CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
THE MOUNTAIN IS YOU – CHANCE PEÑA
Pamela y Martina levantan la cabeza a la vez al verme aparecer por la puerta de la cocina.
—Se ha ido —informo.
Nadie pregunta si para siempre cosa que agradezco, porque no sabría que contestar y eso me rompe.
—¿Mal? —pregunta Martina al ver mi cara.
Me apoyo en la pared.
—Sí.
Pamela suspira despacio.
—¿Qué ha pasado?
—Le he contado todo lo de ayer.
—Bien —asiente Martina.
—Y hemos discutido —continuo.
—Ya —murmura Pamela.
Las miro.
—Ha sido una discusión… fea.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta Martina.
—Que siente que compite con un fantasma, que no quiere ser el lugar al que llego cuando ya me cansé de sufrir con otro.
Silencio.
No me contradicen.
—¿Y tú qué le has dicho? —pregunta Pamela.
—Joder que no quiero volver con Jairo, que le elegí a él hace meses.
—¿Pero?
—Pero cuando me ha preguntado si le amo… no se lo he dicho.
Martina cierra los ojos un segundo.
—Indira.
—Ya.
Pamela me mira con paciencia.
—¿Le amas?
—Sí.
Ahora, aquí con ellas, mi boca no duda.
—Entonces, ¿por qué no se lo dices?
Me encojo de hombros.
—No sé, porque siento que si lo digo ahora parece una reacción a la conversación que hemos tenido, no sé chicas, tengo la cabeza hecha un lío —admito— no sé si voy a decir algo y se lo va a tomar como que le ato, o no lo sé —me derrumbo porque realmente no sé qué está pasando por mi cabeza.
Pasan tantas cosas a la vez que no puedo ponerlas en orden para expresarme.
—O parece que es verdad —Martina niega con la cabeza.
Pamela se inclina hacia mí.
—Indi, pero eso es porque te importa, si no te importara, no estaríais así.
Me quedo mirando la mesa.
—Me ha preguntado si en algún segundo pensé en volver con Jairo.
Las dos esperan.
—Sí lo pensé, un segundo.
Martina asiente despacio.
—Es normal.
—Pero para él no lo es, es suficiente.
Pamela cruza los brazos.
—Entiendo a Leone.
—Yo también —admite Martina—. Ponte en su lugar. Aparece tu ex, el gran amor de tu vida te dice que siempre fuiste tú… y al día siguiente tu novia no puede decirte que te ama.
Me froto la cara con las manos.
—No es que no pueda.
—Es que no lo haces —corrige Martina.
Silencio.
—¿Sabes qué pasa? —dice Pamela—. Que tú siempre has vivido el amor como algo que se demuestra resistiendo, aguantando, sobreviviendo y no te juzgo por eso, pero con Leone es distinto, es estable y quizá te da miedo que decir “te amo” lo convierta en algo que también puedas perder.
—Puede ser, no lo sé —contesto —él me ha dicho que no sabe si quiere estar en medio conmigo —murmuro—. Que no sabe si puede esperar a que termine de cruzar el puente.
Pamela apoya los codos en la mesa.
—¿Y tú? ¿Vas a cruzarlo?
Respiro hondo.
—No quiero vivir a medias —admito—. No quiero estar con alguien mientras una parte de mí sigue cerrando capítulos y menos hacer daño a nadie por eso.
—Entonces ciérralos —responde Martina.
—No es un interruptor, tía, no es tan fácil coño —me arrepiento al segundo de haberla hablado así, no sé qué me pasa, todo me molesta, me irrita, me enfada. Estoy cayendo en el papel de víctima que tanto odio pero que últimamente vive en mí.
—No, pero sí es una decisión y sé que no es fácil.
Nos quedamos en silencio, aprecio tanto que mis amigas siempre me hablen desde lo que piensan que es mejor para mí y no me den la razón por qué si, aunque en el momento me cueste no ser impulsiva.
—¿Le vas a decir que le amas? —me pregunta Pamela.
—Sí.
—¿Cuándo?
No lo sé. No sé nada ahora mismo.
—Indira, si no lo dices por miedo a que suene forzado, lo entiendo, pero si no lo dices por miedo a que sea verdad, entonces el problema no es Jairo —Martina rompe el silencio que se había quedado de nuevo.
…
Han pasado unos días desde la discusión con Leone.
No estamos mal del todo, pero tampoco bien, nos vemos, nos tocamos, nos besamos, pero todo ha cambiado, hay dolor, decepción, heridas abiertas y heridas que se abren.
Y empiezo a notar como me vigilo constantemente.
Vigilo lo que digo. Vigilo si sueno segura.
Vigilo si parezco lo suficientemente enamorada.
Una noche, Leone se quedó dormido antes que yo.
Estaba boca abajo, respirando profundamente mientras yo le hacía cosquillas en la espalda.
Y en vez de pensar “qué suerte tengo” como llevo pensando meses, incluso antes de besarle, pensé: ¿Y si no es aquí?
y no es que no lo quiera, lo amo, eso lo tengo claro, pero también sé que desde que apareció Jairo todo gira alrededor de demostrar algo, demostrar que estoy bien, que no dudo, que el pasado me da igual.
Y joder, claro que no estoy bien, claro que dudo y claro que el pasado no me da igual.
No quiero romper con Leone, pero tampoco quiero quedarme simplemente para demostrar que esta vez no huyo.
Estoy cansada, necesito tiempo. Estoy agotada de aguantar versiones de mí misma.
La ex fuerte. La novia estable. La que ya superó todo.
Versiones de mí que no se corresponden con quien soy.
Y aquí viene la cuestión, cuando me pregunto “¿quién soy?”
No sé qué contestar. ¿Soy una mujer que…
? Es que no sé ni cómo continuar esa frase.
Podría decir que soy una mujer a la que le gusta pintar, pero en este momento de mi vida tendría que añadir “pero que lleva sin pintar desde que apareció su ex de nuevo”.
Podría decir que soy una mujer extrovertida a la que le encanta conocer gente nueva, pero tendría que añadir “aunque ahora mismo me dé miedo conocer gente porque les voy a hacer daño”.
Podría decir que soy una mujer muy risueña, pero tendría que añadir “aunque ya no recuerdo el significado de esa palabra”.
Cuando hablo con Pamela y Martina no soy capaz de entenderme como lo hacía antes.
—Estoy rara.
—Eso ya lo sabíamos —responde Martina.
—No, rara de verdad.
Nos sentamos en el suelo, como siempre.
—Siento que me he ido construyendo alrededor de mis relaciones. Primero alrededor de Jairo. Luego alrededor de ser la ex de Jairo y ahora alrededor de no perder a Leone.
—¿Y qué quieres? —pregunta Pamela.
Esa es la pregunta que no he sabido responder nunca, imagínate ahora.
—No lo sé —digo—. Y me da vergüenza no saberlo.
Martina niega con la cabeza.
—Es punto de partida.
Siento que aquí todo está contaminado por quién fui con alguien o por quien no soy con alguien y la idea de irme no para de revolotear en mi cabeza.
Salgo de casa sin decir nada. Pamela está en la cocina, recogiendo las tazas del desayuno y Martina sigue sentada a la mesa con el móvil en la mano. Levantan la cabeza cuando paso por el salón, pero ninguna pregunta a dónde voy. Creo que las tres sabemos que necesito salir un rato.
En cuanto cierro la puerta del portal me golpea el aire frío. El otoño ha llegado y ese frío perfecto que todavía no te obliga a abrigarte pero que se cuela por el cuello de la chaqueta y te recuerda que el año está girando otra vez, lo ha invadido todo.
Empiezo a caminar sin saber muy bien dónde ir. Las aceras están llenas de hojas secas que el viento empuja de un lado a otro.
Paso por calles que conozco de memoria. Esquinas donde he fumado mil cigarros hablando por teléfono. Bares donde me he reído hasta que me dolía la tripa. Portales donde he esperado mensajes que nunca llegaron.
Madrid está lleno de versiones mías.
La Indira que corría a casa de Jairo. La Indira que volvió sola. La Indira que intentó reconstruirse a base de fuerza.
Y ahora esta, que no sé cómo definir.
Sigo andando hasta que las calles empiezan a abrirse y aparece la catedral de la Almudena delante de mí.
Siempre me pasa lo mismo cuando llego aquí, me da lo mismo que me da Mundaka, paz.
Cruzo la calle y voy hacia el césped que hay enfrente.
Incluso en otoño hay gente sentada. Turistas con mochilas, parejas compartiendo una manta, un chico leyendo con los auriculares puestos.
Encuentro un hueco y me siento sobre la hierba húmeda, pero no me importa. Me apoyo hacia atrás con las manos y levanto los ojos hacia el cielo gris claro que me acompaña.
No sé cuánto tiempo llevo viviendo en medio. Entre quien fui y quien quiero ser. Entre lo que siento y lo que me da miedo decir. Entre quedarme o irme.
Cierro los ojos y oienso en todo lo que ha pasado este último año.
Recuerdo a la Indira que llegó a Italia todavía hecha polvo por Jairo. La que apenas entendía cómo volver a empezar. La que pensaba que lo máximo que podía aspirar era a reconstruirse con cuidado, pieza a pieza, sin volver a arriesgar demasiado.
Y sin embargo pasó, Leone apareció sin que yo lo estuviera buscando.
Abro los ojos y miro la catedral otra vez antes de mirar el sobre que tengo entre mis manos pero que no he abierto. ¿El momento es ahora? No sé si leer lo que pone en esta carta me va a traer más claridad o más dolor, así que decido guardarla y esperar que llegue el momento.
Saco el móvil del bolsillo. Durante unos segundos lo sujeto sin hacer nada.
La pantalla negra refleja mi cara. Me veo distinta a como me imaginaba hace un año.
Tengo la sensación de que el mundo entero avanza mientras yo llevo demasiado tiempo atrapada en el mismo lugar.
Más cansada quizá pero también más consciente de mí.
Lo desbloqueo y empiezo a escribir en el buscador vuelos, hoteles, algún sitio donde pueda irme unos días para poder desconectar.
Y entonces aparece frente a mí. Me quedo mirando la pantalla mientras el corazón empieza a latirme con fuerza.
Y de repente aparece una nueva versión de mí, una versión que entiende que no puede seguir intentando reconstruirse en el mismo sitio donde todo empezó a romperse.
No puedo seguir definiéndome a través de lo que he sobrevivido.
Ni a través de Jairo. Ni a través de demostrar que ahora estoy bien con Leone.
Apoyo los codos en las rodillas y vuelvo a mirar la catedral. Vuelvo a mirar el móvil. Mi cabeza sigue yendo rápido, pero sin pánico. Al contrario, siento calma, siento como algo dentro de mí por fin estuviera alineándose.
Voy a dejar el trabajo. Voy a dejar el piso. Voy a irme de aquí durante un tiempo.
Respiro hondo otra vez.
El aire frío me llena los pulmones. No sé exactamente cómo va a pasar todo, ni cuándo, ni cómo voy a explicárselo a Leone y mucho menos a las chicas, pero lo necesito.
Apago el móvil y lo dejo sobre mis piernas. Me quedo un rato más mirando la catedral. Madrid me ha visto convertirme en muchas personas.
La mujer enamorada. La mujer rota. La que reaprendió a levantarse una y otra vez. Y la que volvió a romperse.
Quizá también merece ver cómo me voy cuando ya no soy ninguna de esas.
—Adiós —susurro.
A esa versión de mí. A la que necesitaba que alguien la eligiera para sentirse suficiente.