CAPÍTULO TREINTA Y SIETE #2
A la una ya tenemos hambre, así que decidimos hacer lo que se hace en el País Vasco cuando tienes hambre.
Entrar y salir a los bares, apoyarnos en sus barras de madera, compartiendo platos pequeños, o como los llaman aquí, pintxos.
Pimientos rellenos. Tortilla jugosa, extremadamente jugosa.
Txistorra caliente. Gildas. Brindamos con Txakoli.
—Por los cumpleaños bien celebrados —brinda él.
—Y por los planes sorpresa —añado con un guiño de ojo.
Salimos riéndonos, ligeramente mareados por el vino y el sol.
Más por el vino que por el sol, pero ambos influyen.
Por la tarde Leone conduce un poco de más y se detiene frente a la playa que queda justo enfrente de Mundaka.
Cruzamos la arena. Desde aquí, Mundaka parece otra cosa.
Las casas apiladas, la iglesia en el centro, el puerto pequeño. Todo más compacto, más lejano.
—Nunca lo había visto así —admito.
—A veces hace falta moverse unos metros —responde filosófico.
Extendemos la toalla. Me tumbo boca abajo a leer y, consigo leer más de tres páginas de seguido. Él hace lo mismo a mi lado. De vez en cuando me roza el pie con el suyo. De pronto, al levantar la cabeza, me encuentro con su mirada.
—¿Qué? —susurro.
—Te sienta bien cumplir años.
Nos bañamos antes de que llegue el atardecer. El agua está fría, cosa que agradezco porque tener a Leone sin camiseta a mi lado, tanto tiempo, me está pasando factura. Flotamos mirando el pueblo desde fuera.
—Última parada —anuncia cuando salimos del mar y empieza a recoger todo.
Conduce hacia la costa sin decir una palabra. Dejamos atrás Mundaka y, de pronto, empiezo a reconocer la carretera. Las curvas. Los árboles. Se me empieza a acelerar el pulso. No puede ser.
Un par de minutos después veo el faro. Jairo aparca, baja del coche y espera a que salga. Bajamos del coche y caminamos hasta el borde del acantilado. Me acerco al faro despacio y lo toco con la punta de los dedos, como hago siempre.
—¿Cómo sabías…? —pregunto sin mirarlo.
Leone se pone a mi lado.
—Preguntando.
Le miro.
—¿A quién?
—A mis dos pajaritas de confianza —bromea.
Abro los ojos.
—¿Qué?
Sonríe, un poco orgulloso.
—Quería hacer bien las cosas así que les pregunté qué era importante para ti y me hablaron del faro.
—¿Qué te contaron exactamente? —pregunto temiendo la respuesta.
Se mete las manos en los bolsillos.
—Que siempre dices que cuando te mueras quieres que te tiren aquí porque no quieres una despedida triste —empieza— y que quieres que todos corran hacia el faro cantando Dancing Queen, para que sea una fiesta y luego… al mar —hace un gesto con las manos.
Me quedo mirándolo. No sé si reír o esconderme.
—¿Te dijeron eso? —«Las voy a matar» nota mental.
—Con muchos detalles —admite—. Incluso me cantaron un trozo de la canción por videollamada.
Me llevo la mano a la boca.
—No me lo puedo creer —noto como me voy poniendo roja. Quien quiere enemigas teniéndolas a ellas.
Camino unos pasos hasta el borde. Miro el horizonte. El viento mueve mi vestido.
—¿Te asusta? —pregunto mientras me aparto el pelo de la cara.
—Que quieras que te tiren por un acantilado mientras suena ABBA… un poco —admite entre risas—. Pero me gusta que veas la vida y la muerte así.
—Es el sitio más importante para mí.
Me quedo mirándolo, intentando asimilar que haya preguntado que me hace feliz para poder dármelo.
—No sabía que sabías tanto de mí —digo.
—Estoy aprendiendo.
El sol empieza a caer detrás del faro. El cielo se vuelve naranja. Me acerco y apoyo la frente en su pecho, sin pensarlo. Él me rodea la cintura.
—No sé qué he hecho para merecer esto —murmuro.
—Cumplir años —responde—. Y quedarte.
Levanto la cabeza.
—¿Dónde?
—Aquí, conmigo.
No digo nada. Solo le miro y me doy cuenta de que la idea de que alguien conozca incluso la versión más absurda y festiva de mi propio final no me da miedo.
Sigo con la frente apoyada en su pecho. Noto cómo su respiración sube y baja. Su mano en mi cintura no se mueve. Levanto la cabeza despacio. Está demasiado cerca. Tiene el pelo revuelto por el viento, los labios entreabiertos, como si fuera a decir algo, pero lo hubiera pensado mejor.
—¿Qué? —susurro.
—Nada —niega con la cabeza.
Mis manos suben solas por su torso hasta agarrarse a la tela de su camiseta. Sus ojos bajan a mi boca y vuelven a subir muy lento. Trago saliva.
—Leone…
Él acerca una mano a mi cara sin tocarla Se queda a un centímetro, esperando.
—Indira —dice él, y mi nombre en su boca suena tan tentador—. Si no quieres…
No termina la frase cuando doy un paso hacia delante. Su mano por fin roza mi mejilla. El pulgar se desliza hasta la comisura de mis labios.
—Llevamos meses —susurra.
Asiento.
—Lo sé.
—Y cada vez que te tengo así…
Se detiene y cierra los ojos en un intento de controlarse. Mi corazón late tan fuerte que me vibra en el cuello.
—Bésame —digo.
No es una orden, es un ruego. Sus labios rozan los míos primero sin presión.
Un roce, una prueba. El mundo no explota.
El mar sigue sonando. El viento sigue moviéndome el vestido.
Pero dentro todo ha explotado. Se separa un milímetro, para comprobar mi cara y vuelve a acercarse.
Esta vez no duda. El beso es lento al principio, como si los dos supiéramos que cruzar esta línea cambia muchas cosas y quisiéramos sentir exactamente cuándo cambia.
Su mano se desliza a mi nuca. La mía sube hasta su mandíbula.
Sus labios se abren ligeramente y los míos responden sin pensar.
El viento desaparece. Solo queda el calor, el calor que tengo dentro.
Lo beso con todo lo que me he estado guardando, con cada noche en habitaciones separadas, con cada roce que no terminó en nada, con cada “casi”.
Él responde igual. Ya no es prudente. Me atrae más cerca, pegando mi cuerpo al suyo. Su respiración se mezcla con la mía.
Me separo para coger aire. Nos miramos. Tiene las pupilas dilatadas.
—¿Estás bien? —me pregunta casi jadeando.
—Estoy muy bien —admito.
Y lo vuelvo a besar. Su boca reclama la mía con hambre.
Me aprieta contra él y noto el latido acelerado bajo mi palma.
El beso se vuelve más profundo, pero sigue siendo lento.
Mis dedos se enredan en su pelo. Él desliza la mano por mi espalda hasta la cintura y me acerca todavía más, si eso es posible.
Se separa para apoyar la frente contra la mía. Respiramos como podemos.
—Feliz cumpleaños —susurra, con sus labios rozándome aún.
Sonrío sin abrir los ojos.
—Este sí es el mejor regalo.
Vuelve a besarme y en medio del faro de Matxitxako, del viento y del mar, con el corazón latiendo en todas partes a la vez, entiendo que ya no estamos conteniendo nada.
Esta vez no hay “casi”.
Esta vez hay todo.