CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
OTHER PEOPLE – DANIEL SEAVEY
Faltan dos semanas para que Leone empiece la gira y el frío ya está llegando a Madrid.
Las ventanas del piso dejan pasar una corriente fina que se cuela por debajo de la puerta del balcón.
Martina está en clase y Pamela ha salido a trabajar.
La casa está en silencio mientras yo estoy en mi habitación, sentada en el suelo sobre una manta vieja para no manchar el parqué.
Pinto con un jersey ancho de lana gris que me cubre las manos casi hasta los nudillos y unos leggins negros.
El día está nublado y me gusta pintar los días así.
No entiendo como hay gente que a este tiempo le llama “mal tiempo”, para mí es el tiempo perfecto.
Cuando llaman a la puerta y me sacan de mi trance frunzo el ceño porque no espero a nadie ni he pedido nada. Leone tiene muchas reuniones estos días y hoy no habíamos quedado hasta la cena. Vuelven a llamar, esta vez más insistente. Tres golpes.
Se me escapa una sonrisa. Leone. Seguro que ha decidido aparecer sin avisar, con algo de comida que ha comprado por el camino y esa sonrisa suya de “no podía esperar a verte”.
Me limpio las manos con la camiseta vieja de siempre, me quito el jersey para que no me vea con estas pintas y camino por el pasillo colocándome un poco el pelo.
Giro el pomo sonriendo y abro.
Noto como mi corazón se congela y como mis piernas empiezan a temblar cuando al verle mi sonrisa se borra.
Jairo.
Está de pie frente a mí con un abrigo oscuro y las manos metidas en los bolsillos. Tiene el pelo más corto y la mandíbula más marcada. O quizá soy yo que le veo distinto.
—Hola, Indi —me saluda como si nada.
Un latido fuerte en el cuello.
—¿Qué haces aquí? —pregunto sin temblar. «Es un sueño, otra vez es un sueño» intento convencerme.
Se encoge apenas de hombros, como si no supiera por dónde empezar.
—Quería verte.
—¿Verme? —repito, la incredulidad rasgando mi garganta—. ¿Para qué?
Se queda en silencio, tragando saliva. Sus ojos bajan un segundo, me recorren entera y yo me siento pequeña, diminuta, inexistente.
—Creo que tenemos una conversación pendiente —me dice y en sus ojos puedo ver el vacío que le come por dentro—. Y no quería que pasará más tiempo, no quiero que sea tarde.
—Me parece increíble —balbuceo incrédula con los dedos tensos en el marco de la puerta—. Después de más de un año tienes los huevos de presentarte aquí y pretendes que no sea tarde.
Respira hondo y me mira.
—Te he visto en redes, he visto que eres feliz —murmura—. Y que estás con un chic…
—¡Ah bueno! —le interrumpo, dejando que el nudo en mi garganta se rompa—. Y como has visto que estoy feliz y he rehecho mi vida te ha parecido buen momento para joderla de nuevo. Es eso, ¿no?
Noto como la vecina de enfrente abre la mirilla para cotillear, así que me aparto de la puerta para que Jairo pueda pasar y poder desahogarme sin vecinas cotillas de por medio.
Entra a mi casa y se sienta en el borde de una silla con la espalda recta y las manos apretadas sobre los muslos.
Parece un adolescente atrapado en su propia culpa.
—Visto así, me siento el malo de la película —admite, con un hilo de voz—. Indira no creo que lo sea, te he amado como a nadi…
—¿Amarme como a nadie es irte a la primera de cambio con ella? —le interrumpo de nuevo, porque tengo mucha rabia dentro— ¿En serio, Jairo? ¿No había otra persona?
—Lo sé —se lamenta con la cabeza gacha— y cada minuto que estaba con ella, pensaba en ti, sintiendo que te había traicionado… me odiaba. Me odiaba a mí mismo.
—¿Y eso qué me importa? —pregunto enfadada—. ¿Qué te odiaras mientras me hacías sufrir? ¡Yo me pasé meses rota por tu culpa!
—Y odio que haya sido por mi culpa—responde él con la voz quebrada, mirándome con toda la sinceridad que puede reunir—.
Nunca quise que sufrieras tanto. Nunca. Solo…
no sabía cómo manejarlo. La chica estaba ahí, insistente, y yo, yo que sé, Indi…
fui un cobarde. Me dejé llevar. No era amor, ni desprecio hacia ti, ni nada de lo que pasará por tu mente.
Solo miedo, inmadurez, confusión, me sentí solo y acepté el cariño que ella me dio.
—¿Confusión? —repito, más furiosa que nunca—. ¡Confusión! ¿Eso es todo lo que tienes? ¡Confusión y cobardía! Me dejaste sola con tu mierda, y encima me hiciste parecer la loca de la relación.
—Lo sé —admite, y su voz es un susurro que me da rabia—. Sé que he sido un cabrón, y no hay excusa. Solo quería que entendieras por qué pasó, solo… para que sepas que no fui un monstruo insensible, aunque lo pareciera, y menos contigo.
Me dejo caer en el sofá, temblando de rabia y frío, con las lágrimas cayendo sin cesar. Mi cuerpo parece un volcán acumulando meses de dolor, ira y decepción.
—¿Sabes lo que me mató, Jairo? —digo, y mi voz suena rota, amarga—. Que todo ese tiempo, cuando discutíamos por ella, cuando te decía que me molestaba, tú me llamaras celosa sin motivo. ¡Celosa sin motivo! Y luego… ¡zas! Te liaste con ella. Dos semanas después.
—Sí —asiente él, tragando saliva con la mandíbula rígida—.
Tenías razón. Tenías razón en todo. No fui capaz de lidiar con mis emociones ni con las tuyas.
No supe ser honesto, no supe enfrentar lo que sentía.
Fui débil, imbécil, inmaduro. Y me costó perderte, me costó darme cuenta de todo lo que hice mal, me costó perder al amor de mi vida.
Me pongo de pie de golpe con la respiración entrecortada.
—¡Amor de tu vida! ¡Ja! —grito con una carcajada falsa—. ¿Sabes lo que sentí yo? ¡Que te di igual, que me humillaste, que me volviste loca! ¡Y tú me hablas de debilidad y de amor de tu vida!
—Sí, débil —admite, sin apartar la mirada—. Débil porque no supe resistirme a algo que me hacía sentir vivo mientras te perdía a ti. Y sí, cobarde por no detenerlo, por no enfrentarlo, pero nunca dejé de sentir lo que sentía por ti. Nunca.
Siento cómo mis manos tiemblan, cómo mis piernas quieren salir corriendo, pero no sé si para abalanzarse sobre él o para huir de él.
—Y todo esto… —susurro con la voz quebrada—. Todo este año y pico que he pasado pensando en ti, llorando, sintiéndome rota, sintiéndome lejos de mí… —me llevo las manos a la cabeza, intentando controlar el llanto—. ¿Qué quieres que haga con todo eso ahora?
—No quiero que hagas nada —niega con la cabeza—.
No puedo borrar todo el daño que nos hicimos y sobre todo que te hice, pero quería que entendieras mi parte antes de perderte del todo, que entiendas que no soy tan hijo de puta, que me equivoqué, pero también te amaba, aunque fuera incapaz de demostrarlo como te merecías.
Me acerco a él con las lágrimas cayendo por mis mejillas, el corazón latiendo a mil y la rabia todavía hirviendo.
—No puedes hablar de amor —le digo con pena—. No puedes amar a alguien y hacerla mierda a la vez, las cosas no funcionan así cuando hay amor, Jairo.
—El miedo me consumía cada día —susurra—. No supe manejarlo de otra manera.
La furia y la tristeza me golpean al mismo tiempo. Quiero gritar, llorar, abrazarlo, tirarle cosas, explicarle todo lo que sentí mientras él estaba con ella. Pero también quiero escucharlo porque por primera vez, lo que dice tiene sentido. Por primera vez veo la parte humana detrás del hijo de puta.
—¿Sabes lo peor? —le digo, entre sollozos—. Que todo este tiempo… incluso cuando empecé con Leone, incluso cuando intenté dejar de pensar en ti… —respiro hondo, temblando—. Parte de mí aún pensaba que, si volvías, lo dejaría todo por ti.
Su rostro cambia y se transforma en culpa y comprensión. Suspira, dejando que su hombro caiga un poco.
—Lo sé —admite suavemente—. Y entiendo que era imposible no pensar en mí después de todo lo que vivimos porque a mí me ha pasado lo mismo. Sigo pensando que si no eres tú no será nadie.
Esas palabras se me clavan en lo más profundo de mi alma y no sé qué hacer con ellas. Me quedo en silencio, las lágrimas no paran de caer, y él se sienta frente a mí con las manos temblando, sin acercarse de más, respetando mi dolor.
—Indi, no vengo para reclamar tu amor o tu perdón —continúa—.
Solo vengo porque necesito que entendieras que, aunque fallé, nunca he dejado de quererte.
No quiero que sientas que la culpa fue tuya, o que dudes de como amas porque Indi, si de algo puedes estar orgullosa es de la manera en la que amas.
Mi respiración es un caos. Mi rabia, mi dolor, mi frustración, todo se mezcla con que le entiendo. Le entiendo como nunca antes. No lo excuso, pero le entiendo.
—Esto —susurro finalmente—. Esto duele mucho.
—Lo sé —admite mientras me acaricia la mano, pero puedo ver cómo se va rompiendo poco a poco.
—¿Y ahora qué? —pregunto—. ¿Vienes aquí para decirme todo esto y… ¿qué? ¿Esperas que te abrace como si nada hubiera pasado?
—No —niega con la voz rasgada, acercándose un poco más—. No espero que nada sea fácil, Indi. Pero necesito que sepas la verdad y… y que quiero intentarlo, que quiero arreglarlo antes de que sea demasiado tarde porque no quiero vivir sin ti.
—¿Arreglarlo? —repito, riendo entre lágrimas, una risa amarga—. Jairo, ¿tú me estás vacilando?
—Sí, lo sé —admite, con un temblor en la voz que casi me duele más que su traición—. No tiene sentido que aparezca así ahora pero también sé lo que siento, bebé. Y no puedo… no puedo seguir así sin decirlo. Sin que sepas que eres… eres tú. Siempre fuiste tú.
Me estremezco. Cada palabra me duele, me desarma y me enfurece al mismo tiempo.
—No vuelvas a llamarme así —susurro secándome las lágrimas—. Ni te atrevas a decirme que siempre fui yo, porque entonces ¿todo el dolor, la humillación, la espera… todo eso para ti era solo un error que ahora quieres corregir?
—No —grita, y su voz rompe un poco—. Nunca ha sido un error lo que he sentido por ti, ni lo que siento ¡Entiende que soy humano y que era la primera vez que me sentía así! ¡Entiende que no he sabido manejarlo! ¡Entiende que te amo!
«Esto no puede ser real, es un sueño, despierta Indira»
—¡Pues vaya forma de amar! —grito de nuevo, y las lágrimas me ciegan.