Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO #2
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO #2

¿qué somos? ¿Amigos con derechos? Bueno, habiendo traspasado ese límite, nuestra conexión es explosiva.

Y también me doy cuenta de las nuevas versiones de nosotros mismos que estoy conociendo.

Después de haber estado muerta en vida tanto tiempo…

volver a sentir deseo sexual —constante— me tiene en una nube, quizá porque Leone me está recordando o despertando la parte más humana que tiene el ser humano.

Y, por otro lado, estoy conociendo a un Leone más atrevido, más libre, más conectado a mí.

Cuando conoces a alguien, conectáis bien, se nota la química que hay entre vosotros, pero luego en la cama no os entendéis, es una absoluta jodienda, pero cuando además de todo eso, en la cama os entendéis a la perfección, es lo mejor que te puede pasar.

Y es lo que me está pasando y lo que hace que cada vez que le tenga cerca, le demuestre todas las ganas que le tenía, y él haga exactamente lo mismo conmigo sin importar donde estamos.

—Tengo que escribir una cosa rápida —me informa Leone al volver a casa—. Cinco minutos.

Asiento.

Se queda en el salón con el portátil mientras yo salgo al jardín y escucho el sonido constante de las teclas.

El césped está frío, así que voy en busca de una manta y la extiendo en el centro.

Me tumbo boca arriba. El cielo empieza a teñirse de naranja.

¿Qué tendrán los atardeceres para embobarnos así?

—Te estaba buscando —dice Leone apareciendo después de diez minutos.

Abro los ojos.

El sol se esconde a su espalda y dibuja un halo dorado alrededor de su silueta. Durante un instante apenas distingo sus facciones, solo la línea de su cuerpo recortada contra la luz. Definitivamente estoy en el cielo.

—Hola —le saludo con una sonrisa.

Se arrodilla sobre la manta. Me recorre la cara con sus ojos y me da un pequeño beso en la frente.

—No aprendo —murmura.

—¿El qué? —pregunto mientras me incorporo apoyando un codo.

—A dejar de mirarte así.

Se inclina y me besa de nuevo. Sus manos bajan por mis brazos, mis costillas, mi cintura.

Me incorporo del todo y me siento sobre sus piernas.

Sus manos suben por mi espalda. El beso se vuelve más profundo, más urgente, más consciente.

Ya sabemos cómo encajan nuestras bocas y lo bien que lo hacen.

La luz del atardecer nos envuelve. Me tumba de nuevo sobre la manta.

Cada caricia es más directa. Respiro más rápido.

Sus labios recorren mi cuello, subiendo y bajando despacio. Mi cuerpo se pierde buscándolo.

—Indira… —murmulla contra mi piel.

Cuando dice mi nombre así, tiene un tono de voz que me hace perder el sentido.

Le agarro del cuello de la camiseta para atraerlo más hacia mí.

Cuando nuestros cuerpos vuelven a encontrarse, el movimiento es perfecto, nuestros cuerpos se reconocen y no por segunda vez.

El césped roza mi espalda bajo la manta.

El cielo arde para nosotros. Su respiración se rompe contra mi cuello.

La mía se desordena en su oído. El ritmo crece hasta que el placer llega en oleadas y me aferro a él sin pensar.

Se deja caer a mi lado, pero no se separa. Me atrae hacia su pecho.

—No voy a sobrevivir a este cumpleaños —dice riendo, todavía sin aliento.

Sonrío contra su piel.

—Espero que sí.

Nos quedamos tumbados mirando el cielo que va tornándose violeta, con el alma todavía en trance.

Leone apoya el mentón sobre mi cabeza.

—Tengo hambre —dice con la voz un poco ronca.

Me río contra su pecho.

—Qué romántico eres —bromeo.

Se incorpora apoyándose en un codo y me mira desde arriba con una sonrisa.

—¿Qué te apetece para cenar? —pregunta.

Lo miro un segundo, fingiendo pensar.

—Tú —respondo después de hacerme la interesante durante dos segundos y medio.

Suelta una carcajada.

—No puedes decirme eso así, con esa cara —niega con la cabeza y se acerca de nuevo a mí.

—¿Por qué? —pregunto volviendo a poner la misma cara de deseo.

Me agarra de la mandíbula y se lleva mis labios hasta los suyos para darles un beso corto.

—Eres peligrosa —me susurra al oído.

—Y tú preguntas cosas obvias.

Nos quedamos un segundo mirándonos con esa complicidad nueva, que no es tan nueva pero sí más libre, hasta que Leone se levanta y me ofrece la mano para ayudarme a incorporarme.

—Vale, fuera bromas. Mi cuerpo quiere comer.

—Croquetas —sugiero.

—Sabía que ibas a decir eso.

Nos miramos a la vez

—¿Vamos? —pregunta.

Asiento.

Diez minutos después estamos entrando otra vez en el bar de Goyito. Nos sentamos en la barra y pedimos lo mismo de siempre: croquetas, alitas, patatas y dos cervezas, pero esta vez nos hacemos hueco en la barra.

Leone coge una croqueta con los dedos, sopla un poco y me la acerca.

—Abre.

Muerdo, está ardiendo pero que rica está.

—Te odio.

—Primera mentira con 26 años.

Le paso una alita por delante de la boca como venganza y él muerde exagerando el gesto.

—No sabía que un cumpleaños podía alargarse tanto —afirma él, apoyando el codo en la barra.

—No se ha acabado —respondo.

Me mira.

—Ah, ¿no?

—Mañana sigo cumpliendo años.

Niega con la cabeza, divertido.

—Eres insaciable.

Apoya su rodilla contra la mía bajo la barra. Termino mi cerveza y dejo el vaso vacío sobre la madera.

—¡Me acabo de dar cuenta de que eres la tortita mala! —exclamo con los ojos como platos.

—¿Qué tortita mala? Te está afectando mentalmente llevar tres días de cumpleaños —me dice entre risas.

—¡La teoría de la tortita mala! ¿Cómo no vas a saber qué es?

—Sorpréndeme.

—La primera tortita siempre sale mal —explico—. Porque todavía no le has pillado el punto al fuego, o a la cantidad o al tiempo que tienes que dejarla en la sartén…

Se inclina un poco hacia mí, con esa sonrisa que pone cuando cree que estoy diciendo una tontería, pero quiere ver hasta dónde llego.

—Vale. ¿Y yo qué soy entonces? ¿La masa mal echada o la sartén fría?

—Eres de lo que no hay —contesto entre risas—. Se supone que después de una relación, la primera persona con la que te besas es la tortita mala.

—¡Ah bueno! Entonces yo no soy tu tortita mala, acuérdate del cumpleaños de Pamela —me recuerda—. Pero tu si eres la mía.

Se inclina y me besa.

—Pero que rica está esta tortita —teatraliza dando una carcajada con sus labios pegados a los míos.