Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS #2
89%

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS #2

Me arrepiento al segundo de haberle dicho esto, porque muy dentro de mí sé cómo ama, aunque las cosas hayan acabado mal, aunque me haya sentido estúpida por creer en él durante tanto tiempo.

Me derrumbo en el suelo, apoyando la cabeza contra la pared, temblando de rabia y de dolor. Él se arrodilla frente a mí con las manos temblando, pero no me toca, solo respira hondo, sosteniéndome la mirada.

—No puedo —susurro, apenas audible—. No puedo creerte ahora. Ya… ya he seguido con mi vida. Y él me hace muy feliz ¿sabes?

Sus ojos se abren, y por un instante veo miedo, auténtico miedo de perderme para siempre.

—Lo sé —solloza—. Por eso vengo porque… esto que tenemos no se borra por mucho que lo intente, cada día estás en mi cabeza y no quiero que pase un día más sin que sepas lo que siento, que sepas que, si hay una posibilidad, por muy pequeña que sea,

quiero intentarlo antes de que sea demasiado tarde porque ya estoy cansado de enviarte audios que no recibes.

Mi respiración se acelera, el corazón ya no late, el pecho me quema. Me ha mandado audios como yo le he mandado a él.

—¿Intentarlo? —repito, con la voz temblando, las lágrimas cayendo como una tormenta—. ¿Después de todo? ¿Después de las mentiras, después de ella, después de todo este tiempo? Eres un egoísta.

—Sí —responde vulnerable—. Después de todo. Porque me di cuenta demasiado tarde de que nadie más me importa. Solo tú, y si no lo intento ahora, nunca sabré si perdí para siempre la única persona que siempre fue mía.

Las lágrimas siguen cayendo, pero ahora hay un calor que me hace recordar cada momento bueno, cada beso robado, cada risa compartida, nuestros planes.

—¿Sabes lo que me duele más? —le digo y mi voz suena rota—. Que mientras yo sufría, tú vivías tu vida como si nada, me hiciste sentir que todo lo que sentía era exagerado. Y aun así… aun así me dices que me quieres y que volvamos a ser lo que éramos.

—No te pido que vuelvas ahora —dice, avanzando un paso hacia mí—. Te pido que no te vayas.

—¡No puedo creer que estés aquí! —gritó volviendo a la realidad—. ¡Después de todo, apareces diciendo que me amas y quieres arreglarlo antes de que sea tarde! ¡Tarde! —me caigo de rodillas, apoyando la cabeza en las manos—. ¡Desde que tocaste a esa chica es tarde, Jairo!

—Joder, Indira —susurra—. Lo sé y me arrepiento cada día.

Lo odio y lo entiendo al mismo tiempo.

—¡Tú me has hecho sufrir! —gritó mientras mis sollozos llenan la habitación—. ¡Y ahora vienes a decir que me amas! ¿Cómo quieres que respire? ¿Cómo quieres que olvide todo?

Silencio.

—¡No puedes presentarte aquí como si nada! —continuo con la respiración acelerada—. ¡Yo sufrí, Jairo, sufrí como nunca!

—¡Y yo también! —exclama él subiendo el tono de voz—. ¡No te creas que solo tú sufriste! Estuve meses intentando recomponer mi vida mientras pensaba que te había perdido para siempre, y tú crees que eso me hizo fuerte y feliz pero no fue así, Indi, me destrozó también.

—¿Destrozarte? —replico con el pecho ardiendo, los ojos chispeando—. Y después te lías con ella a las dos semanas… ¿y todavía quieres que te entienda?

—¡No fue amor por ella! —grita, acercándose con las manos abiertas, como si quisiera que lo comprendiera—. Fue un error enorme, una debilidad que pagaste tú, sí, pero no fue amor. Nunca hubo amor ahí.

—Entonces, ¿por qué me hiciste sentir loca? Me encantaría entenderlo —le respondo, avanzando un paso—. ¿Por qué me hiciste sentir que todo lo que veía, lo que sentía, era una exageración? Que te estaba manipulando con mis celos…

—¡Porque me sentí manipulado! —me interrumpe, y por un momento su voz se quiebra, pero no retrocede—. ¿No te das cuenta? Cuando discutíamos… tú me decías que sin mí no podrías vivir, y sentí… sentí que lo decías para atraparme, para que no me fuese. No sabía cómo reaccionar, y eso me consumió.

—¡Eso no era manipulación! —grito, dejando que toda la furia salga—. ¡Lo decía de verdad! Hasta hace meses no supe vivir sin ti, Jairo. Lloraba pensando que nunca más te vería, pensaba que me moría por dentro. No era manipulación, era amor y todavía sigo aprendiendo a estar sin ti.

—¡Pues yo lo sentí como manipulación! —replica él, acercándose más—. Sentí que me empujabas a quedarme por culpa, no por nosotros. Que tu miedo era más importante que mi libertad, y eso… me dolió.

—¿Mi miedo? —replico con la voz hirviendo—. ¡Mi miedo era amor! ¡Mi amor por ti!

Nos quedamos a centímetros, respirando agitadamente, los ojos brillando de lágrimas y rabia. Cada reproche, cada grito, cada lágrima nos deja vulnerables. Ambos hemos sufrido, ambos hemos cometido errores, ambos hemos amado demasiado y de la manera equivocada.

—¡Pues duele! —susurro, apoyando las manos en sus hombros—. ¡Duele escucharte ahora y saber que lo que sentí no bastó para que te quedaras!

—Lo sé —contesta él, con el corazón en la voz—. ¡Lo sé y me duele más que a ti, créeme! Pero también necesito que sepas que, si hay una posibilidad, quiero intentarlo.

—¡¿Y yo qué hago con todo esto?! —grito—. ¡Yo ya he seguido adelante, Jairo! ¡Yo ya he construido mi vida sin ti! Y te puedo asegurar que me ha costado demasiadas lágrimas —continuó—. Y ya no soy la mujer que esperó meses por ti.

—No quiero vivir sin ti —admite bajando la voz—. Y por eso estoy aquí, porque, aunque la posibilidad de que fuese tarde estaba ahí, no quería no intentarlo.

—¡No, Jairo! —grito con las manos abrazadas al pecho—. ¡No puedes hacerme esto ahora! —me dejo caer al suelo de nuevo, intentando alejarme, pero las piernas no me sostienen, y acabo en un ovillo sobre la alfombra, temblando y llorando como no lo había hecho en meses.

—Indi… —susurra él, arrodillándose frente a mí con la voz rota—. Por favor, escucha. No puedo verte así, lo siento.

—¡No! —le gritó intentando que no me toque—. ¡Después de los meses que te lloré, después de intentar recomponer mi vida… no puedes hacer esto! ¡Ahora estaba empezando a vivir de nuevo!

—No quiero destruir lo que has construido… solo… nunca dejé de ser tuyo en algún lugar de mí.

Me encierro más en mí misma, abrazándome las piernas, sollozando, temblando. La ira y el miedo se mezclan, el frío del invierno entrando por la ventana me parece insignificante frente al torbellino que me consume.

—¡No quiero escucharlo! —susurro entre lágrimas, con la voz quebrada—. ¡No ahora! ¡No puedo!