Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS #3
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS #3

Él se acerca despacio, con cuidado de no tocarme sin permiso, pero no se rinde. Se arrodilla frente a mí, bajando la mirada hasta que sus ojos me buscan con desesperación, y deja que sus manos tiemblen al tocar mi hombro con suavidad.

—Indira… —susurra—. Sé que te hice daño, que fui un hijo de puta… Pero también sufrí, y lo que siento por ti… es real. No puedo esperar más para decírtelo.

Me hundo en un sollozo más profundo. Siento que el suelo se me va de debajo, que todo mi mundo desaparece frente a mí.

—Indi… —dice de repente—. Mírame. Por favor. Necesito que veas todo lo que dejaste en mí, que lo único que quiero es que sepas que… —su voz se rompe— …siempre fui tuyo.

Me encojo más, temblando, con la cara enterrada en los brazos, incapaz de mirarlo. Y de repente… el chirrido de la puerta.

—¡Indira! —la voz de Pamela rompe el aire, sorprendida, chillando al entrar—. ¿Qué… qué está pasando aquí?

El corazón me da un vuelco, el rubor se me sube a las orejas, y el cuerpo me tiembla de vergüenza y miedo. Jairo se queda congelado, paralizado, mientras Pamela me mira con los ojos muy abiertos, y luego lo mira a él con incredulidad.

—Pamela… yo… —empieza Jairo, pero no encuentra las palabras.

—¡Indi! —grita Pamela, avanzando a paso de gigante—. ¡¿Por qué estás en el suelo así?! ¡¿Y tú qué coño haces aquí?!

Me llevo las manos a la cara, temblando, tratando de ocultar el llanto, la rabia y la confusión.

—Él… vino a hablar —consigo decir entre jadeos—. Nada más… solo a explicar… cosas…

—¿Explicar cosas? —grita Pamela con los ojos brillando con preocupación y enfado—. ¡Indira, estás llorando como si…!

Jairo se arrodilla a mi lado pone las manos sobre mis brazos, intentando transmitirme calma, intentando que Pamela entienda sin que yo tenga que explicarlo todo.

—Pamela —empieza Jairo —. Sé que te parece… mal, pero he venido solo para que ella sepa la verdad sobre nosotros, sobre mí, sobre lo que hice y cómo me sentí. No quiero hacerla más daño, de verdad.

Pamela se cruza de brazos con la mirada dura y los labios apretados. Suspira hondo y da un paso al frente.

—¡Basta! —grita, y la voz nos retumba en el pecho a los dos—. ¡Jairo, vete! ¡Ahora mismo!

Me acurruco más en mí misma, temblando, sollozando, mientras él me mira, incrédulo, con mezcla de dolor y desesperación en los ojos.

—Pamela… —intenta decir—. Solo… quería…

—¡Que te vayas! —interrumpe ella firme, con la autoridad que siempre tiene cuando la situación se sale de control—. Indira está en el puto suelo llorando, y tú no vas a arreglar nada aquí. Sal de mi casa.

Jairo traga saliva me mira una última vez, como buscando permiso, buscando una rendija de esperanza, pero yo sigo encogida, abrazando mis piernas, la cabeza enterrada, incapaz de responder. No hay palabras que puedan salir ahora.

—Indira… —susurra en un hilo de voz—. No puedo irme así…

—¡Sí, puedes! —grita Pamela con fuerza—. ¡Sal ahora! ¡Hazlo por ella, por respeto, por todo lo que la hiciste sufrir!

Jairo respira hondo, como si tratara de recomponerse en segundos, y da un paso atrás. Se arrodilla una última vez, me mira fijamente, y susurra:

—Lo siento… de verdad… recuerda que te amo como nunca he amado a nadie y si algún día vuelves a Mundaka, ve a nuestro sitio, por favor.

No digo nada, soy incapaz de formular una sola frase, solo sollozo, y él finalmente se da la vuelta, caminando hacia la puerta y noto cada paso resonando en el pasillo frío. Ha hecho referencia a la carta que sigue esperando ser leída debajo de mi almohada. ¿Debería de leer esa carta de una vez?

Pamela abre la puerta de par en par y lo empuja suavemente hacia fuera, asegurándose de que salga.

La puerta se cierra con un portazo seco, y el eco de su salida retumba en la casa.

Yo me quedo temblando, acurrucada en el suelo llorando sin poder parar, la respiración entrecortada, mientras Pamela se acerca y se arrodilla a mi lado.

—Shh… —susurra, pasando una mano por mi espalda —. Ya está. Se ha ido. No puede volver a hacerte daño.

Me aferro a su brazo, dejando que su calor me envuelva, la seguridad que me ofrece después del huracán que acaba de pasar.

—Me jodió la vida —susurro entre sollozos—. Todo este tiempo… y ahora aparece… y yo… —me quiebro—. Estaba empezando a vivir de nuevo, Pamela… y él…

—Lo sé —responde ella, apretando los dientes, con rabia—. Lo sé, pero ahora no te toca a ti arreglar nada. Ahora toca que respires, que cierres esta puerta de verdad y que no dejes que vuelva a hacerte daño.

Me encierro en sus brazos, temblando, dejando que todo el miedo, la rabia y el dolor se filtren.

Pamela me protege, y aunque el corazón aún duela, mi vida no se va a desmoronar otra vez.

Todo está roto, todo duele, pero tengo claridad y he puesto límites, y por primera vez sé que puedo protegerme de lo que me hizo sufrir.

Pamela me ayuda a levantarme, me seca las lágrimas y me mira con cariño.

—Vamos —dice—. Ahora respira, come algo, y recuerda que tu vida no se desmorona por nadie que no sepa cuidarte.

Asiento, todavía temblando, y dejo que su fuerza me sostenga mientras miro la puerta cerrada, y sé que esta vez, de verdad, él ya no tiene lugar aquí.

JAIRO

Better off without me – Matt Hansen

Circles – Post Malone