CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
GODSPEED – ROZEI
Estamos en el sofá cuando llega Martina. Pamela no me ha soltado desde que Jairo se fue. Tiene el brazo alrededor de mis hombros, pero yo ya no estoy llorando. Estoy… rara. El llanto se ha ido, pero mi cuerpo sigue de luto, mis manos siguen frías, mi mandíbula apretada y mi corazón congelado.
—¿Qué hacéis con la luz apagada? —dice Martina al entrar.
Deja la mochila en el suelo y se queda mirándonos. Me mira a mí y se le cambia la cara.
—¿Qué pasa? —pregunta con el ceño fruncido.
—Ha venido Jairo —Pamela responde antes de que yo pueda abrir la boca.
Martina se queda inmóvil.
—¿Aquí? —pregunta.
Asiento.
No sé por dónde empezar, las palabras se me quedan pegadas en la lengua.
—Ha venido a hablar —digo al final—. A explicarse, me ha dicho que siempre me quiso y que lo sigue haciendo, que fue un imbécil…
Martina suelta el aire por la nariz, incrédula.
—Será hijo de puta.
Me echo hacia atrás en el sofá.
—Estaba muy mal chicas —añado—. Estaba... arrepentido de verdad.
—Es un egoísta —dictamina Pamela.
Martina se sienta frente a nosotras.
—¿Y tú? ¿Cómo…? —pregunta pero no sabe ni qué palabras usar para preguntarme.
Me quedo mirando mis manos. Tienen restos de pintura seca en los dedos.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes? —pregunta Pamela.
—Me ha dolido mucho pero no solo por lo que hizo o ha hecho hoy, también por lo que fuimos.
Martina no aparta la mirada.
—Eso es normal.
—No —niego despacio—. Es que no es solo nostalgia o pena. Es… como si una parte de mí hubiera estado esperando este momento, como si necesitara escucharlo decir todo eso para poder soltarlo de verdad.
Pamela frunce el ceño.
—¿Y lo has soltado?
Ahí está el problema. Me llevo la mano al pecho que vuele a latir incontroladamente solo de pensarlo.
—No lo sé.
Silencio.
—Cuando me ha dicho que siempre fui yo… —trago saliva— me he enfadado, pero también he sentido algo. No amor ni ganas de volver, pero… algo.
Martina se inclina un poco hacia delante.
—¿Qué algo?
Cierro los ojos un segundo.
—No sé tía, antes no hubiese dudado tanto y le hubiese soltado rápido un “vale, lo intentamos” pero por un momento esa versión, que sigue aquí dentro, —me señaló el pecho— quería salir.
Pamela aprieta los labios.
—Eso no significa que quieras volver.
—Ya lo sé —respondo rápido—. Pero me da miedo que siga existiendo. He construido algo bonito con Leone —murmullo—. Algo sano. Y hoy, he sentido miedo de que todo se tambalee.
—¿Se ha tambaleado?
Pienso en la cara de Jairo, en su voz a medio camino entre la desesperación y el llanto, en sus ojos mirándome con dolor.
—No —susurro—. Pero me he dado cuenta de que no está tan superado como pensaba ni yo estoy tan lista como creía.
Pamela me mira con atención.
—Eso es ansiedad, Indi. No es amor.
Asiento porque lo sé, pero el pecho sigue roto por mucho que lo sepa.
—Me siento culpable por entenderlo —confieso—. Por verlo humano y no odiarlo del todo.
—No tienes por qué odiarlo —dice Martina—. Simplemente no tienes por qué aceptar que te trate como lo hizo, de nuevo —recalca esto último en un tono que me duele.
Me quedo callada, no paro de repasar la conversación en mi cabeza, cada palabra, cada frase.
—¿Qué? —insiste Pamela, que me conoce demasiado.
Me encojo un poco.
—Me ha dicho que sentía que yo lo manipulaba cuando le decía que no podía vivir sin él.
—Pero esa es su opinión —declara Martina.
—Si, pero una parte de mí se ha preguntado si tenía razón.
—No —Pamela reacciona enseguida.
—No lo sé —repito—. Yo estaba desesperada. Lloraba, le suplicaba y no lo hacía con un plan malévolo y manipulador detrás, pero… quizá sí lo asfixiaba.
Martina me sujeta la cara para que la mire.
—Estabas enamorada y aterrada, lo hiciste lo mejor que supiste —me intenta calmar— Indira, yo te conozco y no tienes ni un mínimo rasgo manipulador en tu ADN, pero no sabías qué hacer con tanto miedo ni con tanto amor.
Trago saliva.
—No quiero volver ahí —digo al fin—. No quiero volver a ser esa chica pero hoy la he sentido respirando otra vez a mi lado.
Pamela me abraza más fuerte.
—Es normal que reaparezca cuando él aparece, pero eso no significa que esa parte de ti sea la que te controle.
Me quedo mirando el techo.
—Leone no sabe nada —murmuro.
—¿Se lo vas a contar? —pregunta Martina.
—Sí, pero me da miedo que le dé más importancia de la que tiene.
Pamela suspira.
—Lo que tiene importancia no es Jairo, es lo que ha despertado en ti.
Y tiene razón. No es él, es la grieta que ha abierto. La parte de mí que todavía está aprendiendo a confiar en lo que ha construido.
Me abrazo las rodillas.
—Estoy cansada —admito—. Cansada de que el pasado tenga tanto importancia en mi presente.
Martina se sienta a mi lado y apoya la cabeza en mi hombro. Cierro los ojos. Me siento en medio de estar entera y perdida, y ese punto intermedio, inestable, es el que más miedo me da.
…
Me levanto del sofá cuando ya no puedo más.
—Me voy a la cama, chicas —murmuro.
Pamela me mira con esa cara de “te vigilo, aunque no te siga”.
—¿Seguro?
Asiento. Martina me aprieta la mano antes de soltarla. El pasillo está en penumbra. Mi habitación huele a pintura seca y aguarrás. La ventana sigue un poco abierta, pero ignoro todo y me siento en el borde de la cama para coger el móvil.
Tengo un mensaje de Leone de hace una hora.
En menos de un minuto aparece una llamada entrante en mi móvil.
Respiro hondo antes de descolgar.
—Hola.
—¿Todo bien, amore? —su voz suena cálida, normal, ajena a todo lo que ha pasado aquí.
—Sí —contesto rápido—. Solo… estoy un poco cansada. Me apetece quedarme en casa con ellas.
Silencio breve al otro lado.
—Vale, descansa. Mañana salimos a pasear un ratito si te apetece.
Sonrío.
—Me parece bien.
—Buenas noches, Indi.
Ese nombre ahora me pertenece de otra forma.
—Buenas noches.
Cuelgo.
Me quedo un momento con el móvil en la mano, mirando la pantalla negra. No le he mentido exactamente, solo he recortado la verdad y ese recorte me deja un sabor amargo porque no quiero hacerle esto.
Me meto en la cama. Las sábanas están frías. Me encojo bajo el edredón y apago la luz. El cuerpo empieza a relajarse, pero la cabeza no. Pienso en Jairo arrodillado en el suelo.
También pienso en Leone, en su manera de poner la mesa, en cómo me escucha sin interrumpir, en que nunca nos hemos dicho “te amo”. Y, sin embargo, yo le amo.
Entonces, ¿por qué hoy he dudado? Porque estoy entre dos versiones de mí. La que suplicaba que no la dejaran y la que ya no quiere suplicar nada. La que confundía intensidad con amor y la que empieza a entender que la calma también es elección. Estoy entre lo que fui y lo que quiero ser.
Me giro en la cama.
No quiero que mi vida vuelva a girar en torno a la relación con un hombre, ni para huir, ni para volver, ni siquiera para demostrar que he cambiado.
Quiero decidir yo, pero no desde el miedo a perder o desde el impulso de retener. Algo tiene que cambiar. No sé el qué. No sé cómo pero no quiero quedarme en este punto intermedio eternamente, repitiendo patrones esperando a que el pasado deje de estar tan presente o a que el futuro se defina solo.
Cierro los ojos.