CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
CHEAP COLOGNE – GRAHAM
Leone llega por la tarde con su mochila colgada de un hombro y una expresión tranquila que hoy me molesta. Abro la puerta y me da un beso corto.
—¿Cómo estás?
—Bien —contesto.
Deja la mochila en la silla, se quita la chaqueta y viene en mi búsqueda. No quiero alargarlo más porque en toda la noche no he parado de darle vueltas pensando cómo sería su reacción, si le dolería o si me abrazaría y lo entendería todo.
—Ayer vino Jairo —le suelto sin anestesia, sin vaselina y sin nada porque si no, le hubiese dado mil vueltas.
Lo digo en medio del salón antes de que él pueda llegar hasta donde estoy yo. Leone se queda quieto y me mira
—¿Aquí? —pregunta y puedo ver el desconcierto en sus ojos.
—Sí.
Pausa.
—¿Y? —pregunta esperando una respuesta que no sé dar.
—Vino a hablar, quería explicarse y decirme que me quiere y que quiere intentarlo —contesto mientras me cruzo de brazos sin darme cuenta.
Leone asiente una vez, muy despacio, y veo como su cara cambia por completo.
—Vale.
Ese “vale” me irrita.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No lo sé, algo.
Me mira fijo.
—Necesito pensar antes de hablar.
Camina hasta el sofá, se sienta apoyando los codos en las rodillas.
—¿Cuánto tiempo estuvo? —pregunta finalmente.
—No mucho, Pamela lo echó —la verdad es que no sé cuánto tiempo estuvo porque en ese momento el tiempo no existía.
—¿Tú querías que se fuera? —pregunta mirándome a los ojos.
—Estaba desbordada.
—No es lo que he preguntado.
Aprieto la mandíbula.
—Sí, sí quería que se fuera —contesto a su pregunta que más que una conversación parece un interrogatorio.
Leone asiente otra vez. No parece enfadado, pero puedo ver el miedo en sus ojos.
—¿Qué sentiste?
—De todo.
Se pasa la mano por la cara.
—Indira —lo dice tan serio que me hace pensar que esto va a ser más difícil de lo que pensaba.
—No me mires así —le pido acercándome a él.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras evaluando cuánto peligro hay.
Se levanta.
—Porque lo hay.
—¿Peligro? —repito.
—Sí, no en él sino lo que provoca en ti.
El corazón deja de latir, se me olvida respirar.
—No pasó nada.
—No te estoy preguntando si pasó algo físico.
Silencio.
—¿Quieres volver con él? —pregunta al fin.
La pregunta me ofende.
—No —contesto mirándole a los ojos.
—¿Seguro?
—Sí, Leone, seguro.
—¿Seguro seguro?
—¿Qué necesitas? ¿Un juramento? —no sé porque contesto con este tono, pero empieza a cabrearme.
Leone suspira.
—Necesito saber dónde estás —susurra—. Ayer me llamaste como si nada —dice él—. Con voz normal, como si tu día hubiera sido gris y aburrido y hoy me dices esto.
Me alejo un paso.
—No quería contártelo por teléfono, necesitaba tiempo, estaba temblando y agotada.
—Pero estabas temblando y no me dejaste estar a tu lado, joder —se pasa la mano izquierda por el pelo.
Silencio.
—¿Le dijiste que me estabas viendo? —pregunta.
—Sí.
—¿Y? —pregunta esperando saber cuál fue la reacción de mi ex, como si eso le importará más que lo que yo siento por él.
—Le dije que hay alguien más.
—¿Le dijiste que le amas? —pregunta siguiendo con la dinámica del interrogatorio que empieza a cansarme.
—No.
—¿Por qué no lo sientes o por qué no te salió?
El corazón me late en la garganta.
—Porque no lo siento, Leone —contesto fría y dolida.
—Indira.
—¿Qué?
—No me mientas para protegerme.
Me quedo quieta, la rabia sube por todo mi cuerpo.
—No te estoy mintiendo, joder.
—Entonces dime qué está pasando en tu cabeza.
Me siento al fin frente a él.
—Estoy hecha un lío después de todo lo que pasó ayer, no fue fácil para mí, eso es todo.
—No es “todo”.
—Estoy así porque fue muy difícil, porque me pidió volver a intentarlo, porque durante meses pensé que si volvía lo dejaría todo y ayer no me vi dejándolo todo, pero no quita que me haya dolido.
—¿Y ahora? —pregunta.
—Y ahora ¿qué? — replico— Ahora estoy aquí, joder Leone, tu mejor que nadie sabes cómo he estado durante meses, no puedo hacer como si lo de ayer no me afectara.
Leone se levanta otra vez y camina hasta algún sitio que ni el sabe.
—No quiero competir con fantasmas, Indira —dice sin girarse.
—No te estoy pidiendo que compitas.
—Pero estoy en una competición, aunque no quieras verlo.
Me levanto también.
—No es una competición.
—Para mí sí lo es si una parte de ti sigue mirando atrás.
Eso me enfada.
—No estoy mirando atrás —digo con orgullo.
—Ayer sí.
Nos quedamos frente a frente.
—¿Qué quieres? —le pregunto.
—Quiero saber si soy una elección consciente o una consecuencia de que él la cagó.
La pregunta me molesta, mucho. Joder.
—Eso es injusto.
—Puede, pero quiero saberlo.
Silencio.
—No le amo, hace mucho de eso —susurro.
Leone me sostiene la mirada.
—¿Y a mí?
Ahí está.
El vacío entre la pregunta y mi respuesta se hace demasiado largo. Lo amo. Lo sé. Lo siento pero mi boca no es capaz de darle una respuesta.
Leone baja la mirada.
—Eso pensaba.
—No es eso —digo rápido—. Es que… es pronto.
—¿Pronto después de un año, Indira? —dice con los ojos como platos y brillantes a la vez—. No me jodas.
No sé qué contestar.
—No quiero perderte —añado.
Leone suelta una risa breve, sin humor.
—No se trata de perderme. Se trata de si ya estás conmigo o si todavía estás cruzando el puente.
No respondo porque quizá sigo cruzándolo y él es consciente.
Leone pasa la mano por su pelo de nuevo, despacio, mientras una lágrima recorre su mejilla.
—No quiero ser el lugar al que llegas cuando ya te cansaste de sufrir con otro —declara al fin.
—No eres eso y lo sabes —respondo, pero mi voz no tiene la firmeza que me gustaría.
Él me mira y en su mirada puedo ver la decepción, la herida, la traición y eso me rompe en mil millones de pedazos.
—Ayer él vino a por ti y yo hoy estoy aquí preguntándome si, en el fondo, sigo esperando que elijas.
—Te estoy eligiendo.
—No lo siento así —se acerca un paso, pero no me toca. —Cuando te he preguntado si me amas —continúa— no era para forzarte a decirlo. Era para entender si estamos en el mismo punto.
Me cuesta sostenerle la mirada.
—Yo no quiero… —me freno antes de decirle que no quiero vivir sin él, porque quizás se siente manipulado, pero es lo que siento, no quiero perderle ni imaginarme una vida sin él— perderte —digo al fin.
—Eso lo sé.
—Entonces, ¿qué más necesitas? —preguntó desesperada.
—Seguridad —responde sin dudar—. Y ahora mismo no la tengo. Yo te amo, Indira, te amo desde el segundo cigarro que me eché a tu lado.
El silencio se instala entre nosotros y por primera vez en nuestra historia es incómodo, insoportable. Escucho a Pamela y a Martina en la cocina, bajando la voz sin conseguir disimular del todo.
—No puedes pedirme que no me afecte —digo—. Fue parte de mi vida.
—No te estoy pidiendo que no te afecte —responde—. Te estoy diciendo que me afecta a mí.
Me cruzo de brazos, pero sé que tiene razón.
—¿Y qué hago con eso?
—No lo sé.
En lo que llevamos de conversación, no le había visto tan perdido como ahora.
—¿Te planteaste volver con él? —pregunta de repente.
La pregunta me pilla desprevenida.
—No.
Duda.
—¿Ni un segundo?
El segundo existe. Sé que existe. Fue mínimo, fue un destello, pero estuvo ahí.
Tardo demasiado en contestar. Leone asiente, como si mi silencio ya fuera suficiente para contestar su pregunta.
—Vale.
—No significa nada —me apresuro a decir—. Fue un reflejo, una memoria corporal, no una decisión.
—Pero estuvo.
—Sí —admito al fin.
Leone se aparta un poco, como si necesitara espacio físico para procesarlo.
—Yo no puedo construir algo donde siempre haya una puerta que alguien más puede tocar y descolocarlo todo.
—No hay ninguna puerta abierta —le digo con una primera lágrima cayendo por mi mejilla. —No quiero que esto nos rompa —digo con dolor.
—Yo tampoco.
—Entonces no lo dejes crecer.
Leone me mira con una mezcla de frustración y tristeza.
—No soy yo quien lo está haciendo crecer.
—¿Crees que quiero esto? —pregunto, la voz más alta de lo que pretendía—. ¿Crees que me gusta vernos así? Yo estaba bien, estábamos bien.
—Estábamos tranquilos —corrige.
—¿Y eso es malo?
—No, pero la tranquilidad no es lo mismo que el amor.
—¿Qué estás diciendo? —pregunto frunciendo el ceño.
—Que quizá los dos hemos estado flotando en algo que nos hacía sentir vivos, pero quizá tu no has bajado del todo.
—No estás siendo justo —contesto enfadada
—Puede que no, pero joder Indira, si viniese Salma o cualquier otra mujer del puto universo yo no dudaría de lo nuestro ni medio segundo.
Nos miramos, pero ya no estamos en el mismo lugar que hace media hora. Algo se ha roto entre nosotros.
—No quiero perderte —repito, más bajo.
Leone coge su chaqueta del respaldo de la silla.
—Yo tampoco quiero perderme a mí intentando mantener algo que no está claro —se acerca a la puerta. —Necesito pensar —dice antes de abrir.
—¿Pensar en qué?
—En si estoy dispuesto a estar en medio contigo… o si necesito que estés en un lado.
No sé qué responder. La puerta se cierra con un clic seco. Me quedo en el salón, de pie, mirando el espacio donde estaba hace un segundo.
Y, ahora mismo, no tengo claro si el ruido viene del pasado… o de lo que puede romperse ahora.