque siento que llevo demasiado tiempo intentando entender quién soy dentro de todo lo que me ha pasado—.
Leone me escucha sin apartar la mirada—.
Primero fui la que estaba con Jairo. Luego la que estaba intentando superar a Jairo.
Luego la que estaba intentando no perder lo que tenía contigo — respiro hondo—.
Y estoy cansada de definirme a través de eso. Necesito conocerme —admito.
Leone se inclina un poco hacia atrás en la silla.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé —admiró— meses, un año, dos, no lo sé.
El silencio vuelve.
Leone mira la ventana durante unos segundos.
—¿Esto tiene que ver con nosotros? —pregunta.
—No de la forma que crees —niego con una sonrisa triste.
—¿Entonces?
Lo miro.
—No quiero acabar mal contigo, no quiero que dentro de un año nos miremos como dos personas que se rompieron intentando sostener algo mientras yo todavía estaba perdida.
Leone baja la mirada hacia sus manos.
Sus dedos se entrelazan.
—¿Y qué significa eso para nosotros?
—Significa que no espero que me esperes… no sería justo —añado —empiezas la gira en cuatro días —digo—. Tu vida va a ir a mil y no quiero que estés pensando en mí.
—Eso dicen —una pequeña sonrisa cansada aparece en su cara.
—No quiero que sientas que tienes que estar pensando en alguien que se ha ido a intentar encontrarse a sí misma.
Leone me mira con atención.
—¿Y tú qué sientes por mí?
—Te amo.
—Ahora sí lo dices —murmura.
—Sí y precisamente por esto necesito irme —el silencio vuelve a ocupar el espacio entre nosotros—. Porque si me quedo —añado— siempre voy a tener la duda de si estoy contigo porque te amo o porque tengo miedo de perderte.
Leone se pasa una mano por la cara.
—Siempre haces las cosas a lo grande, ¿eh?
Intento sonreír, pero no me sale del todo.
—Supongo que sí.
Nos quedamos mirándonos. Dos personas que se aman. Sentadas frente a frente en la mesa de bar que los ha acompañado desde la primera cita, sabiendo que todo está cambiando, aunque todavía no sepamos exactamente en qué dirección.
El ruido del bar vuelve poco a poco a mi cabeza. Las cucharillas chocando contra las tazas, una puerta que se abre y deja entrar una ráfaga de aire frío, a gente riéndose. Todo sigue funcionando con normalidad mientras nosotros nos quedamos suspendidos en este pequeño silencio.
Leone baja la mirada hacia la mesa. Sus dedos siguen entrelazados.
Cuando vuelve a levantar la cabeza veo en sus ojos tristeza y comprensión a partes iguales, como cuando aceptas algo que no querías escuchar pero que, en el fondo, sabes que es verdad.
—Te vas a ir igual —dice al final.
—Sí —admito, pero por dentro estoy hecha pedazos, nunca imaginé que yo le haría lo mismo que un día le hizo su ex, irme.
—Siempre supe que eras así.
—¿Así cómo? —pregunto confundida.
Se encoge de hombros.
—Valiente para las cosas que dan miedo.
No sé si eso es un halago o una despedida. Miro sus manos otra vez. Luego su cara. Sus ojos, los ojos más bonitos que mis ojos han visto nunca, están brillantes y la culpable soy yo. Siento cómo mi alma se va rompiendo poco a poco.
—Lo siento —murmuro.
Leone niega con la cabeza al instante.
—No. No me pidas perdón por intentar encontrarte.
Me quedo mirándolo sin saber muy bien qué hacer con todo lo que siento.
—Solo… —añade él, pasando una mano por su barba corta—. Solo me hubiera gustado que el tiempo hubiera sido distinto.
—A mí también.
La verdad es esa. Si lo hubiera conocido en otro momento de mi vida quizá todo sería más sencillo. O quizá no. Nunca se sabe.
Leone se inclina un poco hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.
—Cuándo te vas.
—Pronto.
—¿Cuánto es pronto?
—Un par de semanas.
Asiente.
Sus ojos se quedan en mi cara como si estuviera intentando memorizar algo y de repente siento que no quiero que este momento termine con nosotros sentados frente a frente, como dos personas educadas hablando de decisiones inevitables.
Me levanto. La silla roza el suelo con un pequeño chirrido. Leone frunce el ceño, sorprendido, justo antes de que dé la vuelta a la mesa y me acerque a él.
—Indira…
No le dejo terminar. Me inclino y lo beso, un beso lleno de todo lo que no hemos sabido decir bien durante meses.
Leone tarda un segundo en reaccionar. Sus manos suben a mi cintura y me acercan más hacia él. Siento el calor de su mano en mi espalda, la forma en que su pulgar se mueve casi sin darse cuenta sobre la tela de mi jersey.
Cuando nos separamos nuestras frentes se rozan y entonces las lágrimas llegan. Primero en mis ojos. Luego en los suyos.
—Te amo —susurro con mis labios pegados a los suyos.
Leone cierra los ojos y cuando vuelve a abrirlos sus pestañas están húmedas y las lágrimas caen por sus mejillas.
—Yo también te amo.
Sus manos suben hasta mi cara. Me sostiene las mejillas con una delicadeza que hace que me duela el corazón como nunca.
—Muchísimo.
Una lágrima baja por mi nariz y él la limpia con el pulgar.
Nos quedamos así unos segundos, mirándonos de cerca, como si intentáramos grabar este momento en algún lugar seguro.
—Ojalá… —empiezo.
—No hagas eso —me interrumpe.
—¿El qué?
—Intentar imaginar la vida que no ha sido —suspira—. La nuestra ha sido esta —su mano sigue en mi cara—. Y ha sido bonita.
Eso hace que otra lágrima se me escape. Leone sonríe un poco al verla.
—¿Cómo haces para estar guapa incluso llorando?
—Cállate —digo, riéndome entre lágrimas.
Él también suelta una pequeña risa y por un momento todo vuelve a ser como siempre, como las primeras noches en las que nos quedábamos hablando hasta tarde sin pensar en lo que vendría después.
Leone aprieta un poco más mis manos entre las suyas.
—Escúchame.
Lo miro.
—Cuando estés allí —dice—, donde sea que acabes…
si un día necesitas hablar, o estás perdida, o solo quieres contarme qué tal huele el mar desde donde estés…
—hace una pequeña pausa. —Escríbeme. Siempre voy a estar a un mensaje de distancia —sus dedos aprietan los míos—.
Da igual cuántos kilómetros haya de por medio. Lo sabes, ¿no? —añade.
Asiento.
Apoyo mi frente contra la suya. Respiramos el mismo aire.
Sé que en cuatro días empezará su gira. Sé que en pocas semanas yo estaré en otro continente, pero ahora mismo estamos aquí en este pequeño bar de Madrid.
Dos personas que se aman y que, por una vez, no están intentando forzar el final de la historia. Solo aceptándolo.