CAPÍTULO CUARENTA
SUN TO ME – MGK
Ha pasado un mes y ya no cuento los días.
La felicidad se ha ido quedando cuando Leone me espera a la salida del metro solo para caminar conmigo hasta la tienda, aunque él tenga que ir en la dirección contraria o cuando deja una nota doblada dentro de mi bolso que encuentro a mitad de turno: “Mi fai perdere la testa, amore”,
decía la última.
Los domingos por la mañana desayunamos tarde, en pijama, sentados en el suelo del salón.
Él lee en voz alta párrafos de lo que está corrigiendo y yo finjo que no me emociono cuando me pregunta qué frase cambiaría.
A veces me acompaña a cerrar la tienda. Se queda apoyado en la pared de enfrente, las manos en los bolsillos, mirándome mientras bajo la persiana.
Cuando cruzo la calle hacia él, sonríe como si llevara horas esperándome y no diez minutos.
Hay noches en las que no hacemos nada especial.
Vemos una película a medias hasta que mis piernas acaban encima de las suyas.
Dentro de un mes empieza la gira del libro. Tiene que ir a ciudades distintas cada semana. Firmas, entrevistas, hoteles. Los dos contamos mentalmente los días que nos tocará aprender a echarnos de menos.
—Van a ser solo unos meses—dice, marcando las fechas con el dedo.
Asiento, aunque siento un pequeño tirón en el pecho. Me he acostumbrado a su cepillo de dientes al lado del mío, a su risa en mi cocina.
La noche pasada, mientras doblábamos la ropa en la lavandería de debajo de mi casa, me pidió de repente.
—Quiero que vengas a alguna ciudad conmigo.
Le lancé una camiseta enrollada y le sonreí.
—Dependerá de mis jefes del imperio textil —dramaticé.
Se acercó y me besó.
No todo es perfecto. A veces discutimos por tonterías: por quién dejó la luz del baño encendida o por un mensaje mal interpretado pero las discusiones duran poco. Nos cuesta estar enfadados.
Y en medio de esta calma, aparece —o reaparece— Jairo. No debería importarme. Eso me repito cuando veo su nombre en la lista de personas que han visto mis historias. Jairo. Siempre Jairo. Puntual. Solo mira y yo miro que mira.
Esa noche estoy en casa con Pamela y Martina. Hemos pedido sushi y estamos sentadas en el suelo del salón, con las cajas abiertas. Martina habla de un chico del trabajo con el que hay bastante conexión.
—Te pasa algo —suelta Pamela de pronto, clavándome los ojos.
Niego con la cabeza, pero ellas me conocen demasiado.
—Es Jairo, ¿verdad? —Martina me empuja suavemente la rodilla con el pie.
No me sorprende que lo sepan. Respiro hondo y dejo el móvil boca abajo sobre la mesa.
—Ve todo lo que subo.
—¿Y? —pregunta Martina.
—Y nada, que lo ve.
—No es “nada” si te tiene así —Pamela ladea la cabeza.
—Siempre pensé que si Jairo volvía… —empiezo, y la frase se me queda suspendida en el aire.
—¿Qué? —insiste Martina, más suave.
Trago saliva.
—No sé, que lo dejaría todo.
Ninguna de las dos habla.
—Todo —repito, más bajo—. El trabajo. Madrid. Lo que fuera.
Pamela se inclina hacia delante.
—¿Incluso a Leone?
Tardo un segundo en responder. Un segundo demasiado largo.
—Al principio, sí —admito—. Cuando empecé con Leone, una parte de mí pensaba: “Si Jairo aparece, esto se acaba”. Como si Leone fuera… provisional.
«Me odio por decir y pensar esto».
—Eso no significa que no quieras a Leone.
—Ya, pero… —me paso la mano por el pelo, nerviosa—. Ahora ya no estoy tan segura. Si Jairo volviera hoy… no sé qué haría y el hecho de no saberlo me hace sentir fatal.
—¿Por qué? —pregunta Pamela.
—Porque suena inmaduro ¿sabes? Como si todavía estuviera esperando que alguien venga a elegirme para decidir yo.
Martina se acerca y apoya su hombro en el mío.
—Indira, querer a alguien no borra lo que fue importante. Jairo fue tu historia durante años y no va a desaparecer porque ahora estés bien.
—Pero debería no sentir nada —digo, casi enfadada conmigo misma—. Debería verlo y que me diera igual.
Pamela niega.
—No funciona así. Lo importante es lo que haces con eso.
Pienso en Leone riéndose en mi cocina. En su mano buscándome en mitad de la noche.
En la forma en que me mira cuando hablo de cualquier cosa.
Pienso también en Jairo y en la versión de mí que existía cuando estaba con él.
En lo que prometí, en lo que soñé, en la idea fija que tuve durante tanto tiempo de que era mi destino, el amor de mi vida.
Quizá lo que me hace dudar no es él, sino la chica que fui con él.
—No quiero perder lo que tengo ahora, pero siento que no depende de mí —digo al fin.
—Sí depende de ti —responde Martina.
Esa noche, cuando estoy en casa de Leone, le enseño el móvil.
—Mira.
Él observa la fecha un segundo. Después me mira a mí.
—¿Un año ya?
Asiento con los ojos como platos.
Se acerca y me quita el teléfono de la mano. Lo deja boca abajo sobre la mesa y me atrae hacia su pecho.
—Un año desde que te vi por primera vez, hay que celebrarlo.
Apoyo la frente en su clavícula. Cierro los ojos.
Un mes después, todo va bien y no es porque el pasado no exista, ni porque el futuro no me asuste sino porque cuando me tumbo a su lado por la noche y entrelazo los dedos con los suyos, no estoy comparando, ni huyendo, ni esperando que algo lo joda todo.