CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
MARS – DAMIANO DAVID
Abro los ojos y esta vez no me despierta el sonido del mar o el de las gaviotas, sino el de la alarma de mi móvil que suena demasiado pronto para recordarme que tengo que ir a trabajar.
Me giro y Leone está a mi lado, mi espalda está pegada a su cuerpo y su brazo apoyado sobre mi cintura.
Anoche llegamos tarde y en cuanto cruzamos la puerta de mi habitación, la cama nos esperaba a los dos.
Mi cuerpo de lado arropado por el suyo acompañado por un movimiento lento que me hacía sentir en el cielo.
Nunca me habían tocado así, nunca me habían hecho sentir tan querida durante el sexo.
Me quedo mirándolo un momento antes de levantarme, está muy guapo en cualquier situación del día.
Esto debería de ser ilegal. Después de estar un rato mirándole dormir —cual psicópata— me pongo una camiseta que dejé colgada en el respaldo de mi silla y voy en busca de un café, urgente.
Salgo de la habitación y abro la ventana del salón para ventilar.
Se cuela el ruido del tráfico, vuelta al caos.
—Buenos días —dice Leone desde la cama con la voz adormecida, girándose un poco hacia mí.
—Buenos días —respondo, y es verdad. Muy buenos días.
Se incorpora un poco, estirándose, cubierto por las sábanas. Sus ojos me buscan y sonríe.
—¿Todo bien? —pregunta en un susurro.
—Sí, voy a preparar café.
Después de unos minutos Leone aparece en la cocina mientras se peina con la mano derecha.
—Qué raro va a ser estar sin ti —confiesa mientras viene hasta la mesa— no vayas a trabajar, di que estás mala —bromea mientras me abraza por la espalda y acto seguido se sienta en la silla que está enfrente.
—Ojalá —me rio— ¿Tú que tienes planeado hoy?
—Tengo una reunión con la editorial y... —finge estar pensativo— echarte de menos, imaginarte desnuda y esperarte con una cena rica en mi casa —bromea.
—Mmm que buena pinta tiene tu día —le sigo la broma entre risas.
No tengo miedo a que la rutina nos atrape, para decir verdad, ahora mismo no tengo miedos ni dudas sobre nada. Estoy en una nube.
Me levanto para ducharme. Me visto con unos vaqueros largos, una camisa gris desgastada y unas zapatillas de leopardo que me encantan.
Cuando salgo del baño, Leone se ha sentado en la cama, con el portátil abierto frente a él, concentrado.
Me acerco y apoyo la mano en su hombro. Me inclino y lo beso despacio, no quiero irme de estos labios.
—Luego te veo —susurro en sus labios.
—Luego te veo —responde, devolviendo el beso con la misma lentitud.
Cojo el bolso y salgo al portal. Que no te engañen, Madrid huele a asfalto. Y yo echo tanto de menos el olor a sal. Mi cuerpo vuelve a Madrid, pero mi alma sigue en el mar. Mientras el metro cierra las puertas el móvil me vibra en el bolso.
El día en la tienda se me hace eterno, parece que las horas no pasan. A media tarde me duelen los pies y la paciencia a partes iguales. Sonrío a los clientes por pura inercia, pero por dentro ya estoy en su casa.
Cuando por fin salgo, camino todo lo rápido que mis piernas me permiten. Ni siquiera termino de llamar al timbre y la puerta se abre al instante. Levanto una ceja.
—¿Tienes poderes o llevas cinco minutos detrás de la puerta?
—Quizá un poco de las dos —bromea con su preciosa sonrisa.
Lleva una camiseta gris que le queda peligrosamente bien, unos pantalones de chándal y está descalzo. Sus ojos recorren mi cara despacio, mientras yo sigo esperando a que me deje entrar.
—¿Vas a dejarme en la puerta mucho rato?
Se aparta con una sonrisa.
—Ven —me coge de la cintura y me acerca a su cuerpo.
La casa huele a cena recién hecha y mi estómago decide recordarme que llevo horas sobreviviendo a base de café.
—Espero que eso sepa tan bien como huele —le digo.
Cenamos hablando de tonterías como una serie que le recomiendo, del nuevo álbum de Justin Bieber.
Cuando terminamos de recoger los platos, me apoyo en la encimera mientras él deja el último vaso en el fregadero y luego se acerca a mí.
Me aparta el pelo de un lado del cuello y me besa justo ahí.
Cierro los ojos y siento cómo sus manos me rodean la cintura y me atraen hacia él.
Sus labios suben y bajan por todo mi cuello.
Mi respiración se acelera. Quiero que no pare nunca, quiero más.
Me lleva hasta el sofá en brazos con toda la delicadeza del mundo, pero cuando cruzamos la puerta me empuja contra la pared y me besa con menos delicadeza.
Nos desvestimos sin separarnos. Sus manos recorren mi espalda.
Yo deslizo los dedos por su pecho, por sus hombros, sintiendo cómo su cuerpo reacciona ante mí.
Me siento poderosa. Cuando nos tumbamos, el movimiento empieza lento.
Lo miro. Me mira. No aparta la mirada cuando me curvo de placer.
Acompaso el ritmo con el cuerpo, lo acerco más con las piernas, dejo que mi respiración le marque el camino. El placer crece, se vuelve incontrolable. Me aferro a su espalda cuando el movimiento se vuelve más duro. Él pronuncia mi nombre contra mi boca y eso basta para que todo se desborde.