CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
CURSI - ODDLIQUOR
Cuando llegamos a la casa, Leone se desvía hacia el jardín como si ya tuviera algo pensado. Yo llevo la bolsa caliente contra el pecho y noto el aceite traspasar un poco el papel. El olor a croquetas que sube hace que mi estomago tenga vida propia.
—No te muevas ni coloques nada en ningún sitio —me ordena.
Desaparece por la casa y vuelve con una manta grande. La extiende sobre el césped, justo en la parte desde la que se ve el pueblo inclinado hacia el puerto. Las luces empiezan a encenderse abajo, pequeñas y dispersas. El mar no se ve, pero se escucha.
—Improvisado, pero digno —dice, dándole dos palmaditas a la manta.
Yo entro a por los cubiertos, dos vasos y las cervezas que nos ha regalado Goyito. Cuando vuelvo fuera, él ya está sentado, descalzo, con las piernas cruzadas. Me mira llegar como si no hubiera nada más interesante que ver.
—Traigo oro líquido —canturreo levantando las cervezas.
—Y yo oro sólido —responde, señalando la bolsa.
Nos sentamos uno frente al otro. Abro la bolsa y el olor sale disparado. Leone cierra los ojos exageradamente.
—Vale. Así huele el paraíso como mínimo.
Sirvo las croquetas en un plato improvisado con la tapa de un tupper que hemos encontrado dentro. Las alitas las dejamos en el papel y las patatas, en medio.
Abre las cervezas y me pasa una. El sonido seco de la chapa al saltar me parece perfecto.
—Por Mundaka —brinda.
—Y por las croquetas —añado.
Chocamos las latas.
Leone coge una croqueta, le da un mordisco y se queda quieto un segundo. Mastica despacio. Levanta las cejas. Y yo no aparto los ojos de esta escena, un tanto pornográfica, para ver su reacción
—Son las mejores croquetas que he probado en mi vida — lo dice sin ironía y yo no puedo evitar sonreír con orgullo, como si las hubiera hecho yo.
—Te lo dije.
Cojo una y la muerdo también. Cruje. La bechamel está cremosa y líquida por dentro. Cierro los ojos para saborearla mejor. Es un sabor que me recuerda a todos los veranos a la vez.
Leone se tumba hacia atrás apoyándose en los codos.
—No sabía que necesitaba esto —admite mirando al cielo.
Yo me quedo sentada, con las piernas dobladas hacia un lado. Le observo mientras bebe. La luz de la casa es lo único que nos alumbra.
—¿El qué?
—Parar, comer en el suelo, no hacer nada útil, estas croquetas… —exagera Leone.
Me río.
—Sobre todo las croquetas —recalco— no sé si pedirte que me des las gracias o pedirte perdón, porque de ahora en adelante tu vida va a ser más difícil sin poder comer estas croquetas a diario —bromeo mientras cojo una alita y me mancho los dedos.
Me limpio en una servilleta y luego en el césped, aquí nadie mira.
—¿Te imaginas vivir aquí todo el año? —pregunta.
Miro hacia el pueblo. Intento imaginármelo en invierno. Vacío. Callado.
—Sería distinto, no estoy segura de sí me adaptaría —admito.
Él asiente.
Comemos sin hablar un rato. Noto el césped fresco bajo las piernas. La cerveza bajando lenta por la garganta. Posiblemente lo mejor del verano sean las noches. Y las noches con el mar de fondo, posiblemente sea el peak del peak del peak.
En un momento levanto la mirada hacía él y él ya me está mirando.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Di.
Se encoge de hombros.
—Me gusta demasiado estar contigo.
Mi corazón se para y vuelve a latir de nuevo.
Termino mi cerveza y la dejo a un lado. Me tumbo también, paralela a él, con un espacio mínimo entre nuestros hombros. Desde aquí el cielo es enorme, nada que ver con Madrid, aquí las estrellas parecen repartidas sin orden, pero cuando las miras un rato empiezas a reconocer formas.
—Esa la busco siempre —señalo una con el dedo.
—La que no es la más brillante —asiente él.
Sonrío.
—Exacto.
—A veces pienso que en otra vida —dice Leone, mirando arriba— me gustaría ser menos intenso.
—¿Menos drama? —pregunto medio en broma.
—Menos prisa por todo, aunque supongo que mi alma tiene que aprender lo que es la paciencia y por eso me pone en estas situaciones —se ríe.
Me giro un poco hacia él y mis vistas pasan del cielo, al paraíso.
—Yo creo que elegiría algo normal —fantaseo cambiando un poco de tema—. Una casa pequeña, un trabajo manual y, sobre todo, nada de estar pensando todo el rato.
—No te veo sin pensar.
—Ya, por eso quiero probar, a ver que se siente.
Se ríe por lo bajo.
El viento mueve las hojas de los árboles del jardín. Su brazo roza el mío cuando cambia de postura para mirarme fijamente.
—Lo que sí mantendría —añade — es esta sensación.
—¿Cuál?
—La de no empezar desde cero contigo.
Siento un leve tirón en el pecho.
—Es raro —respondo—. Porque no siento que estemos empezando nada.
—No, es más bien como… continuar.
Continuar.
Me gusta cómo suena.
—¿Te asusta? —añade.
—Un poco —admito con una sonrisa.
No por él, sino por lo que implica.
Su mano se mueve sobre la manta hasta quedar muy cerca de la mía. No me busca directamente. Simplemente se queda ahí. El espacio no existe. El aire entre los dedos se vuelve nulo.
—A mí me asusta más que no pase —confiesa.
Trago saliva.
Nos quedamos en silencio. Solo se escuchan nuestras respiraciones que van al compás. Me acerco unos centímetros, los justos para que nuestros hombros encajen. Su cuerpo responde sin pensarlo, y se acerca más a mí.
De pronto nuestras caras están mucho más cerca. Noto el calor de su respiración rozándome la mejilla y sé que, si me muevo un milímetro más, todo puede cambiar.
—Seguro que en otra vida —susurro— ya nos habríamos besado sin pensarlo tanto.
—Seguro —me contesta serio con la voz grave.
La tensión crece cuando su mirada baja hasta mi boca y vuelve a mis ojos, cuando mi cuerpo deja de estar tenso y empieza a ser consciente del suyo.
Nuestros dedos se rozan por fin. Él los entrelaza con los míos y encajan a la perfección, como si llevaran haciéndolo años, o vidas. Estamos muy cerca. Demasiado para fingir que no pasa nada.
Su frente casi toca la mía. Podría cerrar los ojos y avanzar un centímetro. Podría dejar de pensar y quiero hacerlo más que nada en el mundo, pero también sé que este pequeño centímetro no sería cualquier cosa, abriría algo que todavía estoy ordenando dentro de mí.
Aprieto su mano antes de murmurar.
—Es hora de irnos a dormir.
Rompo la línea de su mirada y me incorporo despacio. El aire frío ocupa el espacio donde estaba su calor.
Leone se queda tumbado, mirándome desde abajo. No insiste, ni hace ningún comentario ingenioso, simplemente asiente.