Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

NEXT TO YOU – NEW WEST

Me despierto tarde, mucho más tarde de lo que pretendía. La habitación está llena de luz y el mar entra por la ventana.

Me incorporo un poco desubicada. La casa está en silencio.

No escucho pasos, ni la ducha, ni música.

Salgo al pasillo todavía medio dormida y bajo a la cocina con el pelo recogido de cualquier manera.

Y entonces lo veo. En la isla de la cocina hay un desayuno esperándome.

Un plato con tortitas de avena apiladas, un cuenco con fruta cortada en trozos pequeños y un chorrito de miel al lado en un vasito con una nota doblada.

“Buenos días dormilona. He ido a comprar para el desayuno, ahora me voy a correr y a darme un baño en el mar. Luego nos vemos. Espero que te guste el desayuno.”

Sonrío. Me apoyo en la encimera y releo la nota una vez más.

Me siento frente al plato. Cojo una tortita con los dedos, le pongo un poco de fruta encima y doy un bocado.

Deliciosa, podría acostumbrarme muy rápidamente a esto.

Me levanto para prepararme un café. Abro la nevera buscando la leche que espero que se haya acordado de comprar y ahí está.

Un vaso alto, con hielo, ya preparado. Y otra nota pegada con celo.

“Buon appetito, amore.”

Me quedo quieta con la puerta de la nevera abierta.

Amore.

Lo leo otra vez y siento como mi pecho se llena con cada respiración. Saco el vaso y cierro la nevera que ya se ha puesto a pitar por tenerla abierta tanto tiempo. El hielo choca contra el cristal cuando lo apoyo en la encimera. Me siento otra vez. Pruebo el café. Está perfecto.

Ayer estábamos a centímetros de besarnos bajo las estrellas y hoy me deja el desayuno preparado como si llevara toda la vida haciéndolo.

Apoyo la barbilla en la mano y observo el plato.

Doy otro bocado. Miro el móvil por inercia, pero lo vuelvo a dejar donde estaba. No quiero que nada interrumpa esto.

…

Son las dos de la tarde y Leone no ha vuelto.

Al principio no me ha importado. He desayunado como una reina, he recogido la cocina tarareando, me he duchado sin prisas, pero ahora el sol está en lo más alto y él, desaparecido por el Cantábrico.

Salgo al jardín con el tabaco en una mano y el móvil en la otra y me siento en el suelo, apoyada en la pared caliente de la casa. Marco videollamada al grupo.

Pamela descuelga con cara de siesta que posiblemente acabo de interrumpir.

—A ver, enséñanos la mansión esa.

Giro la cámara hacia el jardín.

—Es indecente —exagera Martina desde el sofá—. ¿Cuántas habitaciones tiene eso?

—Cinco. Podemos no cruzarnos en tres días si queremos.

—Claro, claro —ironiza Pamela—. Seguro que ese era el plan.

Me río.

—No empecéis.

Les enseño la cocina, la isla, el ventanal con vistas al mar.

—Vale, ahora lo importante —me interrumpe Martina—. ¿Habéis follado ya o seguís fingiendo que sois amigos?

Casi me atraganto con el humo.

—¿Perdona?

—Que si ya os habéis quitado la tontería —insiste—. Porque lleváis meses jugando al ajedrez emocional.

—No hemos hecho nada —respondo rápido.

Se miran entre ellas como si yo no estuviera.

—Eso es peor —dictamina Pamela.

—Mucho peor —añade Martina—. Esa tensión acumulada no es sana.

—Estamos bien así.

—¿Bien cómo? —pregunta Pamela—. ¿Durmiendo en habitaciones separadas y rozándoos la cara como en una peli indie?

Me echo a reír, aunque noto el calor subiéndome por el cuello.

—Ayer casi…

—¿Casi qué? —me interrumpen las dos a la vez.

—Casi nos besamos, pero me fui a dormir —contesto avergonzada.

Martina se lleva la mano a la frente.

—Os juro que os voy a empujar yo cuando volváis.

—No todo tiene que resolverse en cinco minutos —digo.

—No, pero tampoco en cinco meses —responde Pamela.

—Ha salido a correr y a bañarse esta mañana —les digo cambiando de tema—. Y son las dos.

—Igual se ha quedado escribiendo en una roca mirando al horizonte —dice Martina con sorna—. Muy artista todo.

—O igual se ha quedado mirando el mar pensando “estoy enamorado y no sé qué hacer” —añade Pamela con el mismo tono.

—No seáis tontas.

—Hija, si te hace tortitas y te deja notas en italiano… —Pamela levanta una ceja.

—“Amore”, encima —añade Martina—. Lo hemos visto.

Me muerdo el labio para no sonreír.

—Es un detalle, ya está.

—Indira —dice Pamela, más seria—. Te ha llevado al sitio que más te duele y más te gusta a partes iguales, le dejas con la miel en los labios por no se cuanta vez y aun así al día siguiente te hace el desayuno. Eso no es un detalle y ya está.

No respondo porque lo sé.

Martina vuelve al ataque.

—Vale, pregunta importante. Cuando os miráis así de cerca… ¿qué pasa?

Bajo la mirada al césped.

—Pasa que me dan ganas.

—Gracias —grita Pamela—. Por fin una frase normal.

—Y entonces paro —añado.

—¿Por Jairo? —pregunta Martina.

—No, es que no sé si estoy lista, chicas.

Se quedan en silencio.

—Bueno —añade Pamela finalmente—. Pues no estés lista, pero no te hagas la tonta. Eso es lo único que te pedimos.

De repente escucho el chirrido de la verja al abrirse.

Levanto la cabeza y ahí está con la camiseta pegada al pecho, el pelo húmedo y la toalla al hombro. Si la vida tuviese música de fondo, ahora mismo estaría sonando alguna melodía angelical como mínimo. Camina hacia mí, como si no supiera que lo estamos analizando desde Madrid.

—Chicas —murmuro—. Ha vuelto.

—Gíranos la cámara YA —grita Martina.

Les enfoco disimuladamente. Leone levanta la vista y me ve. Sonríe con esa sonrisa tranquila que ya me pertenece.

—Madre mía —susurra Pamela—. Es ilegal que alguien mire así.

—Os dejo —digo antes de que puedan soltar cualquier barbaridad.

—No huyas —me pide Martina—. Y si esta noche pasa algo, nos lo cuentas en menos de un minuto.

Cuelgo riéndome.

Leone llega hasta donde estoy yo, deja la toalla en la silla y me mira de arriba abajo.

—¿Conferencia importante?

—Nada —niego—. Auditoría externa.

Se acerca un paso más. Huele a sal y aunque llevo media hora haciendo bromas, cuando lo tengo delante otra vez, el cuerpo se olvida de todo y vuelven las dudas.

—Me he entretenido un poco —dice, como si tuviera que darme explicaciones.

Deja una bolsa de papel sobre la mesa del jardín y acto seguido se pasa la mano por el pelo húmedo.

—He estado escribiendo un rato y luego he ido al pueblo a por esto —añade.

Asiento.

—Gracias por el desayuno —le digo—. Estaba increíble. «No tango como tú» pienso.

—Me alegro de que te gustará —sonríe, pero hay algo que no encaja del todo, le noto más frío.

Nos sentamos uno al lado del otro en la mesa del jardín.

El sol cae directo y tengo que entrecerrar los ojos.

Él habla de la carrera, del agua fría, de cómo el mar despeja la cabeza y yo le escucho.

Le observo las manos mientras corta el pan.

Siempre tan concentrado en lo que hace. Comemos en silencio más tiempo del habitual.

—¿Todo bien? —pregunto limpiándome las manos en la servilleta.

Levanta los ojos y los lleva hacia los míos.

—Sí. Solo estoy… un poco ido.

—¿Por el libro?

Asiente.

—Y por mí.

Terminamos de comer. Recogemos juntos, sin hablarnos demasiado y noto que evita mirarme.

Cuando deja los platos en el fregadero se seca las manos y dice:

—Voy a subir a escribir un rato.

—Claro.

Mientras sube las escaleras le sigo con la mirada hasta que desaparece en el pasillo.

Me quedo sola en la cocina y el silencio vuelve a reinar la casa.

No sé si es cosa mía, si estoy proyectando, si anoche cruzamos una línea invisible y ahora él necesita poner en orden su cabeza o si simplemente todo está bien y necesita soledad para escribir, al fin y al cabo, para eso quería venir aquí.

Subo a mi habitación. Me pongo el bikini negro, cojo una toalla grande y el libro que llevo días intentando empezar pero que soy incapaz de leer más de una página entera.

Paso por la puerta de la habitación donde está escribiendo, está entreabierta, me asomo un poco y le veo sentado en el escritorio, inclinado sobre el portátil, completamente metido en lo que sea que esté escribiendo.

Bajo hasta el portal antes de que mi cerebro decida ponerse creativo y empiece a enumerar todas las razones por las que sería mejor volver, ponerme cualquier serie y fingir que el mundo exterior no existe.

El camino hasta la playa son apenas unos minutos, pero la cuesta que tengo que subir para llegar a la playa hace que necesite parar para coger aire. Definitivamente, mi forma física y yo dejamos de hablarnos hace tiempo.

La arena está ardiendo. Me quito las sandalias haciendo ese baile ridículo que hacemos todos cuando intentamos no abrasarnos las plantas de los pies y dejo la toalla cerca de la orilla. Después me tumbo boca arriba y cierro los ojos.

El sol me calienta la cara. Hay un grupo hablando en euskera. No entiendo prácticamente nada, pero después de tantos veranos esas voces ya forman parte del paisaje. Un niño protesta porque el agua está helada y alguien se ríe con tantas ganas que me hace sonreír disimuladamente.

Cojo el libro convencida de que leer me va a venir bien.

Que necesito dejar de pensar. O, al menos, pensar en la vida de alguien que no sea la mía.

Tres líneas. No llego a la cuarta y ya vuelvo atrás.

Las releo. Mi cabeza, mientras tanto, ya se ha ido de vacaciones sin pedirme permiso. Está en otro verano, en otra playa.

Recojo la toalla de cualquier manera y me la cuelgo al hombro. Podría volver a casa, sería lo sensato, pero la situación con Leone está tensa, así que, evidentemente, hago justo lo contrario.

Mis piernas empiezan a caminar antes de que mi cabeza pueda vetarlo y sé perfectamente hacia dónde van. Al muelle.

Nuestro muelle.

Cuando llego, no hay nadie. La marea está baja y el camino de piedras vuelve a asomar entre el agua. Es un sitio tan especial; cuando la marea está alta, desaparece todo, pero cuando la marea baja, aparece el camino.

Lo encontramos el primer año. Nuestra primera cena fue allí.

Alitas, croquetas y patatas de Goyito, no podía ser de otra manera.

Ese fue el día que me enamoré de las croquetas de Goyito.

Todavía no tengo claro si me enamoré antes de Jairo o de las croquetas.

Mientras yo hacía cuarenta fotos a la luna convencida de que alguna saldría bien —no salió ninguna—, él estaba entretenido moviendo piedras del muro.

Pensé que era un comportamiento infantil.

Ya sabes como son los hombres que van de duros, a la mínima sacan el niño interior que llevan dentro y se comportan como tal —dentro de lo que cabe—.

Qué poco lo conocía todavía. El último día, justo antes de irnos, levantó una piedra y escondió algo debajo.

—¿Qué haces? —le pregunté.

Me dedicó esa sonrisa que gritaba "espérate, ya verás".

—No mires.

—Jairo...

—La próxima vez que vengamos será para ti.

Y fue para mí. Meses después levanté aquella misma piedra con el corazón haciendo un ruido que, sinceramente, no sé cómo no escuchó toda la playa.

Había una carta. La primera. La leí allí mismo, sentada frente al mar, con la sensación de que el mundo acababa de hacerse un poquito más grande y muchísimo más bonito.

Después vinieron muchas más. Nuestra tradición se convirtió en eso, dejamos de comprarnos recuerdos y empezamos a esconderlos en nuestra piedra.

Cada verano uno escribía una carta y la dejaba allí para que el otro la encontrara meses después. Era nuestra manera de decirnos que, aunque el tiempo pasara, siempre habría algo esperándonos y ese algo siempre seríamos nosotros.

Me acerco al muro por inercia. No espero encontrar nada. Supongo que, por eso, cuando aparto la piedra y aparece un sobre blanco escondido en el hueco, el aire desaparece de mis pulmones.

No. No puede ser.

Lo saco con mucho cuidado, por si el papel pudiera deshacerse entre mis dedos. Vuelvo a colocar la piedra exactamente dónde estaba. Doy la vuelta al sobre, pero no está mi nombre escrito, ni ninguna frase, simplemente una fecha. Cuatro de agosto.

Frunzo el ceño.

—Pero ¿qué...?