Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

RIVERS AND ROADS – THE HEAD AND THE HEART

El avión todavía está en tierra cuando me abrocho el cinturón y apoyo la cabeza en el respaldo. Siempre me han gustado los aeropuertos, la gente suele decir que son tristes, pero a mí me parece uno de los sitios donde más amor hay, porque las despedidas son tristes por el amor que hay por medio.

Miro por la ventanilla. Al fondo parpadean unas luces naranjas que flotan en la niebla de la tarde.

Madrid se ha despedido de mí, pero mi cuerpo todavía no se ha enterado del todo. Saco el móvil. No tengo cobertura dentro del avión, pero el wifi del aeropuerto sigue conectado unos minutos más, suficiente para mandar un par de mensajes.

Empiezo por ellas. Abro el chat de mi trío salvaje.

Tardo unos segundos más.

Añado una foto rápida de la ventanilla, la pista y el ala enorme del avión.

Envío.

Sé que cuando reciban el mensaje probablemente estarán juntas y me enviaran veinte audios seguidos.

El siguiente mensaje me cuesta un poco más. Abro el chat con Leone. Su última conversación sigue ahí. No hemos hablado desde aquella tarde en el bar. Ninguno ha querido estropear ese momento con palabras.

Escribo.

Me quedo mirando la frase unos segundos.

Borro la siguiente frase tres veces antes de dejarla.

Mis dedos se quedan suspendidos sobre la pantalla.

Y al final escribo lo único que ahora mismo, sé que es verdad.

Envío.

El mensaje aparece con un solo tic gris. Apago el móvil antes de que pueda arrepentirme de nada.

La azafata empieza a caminar por el pasillo comprobando cinturones y maletas. Las luces del avión se atenúan un poco. El murmullo de la cabina baja de volumen. Apoyo la cabeza otra vez contra el respaldo y cierro los ojos un momento.

Y entonces, sin esperarlo, pienso en Jairo.

Durante mucho tiempo no entendí por qué se fue, por qué eligió desaparecer en lugar de quedarse e intentar arreglar algo que, en mi cabeza, todavía tenía arreglo.

Me dolía esa idea. Me hacía sentir reemplazable.

Pequeña. Pero ahora, sentada en este asiento, con medio mundo delante y todo lo que he sido detrás, hay una parte de mí que empieza a entender algo que antes no veía.

Huir no siempre es cobardía. A veces es supervivencia.

A veces quedarse significa seguir rompiéndose.

Miro mis manos sobre el regazo. Estoy haciendo lo mismo. No exactamente igual ni de la misma manera, pero también me estoy yendo. También estoy dejando a alguien que amo, no porque no le quiera sino porque ahora mismo no sé cómo quererle sin perderme otra vez.

El avión empieza a moverse despacio. Un pequeño tirón hacia atrás. Luego avanza. Las luces de la pista empiezan a pasar por la ventanilla como una fila interminable de estrellas bajas.

Nunca voy a justificar muchas de las cosas que Jairo hizo.

El silencio. La forma tan brusca de desaparecer.

Las heridas que dejó abiertas sin explicación.

Eso no borra lo que dolió, pero también empiezo a entender el impulso que lo empujó a irse.

Ese instante en el que te miras a ti mismo y sabes que, si no cambias algo radicalmente, vas a seguir siendo la misma versión de siempre.

El avión gira en la pista. Se detiene un segundo. El motor empieza a rugir más fuerte. Mi pecho se llena de adrenalina.

Quizá Jairo también estaba intentando salvar algo de sí mismo. Quizá lo hizo mal. Muy mal.

El avión acelera. Las luces se vuelven líneas borrosas fuera de la ventanilla. Siento la presión contra el asiento cuando las ruedas se separan del suelo.

No sé exactamente quién voy a ser cuando aterrice al otro lado del océano. No sé si este viaje me va a ordenar o me va a romper un poco más antes de recomponerme, pero estoy yendo hacia mí.

Y mientras el avión atraviesa las primeras nubes, con el corazón latiendo rápido y los ojos húmedos, entiendo que a veces amar también significa apartarse a tiempo para no convertir el amor en otro lugar donde perderse.