Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
75%

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

FEEL LIKE THIS – MAISIE PETERS

El día ha sido prácticamente igual que ayer con Leone.

Hemos coincidido en la cocina a media mañana, un café rápido, una conversación práctica sobre si hacía falta comprar hielo.

Luego él se ha encerrado a escribir y yo he bajado otra vez a la playa, evitando estar a solas con la carta, que no he abierto ni quiero —o puedo—.

Por la tarde hemos compartido el sofá un rato, cada uno con su libro, sin tocarnos y yo he estado mirando la misma página durante una hora, sin poder leer y pensando que había pasado para que todo cambiará así entre nosotros.

Cuando cae la noche y el cielo empieza a oscurecer, escucho la verja, pero no me levanto. Estoy sentada en la escalera del porche, con las piernas dobladas y la barbilla apoyada en las rodillas.

Leone aparece con dos cervezas en una mano y una caja grande en la otra.

—Hoy no cocinamos —dice levantando las manos cargadas.

Prepara la mesa en el jardín. Coloca los platos, abre las cervezas y parte la pizza. Yo le observo desde la puerta, apoyada en el marco. Nos sentamos y comemos en silencio.

—Está buenísima —digo con la boca medio llena.

Él se ríe, posiblemente la primera vez que le veo sonreír en dos días.

Miro el móvil. 23:56.

Él también lo ha mirado un par de veces. Disimula fatal.

—Quería pedirte perdón —dice al fin.

Levanto la mirada.

—¿Por qué?

—Por hoy y por ayer.

Se pasa la mano por la nuca.

—He estado… raro.

—Sí —no lo niego.

Asiente.

—El libro me tiene atrapado. No consigo cerrar una parte y me está empezando a frustrar y… luego está lo de la otra noche.

—No pasó nada —digo apresuradamente.

—Precisamente —asiente con pena.

Nos miramos.

—No sé qué hacer con eso —continúa—. Y lo único que se me ocurrió fue centrarme en el trabajo.

—Yo tampoco sé qué hacer —admito.

Miro el móvil otra vez. 23:59.

—Indira —dice, inclinándose un poco hacia delante—. Lo de la otra noche…

Suena una alarma.

Los dos miramos su móvil al mismo tiempo.

00:00.

Leone se queda un segundo congelado. Luego sonríe, una sonrisa que no le había visto en todo el día. Se levanta de golpe, rodea la mesa y viene hacia mí.

—Feliz cumpleaños.

Y me abraza. Me envuelve entera. Sus brazos fuertes alrededor de mi espalda, su pecho contra el mío, su respiración en mi cuello.

Cierro los ojos.

—Gracias —susurro.

Se separa lo justo para mirarme a la cara. Sus manos siguen en mi cintura y las mías en sus hombros.

—He sido el primero —presume con orgullo, después de que discutió con mis amigas de quien me felicitaría primero.

Su mirada hace un ademan de bajar a mis labios. Se inclina un milímetro y yo no me muevo. El móvil vibra otra vez, pero esta vez es el mío.

Leone suelta una risa.

—Llegan tarde.

—No se lo diremos.

Respondo y la pantalla se llena con las caras de las dos, gritando.

—¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Me echo a reír. Leone da un paso atrás.

—Os pongo en el jardín —digo, girando la cámara.

Leone me mira un segundo.

—Os dejo un momento —me susurra.

Lo veo desaparecer por la puerta de cristal, dejándome espacio.

Las chicas empiezan con preguntas y yo camino descalza por el césped mientras hablo con ellas.

—¿Y? —pregunta Martina al final, bajando la voz, aunque estamos en videollamada—. ¿Ha habido más tensión?

Me río.

—Siempre.

—¿Y hoy?

—Hoy también, pero nos hemos visto poco.

Pamela me mira con esa cara de “te conozco” antes de decirme:

—No hagas nada que no quieras hacer, pero tampoco te frenes por miedo.

Asiento.

Hablamos un rato más. Se meten con mi edad, me cantan cumpleaños feliz desafinando y me prometen una fiesta cuando vuelva a Madrid.

Cuando cuelgo, entro en la casa y me encuentro a Leone en la cocina, apoyado en la encimera, con dos vasos de agua. Me tiende uno.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Sí. Son intensas, ya las conoces.

Se queda mirándome. Ya no hay mesa de por medio ni pantalla que nos distraiga.

—Supongo que oficialmente ya tienes un año más —dice.

—Supongo.

Sonríe y yo también.

—Buenas noches, Indira —suelta de pronto y no me esperaba una despedida tan rápida.

—Buenas noches, Leone —me limito a decir.

Se gira hacia el pasillo y antes de desaparecer, se vuelve hacía mí.

—Me alegro de pasar tu cumpleaños juntos.

—Yo también.

…

Amanezco antes de que suene la alarma y me doy cuenta en cuanto abro los ojos de que hoy es mi cumpleaños.

Me pongo la camiseta larga que dejé en la silla y bajo descalza.

La casa entera huele a café. Cuando salgo al jardín me encuentro con que la mesa está montada como si esperáramos a diez personas.

Platitos pequeños repartidos por todas partes: tortitas apiladas, tostadas cortadas en mitades perfectas, cuencos con fruta, mermeladas abiertas, mantequilla, yogur con semillas, dulces que no reconozco, zumo recién exprimido. Todo en cantidades pequeñas.

Leone está de espaldas, colocando algo en el centro. Lleva una camisa blanca y el bañador. Cuando me oye, se gira.

—Buenos días cumpleañera —me dice con una sonrisa en la cara.

—¿Qué es todo esto? —pregunto sin dar crédito de lo que ven mis ojos.

Le brillan los ojos.

—No sabía qué te iba a apetecer hoy para desayunar, así que he preparado un poco de todo.

—Estás loco.

—Es tu cumpleaños.

Como si fuera razón suficiente.

Nos sentamos uno frente al otro. Me sirve café, me ofrece una tortita, luego una tostada.

Hablamos, hoy sí hablamos. Me cuenta que la señora de la tienda del pueblo le contó media vida mientras le envolvía los dulces.

Le observo mientras habla. Sus manos cuando corta la fruta.

La concentración con la que reparte la miel para que no caiga fuera.

Me obligo a probar un poco de todo mientras él mira cada vez que doy un bocado, intentando descifrar si ha acertado.

—Espera aquí —me ordena.

Desaparece dentro de la casa y vuelve con tres cajas. Las deja sobre la mesa. Dos medianas, envueltas en papel kraft y una más pequeña, cuadrada.

—Empieza por la pequeña.

Le miro un segundo antes de cogerla con el ceño fruncido. Abro la primera caja y dentro hay un estuche rígido, negro. Lo abro y me encuentro con muchos pinceles de distintos tamaños, cerdas distintas, mangos de madera pulida. Los cojo uno a uno. Son buenos. Muy buenos. Muy caros, mejor dicho.

—Leone…

—Me dijiste que siempre acabas usando los mismos porque los otros se abren —se justifica—. Estos no, me lo dijo el hombre de la tienda.

—Son carísimos —me quejo porque reconozco la marca de los pinceles y sé lo que valen.

—Calla y abre el siguiente —me pide.

Trago saliva y cierro el estuche. Cojo una de las cajas medianas. Cuando retiro el papel y levanto la tapa, me quedo muda.

Un bolso de color marrón oscuro con la forma perfecta. Lo saco, lo apoyo sobre la mesa y paso la mano por la costura. Es, sin duda, el bolso más bonito que he tenido.

—¡Ay dios mío! —exclamo.

—Me lo chivaron dos pajaritas —admite sonriendo.

Me lo cuelgo al hombro y él sonríe al verme mirarme en el reflejo del ventanal.

—Es perfecto.

Le sostengo la mirada un segundo sin creerme que todo esto sea real. Luego bajo los ojos hacia la última caja que tiene forma de libro. Antes de que pueda cogerla, él levanta la mano.

—Espera.

Se levanta y entra otra vez a la casa. Le oigo abrir una puerta, moverse por el salón hasta que por fin vuelve con algo en la espalda. Cuando lo saca, el oxígeno deja de correr por mi cuerpo.

Un ramo de flores.

—Feliz cumpleaños, Indira.

Cojo el ramo con las dos manos. Acerco la cara. Tienen un olor dulce y penetrante. Siempre le he dicho que me encantan las flores. Siempre. Y siempre que hablaba de Jairo, acababa diciendo lo mismo: nunca me regaló ni un triste ramo de flores.

Aprieto los labios para que no me tiemblen.

—Gracias —consigo decir.

—Ahora sí —añade señalando la caja que queda—. Ábrela.

Le hago caso mientras una pequeña lágrima recorre mi mejilla. Su libro, es su libro.

—Leone…

—Ábrelo —me ordena.

Lo hago sin entender muy bien ese ímpetu en verlo por dentro en este momento. Paso la primera página y ahí está. La dedicatoria.

“A Indira…”

Sigo leyendo. Las palabras se me desordenan en la cabeza. Habla de mi risa, de mi forma de mirar el mar…

Cierro el libro un segundo porque no puedo seguir leyendo.

—Gracias —digo con la voz temblando—. Gracias. Gracias.

No encuentro otra palabra. Me levanto y lo abrazo con el libro en la mano, apretándolo contra su espalda. Él me abraza fuerte. No sé cómo se mejora un cumpleaños así.

—Todavía no he terminado —confiesa Leone mientras coge mi cara con las dos manos.

Parpadeo.

—¿Cómo qué no?

—Esto solo acaba de empezar —dice separándose de mí— vístete. Tenemos planes.

Lo miro buscando una pista.

—¿Qué tipo de planes?

—Confía en mí.

Subo a mi habitación con el ramo en la mano. Lo dejo en la mesilla y abro la mochila sobre la cama.

Elijo un vestido negro de lino, uno que es ancho, pero se ajusta en la cintura con el cinturón que lleva.

Me pongo las sandalias de cuero marrón, planas, y me dejo el pelo suelto.

Unas gafas de sol pequeñas, pendientes grandes plateados, mis anillos y brazaletes, y mi nuevo bolso que cuelga de mi brazo derecho.

Cuando bajo me encuentro a Leone que me está esperando apoyado en la puerta del coche con unas gafas oscuras, una camiseta marrón y unos vaqueros cortos desgastados. Cuando me ve, me recorre de arriba a abajo con la mirada sin disimular.

—Indira —dice al fin—. Así no puedo concentrarme conduciendo.

—Arranca, anda —me rio.

La carretera hacia Guernica está llena de curvas y de vistas que cualquier descripción poética se quedaría corta.

Llegamos a media mañana. Aparcamos cerca del centro y caminamos hacia el parque de Los Pueblos de Europa.

El parque está lleno de verde y rodeado de esculturas enormes que parecen haber brotado del suelo.

Caminamos sin rumbo. Leone lee las placas en voz alta con tono solemne y exagerado.

Yo me río. Nos sentamos en la hierba. Me quito las sandalias y entierro los pies en el césped.

Él se tumba apoyando la cabeza en mis piernas.

—¿Te gusta? —pregunta mirando el cielo.

—Me encanta.