CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
ADDICTED TO YOU – HUDDY
Volvemos a casa cuando el cielo ya se ha tragado el último rastro de luz y el faro ha quedado atrás, convertido en un punto blanco perdido en la oscuridad.
Durante el camino apenas hablamos. El coche avanza mientras llevo la mano apoyada en el asiento, entre los dos.
Leone conduce con una sola mano. La otra descansa en mi pierna.
Cuando aparca en frente de casa, gira la cabeza hacia mí.
—¿Estás cansada?
Niego con la cabeza. «Me siento de todo menos cansada».
Entramos sin encender las luces. Dejo las sandalias en la entrada y él cierra la puerta detrás de mí.
El clic de la cerradura suena muy fuerte.
Nos quedamos frente a frente. Mis manos suben a su cuello.
Las suyas a mi culo y me besa con pasión.
Me empuja suavemente hacia atrás hasta que mi espalda roza la pared.
El vestido resbala bajo sus manos. Sus dedos recorren mi espalda despacio, aprendiendo cada curva como si la estuviera dibujando.
Yo deslizo las manos bajo su camiseta, notando el calor de su piel, la tensión en sus músculos.
Se separa un segundo para mirarme.
—Indira…
Le doy un beso corto para que se calle y acto seguido le desato el botón del vaquero sin apartar los ojos de los suyos.
Él contiene la respiración y con ese gesto hace que toda la prudencia que intentaba tener desaparezca.
Le beso otra vez, más fuerte. Sus manos suben por mi espalda.
El vestido deja de ser una barrera y cae al suelo.
Me mira de arriba a abajo, memorizándome.
Subimos las escaleras a oscuras, entre besos torpes y risas cuando tropezamos con todo lo que se nos pone por delante.
En la habitación, la ventana abierta deja entrar el rumor del mar.
Me tumba sobre la cama con cuidado. Sus labios recorren mi cuello, bajan despacio.
Mi espalda se arquea. Sus manos me sujetan con fuerza y delicadeza a la vez.
Su respiración se vuelve más fuerte contra mi piel.
Mis dedos se enredan en su pelo, lo acerco más, sin esconder lo que quiero.
Cuando por fin entra dentro de mí, no es brusco. Es lento y profundo. Me aferro a sus hombros. Él esconde el rostro en mi cuello. Nuestros cuerpos encuentran —o se reencuentran en— un ritmo que nace solo.
El mar sigue sonando afuera acompañando cada respiración acelerada.
De un momento a otro todo se vuelve más intenso, más duro. Mis uñas se clavan en su espalda. Él murmura mi nombre en cada golpe seco. El orgasmo llega y me recorre entera. Él me sigue segundos después, tensándose contra mí, quedándose quieto y sin aliento.
Se deja caer a mi lado, todavía respirando hondo. Nos quedamos en silencio, mirándonos en la penumbra mientras que su mano busca la mía bajo las sábanas.
—Hola —susurra cuando la encuentra.
Le beso despacio.
—Hola —contesto con mis labios pegados a los suyos.
—Definitivamente el paraíso huele a ti.
Nos quedamos así un rato, el tiempo suficiente para llegar a la conclusión de que no hemos cruzado una línea para perdernos, sino para encontrarnos.
…
Me despierto antes que él por la luz que entra por la ventana.
Leone duerme de lado, con una mano apoyada en mi cintura.
Me quedo mirando el techo unos segundos y aprovecho para repasar todo lo que viví ayer y entonces me doy cuenta de que no eché de menos a nadie.
Ni un segundo. Ni al abrir regalos. Ni al reírme en el parque.
Ni cuando nos besamos en el faro. Ni después.
Jairo no apareció en ningún rincón del día y lo más extraño es que no siento culpa por eso.
Durante meses, o, mejor dicho, durante un año he vivido con una deuda inventada, pensando que avanzar significaba traicionarle, que en el momento que dejará de doler sería una forma de olvidar, ni que ser feliz necesitará una justificación.
Me giro hacia Leone. Tiene el pelo despeinado, la boca entreabierta y está tremendamente guapo. Recorro su brazo con el dedo sin despertarlo.
Todas las dudas que me frenaban estos meses con él no existen. No estoy pensando en lo que puede salir mal. No estoy negociando conmigo misma.
He pasado el mejor cumpleaños de mi vida.
No por los regalos, aunque fueron perfectos. No por los planes, aunque pensó en cada detalle. No por el sexo, aunque fue distinto a todo lo anterior. Ha sido el mejor porque no me he sentido a medias.
No he estado esperando un mensaje que no llegó. No me he imaginado otra versión del día.
He estado donde quería estar, con quien quería estar.
Leone se mueve de repente y abre los ojos.
—Buenos días —murmura.
Sonrío y me acerco para besarlo.
—Buenos días.
Apoya su frente en la mía y me quedo ahí, respirando al mismo ritmo que él.
Cuando noto que se ha vuelto a dormir me deslizo con cuidado fuera de la cama, apartando su brazo con cuidado de no despertarlo.
Abro la ducha y dejo que el agua caiga fuerte sobre mis hombros.
Pienso en coger el móvil y enviarle un último audio a Jairo, pero no lo hago, porque realmente, no lo necesito.
Cuando salgo de la ducha me pongo lo primero que pillo y descalza, bajo las escaleras peinándome el pelo con los dedos.
Huele a algo dulce. Frunzo el ceño. Entro en la cocina y me lo encuentro de espaldas, concentrado. Sobre la mesa hay una tarta de queso con las velas puestas. Leone se gira justo cuando doy dos pasos más.
—Buenos días, de nuevo —dice, sonriendo como si hubiera estado esperando ese momento exacto.
Miro la tarta y luego a él.
—¿Otra sorpresa? —pregunto.
Se acerca limpiándose las manos con un trapo que se cuelga al hombro.
—Mi intención era que las soplaras cuando volviéramos de Matxitxako —me explica señalando las velas—. Pero la vida tenía otros planes para nosotros.
Tardo medio segundo en entenderlo.
Me echo a reír.
—¿La vida?
—La vida —repite, acercándose un poco más—. Taaan insistente.
Le doy un pequeño empujón en el pecho.
—Idiota.
Enciende las velas. La llama pequeña tiembla con el aire que entra por la ventana. Me inclino y soplo.
—Feliz cumpleaños, otra vez.
—Gracias —respondo poniendo los ojos en blanco con una sonrisa en la cara.
Él prepara las tazas mientras yo prenso el café en la cafetera americana. Nos cruzamos y nos chocamos constantemente, pero esta vez no es casualidad, lo hacemos aposta, buscando encontrarnos en cada paso.
—Perdón —dice cuando su mano roza mi cadera al pasar.
Yo le quito la cuchara de la mano y cuando va a cogerla de vuelta le beso, un beso corto, un beso que le deja con ganas de más porque cuando me retiro tira de mi cintura y me pega contra él para darme un beso apasionado y volver a coger la cuchara.
El café empieza a salir. El olor llena toda la casa.
Podría acostumbrarme a esto, a que mis mañanas empiecen así y sorprendentemente, me asusta lo poco que me asusta.
Leone me saca de mis pensamientos cuando se coloca detrás de mí para alcanzar el azúcar y su pecho se apoya en mi espalda y noto una presión dura en el culo.
—Te estás aprovechando —murmuro.
—Un poco.
Me giro y le doy un beso rápido. Él me sujeta del culo y hace que el beso dure un poco más.
Cortamos dos porciones de tarta antes de sentarnos en la mesa del jardín.
Desayunamos riendo. Sus pies buscan los míos bajo la mesa.
Cuando terminamos, nos cambiamos de sitio porque el sol ya empieza a quemar donde estamos.
Doy una calada al primer cigarro de la mañana y le miro de reojo.
—Van a llamarme —aseguro.
—No lo dudes.
No pasan ni treinta segundos cuando el móvil vibra.
“TRÍO SALVAJE” está haciendo una videollamada.
Las dos aparecen en pantalla, demasiado despiertas para la hora que es y para sus costumbres.
—Buenos días, cumpleañera —empieza Martina con voz sospechosa.
—Queremos informe completo —añade Pamela.
Leone se inclina para salir en cámara.
—Buenos días —saluda, inocente.
Ellas se miran.
—Algo ha pasado —dice Martina enseguida—. Tenéis cara de que algo ha pasado.
Miro a Leone. Él me mira a mí. No decimos nada. Simplemente me inclino hacia él y le beso.
—¡POR FIN! —escucho gritar a Martina.
Pamela aplaude como si se le fuese la vida en ello.
—Gracias, Universo —dice—. Ya puedo dormir tranquila.
Leone me mira sonriendo con la mano apoyada en mi cintura.
—Era cuestión de tiempo —afirma.
Yo doy otra calada al cigarro, sintiendo el calor del sol, su mano en mi piel y las voces de mis amigas celebrando al otro lado de la pantalla.
Por la mañana decidimos no hacer nada más allá de salir a pasear.
Conducimos hasta Bermeo con las ventanillas bajadas y la música de fondo.
El puerto está lleno de barcas pequeñas balanceándose.
Caminamos sin rumbo por las calles estrechas llenas de fachadas de colores.
Leone me coge la mano sin preguntar. Entrelaza los dedos con los míos como si fuera lo más natural del mundo. Y lo es.
Nos paramos en cada esquina. Me roba besos rápidos contra una pared azul. Yo le beso la mandíbula mientras esperamos a pasar por un paso de cebra.
Entramos en una heladería pequeña frente al puerto.
—Según Google Maps, esta heladería es la mejor de aquí —me informa antes de pasar.
Y si algo pudiese ser yo en la vida sería catadora de helados —y de croquetas—. Decidimos pasar y pedirnos dos sabores cada uno para compartirlos. El mío es de nata y limón, el suyo de chocolate negro y frambuesa. Siempre seré team helados de frutas, le pese a quien le pese.
—Quiet…—murmura Leone cuando me mancho la comisura del labio con helado.
No termina la palabra cuando se inclina y me limpia la mancha con la lengua.
—Estamos en público —susurro.
—¿Y?
—Que ahora necesito que me enseñes que más cosas puedes hacer con la lengua y…
No puedo terminar de hablar cuando su lengua está dentro de mi boca y su mano en mi cuello.
—Cállate, porque como sigas hablando no voy a poder andar —me susurra separándose un poco de mí.
—Cállame otra vez —le pido y lo hace.
Cuando conseguimos calmarnos, seguimos caminando. Pasamos el resto de la tarde haciéndonos fotos tontas por el pueblo. Una seria. Otra desenfocada porque me hace cosquillas. Una en la que me besa el cuello y yo estoy riéndome.
No hay distancia entre nosotros en todo el día, si nuestra conexión como amigos era difícil de disimular, ahora siendo…