CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
FOR YOU, LOVE - EBUBÉ
Caminamos por Mundaka sin rumbo fijo, sin ningún plan y cuánto necesitaba este plan.
Las casas, viejas con las fachadas, un poco comidas por el viento miran al mar.
De fondo, se oye vida: una conversación de un bar cercano al puerto, vasos chocando, y siempre, por debajo de todo, el sonido del Cantábrico, constante.
Paseamos por las calles estrechas, cruzándonos con barcas, redes, detalles cotidianos para la gente de aquí pero que hacen que sea un sitio único.
Seguimos andando hasta que el camino empieza a subir hacia la Ermita de Santa Catalina.
No es un paseo duro, como las cuestas de Toledo, pero con cada paso notas como tu alma se va llenando y tu cuerpo se va quedando en este plano.
Sí, es exactamente la definición perfecta.
El viento pega de lado, me mueve el pelo y me obliga a apartarlo cada dos pasos.
Me lo recojo sin pensar, sin pensar en cómo me habrá quedado, sin sacar el móvil para ver si algún mechón me hace parecer fea.
El cuerpo deja de tener importancia, el ego deja de existir.
Leone camina a mi lado, unos pasos atrás, dándome el espacio para explorar a mi ritmo, mi sitio en el mundo.
Paso tras paso, la ermita se va asomando.
Desde ahí se ve la desembocadura, el agua entrando y saliendo, la arena que cambia con cada marea y la isla Ízaro.
Recuerdo una vez que estuve aquí, en este mismo sitio y un hombre, ya mayor se acercó para contarme la leyenda que tienen en el pueblo sobre esta isla.
Dicen que hace muchos años, esa isla era un convento franciscano y uno de sus frailes cada noche nadaba hasta el pueblo para ver a su amada que le guiaba con un faro.
Hasta que un familiar de esta se enteró y por el honor de la familia tomo cartas en el asunto.
Una de las noches, cogió el farolillo y lo cambió de sitio a la zona del mar donde más rocas había.
El fraile murió ahogado y su amada no volvió a verle más, al menos en esa vida.
Seguimos bajando por un sendero rocoso hasta unas piedras enormes y nos sentamos muy cerca el uno del otro, sin hablar, disfrutando de lo que nuestros ojos tienen delante.
Nuestros cuerpos se acomodan en una de las piedras que parece estar puesta ahí aposta para poder sentarte y admirar el mar.
Mis manos están frías. Estamos en agosto, sí, pero esto es el norte.
Aquí el verano va un poco a su aire y el Cantábrico siempre se encarga de recordarte quién manda.
Me las froto una contra otra mientras levanto la mirada.
El sol empieza a bajar sin ninguna prisa.
El cielo se va tiñendo de rosa, de naranja, de ese color imposible que nunca sale igual en las fotos.
Supongo que por eso todo el mundo intenta hacerle una.
Porque da rabia pensar que algo tan bonito dure tan poco.
El mar lo refleja todo. Parece que el cielo se hubiera caído sobre el agua y, por un momento, cuesta distinguir dónde termina uno y empieza el otro.
—Este sitio es increíble —dice Leone al cabo de un rato, sacándome de mi trance.
Apoyo las manos detrás de mí y estiro las piernas.
—Lo echaba muchísimo de menos —admito.
—¿Te duele estar aquí sin él? —pregunta mirando al frente.
—No—respondo—. Pensaba que sí, pensaba que este sitio era solo nuestro, pero me doy cuenta de que es solo mío —trago saliva —y ahora un poco tuyo.
En verdad, no me corta como un cuchillo, es más bien una punzadita. Un recuerdo que ya no manda, alguien que ya no tiene poder sobre mí.
Sin darme cuenta, me giro un poco hacia Leone.
La luz ya ha bajado casi del todo y el cielo está teñido de un azul profundo.
Su perfil se recorta contra ese fondo enorme con su mirada fija hacia el mar.
Y aquí, en esta roca, con el mar hablando sin parar, con el universo haciéndonos sentir pequeños y enormes a la vez, siento que no quiero otra compañía para estar en mi sitio.
…
Entre ver la casa y mi empeño infantil por ir a la ermita para ver el atardecer, se nos ha ido la tarde.
No hemos hecho la compra, ni siquiera hemos abierto la nevera más allá de verla por dentro y cerrarla otra vez.
Cuando caigo en la cuenta de que no tenemos nada para cenar, no me agobio, al contrario, es la excusa perfecta.
Es el momento de presentarle a Goyo o, Goyito, como yo le llamo.
Goyo es un hombre muy vasco, con su buen bigote poblado, las manos grandes y la espalda ancha.
Podría tener la edad de mis abuelos y cuando no le conoces, impone un poco por la manera de mirar que tiene, pero en cuanto hablas un poco más con él, se le ablanda la cara y entonces aparece el hombre más dulce que he conocido en este pueblo y casi que en el mundo.
Tiene un restaurante cerca de la plaza, el típico bar con ambientador a fritanga, y no exagero cuando digo que hace las mejores croquetas del mundo. Las he echado de menos en Madrid. He soñado con ellas muchas veces, pero no lo admitiré jamás.
—Yo elijo lo que vamos a cenar, ya me lo agradecerás luego —digo emocionada.
El restaurante está hasta arriba. Agosto en Mundaka es esto.
El pueblo se llena hasta los bordes y yo pienso que los turistas lo invaden como si yo no estuviera haciendo exactamente lo mismo.
Una vez le pregunté a una mujer cuánta gente vivía allí y me contestó que dependía del mes.
Trescientos cuando el viento y la lluvia se quedan a vivir.
Cinco mil cuando aprieta el calor y aparecen las tablas, las mochilas y las ganas de mar.
Así que no me sorprende verlo así. Ahora mismo lo único que me preocupa es quedarme sin mis croquetas.
Nos abrimos paso hasta la barra. Goyito está detrás, moviéndose sin parar. Levanta la mirada, pero no me reconoce. Nunca lo hace y no le juzgo.
—Goyitooo —le llamo apoyándome en la barra—. ¿Qué tal todo? ¿Te acuerdas de mí? Indira. La chica de Madrid que pinta —le pregunto con una emoción que desborda por todos los poros de mi cuerpo mientras sus expresiones faciales pasan de “quién es esta loca” a “ahhhh sí”.
—¿Qué tal estás, hija? —dice—. ¿Has venido sola esta vez?
La pregunta me devuelve a la vida por un segundo. Él no me conoce sola, me conoce acompañada. Respiro.
—No —contesto con una sonrisa—. He venido mejor acompañada.
Me aparto un poco para que vea a Leone.
—Él es Leone, un… —me quedo en blanco un instante. No sé con qué palabra debería de presentarle.
—Amigo —dice él, tendiéndole la mano—. Un amigo —repite sonriéndome a mí.
Goyito le estrecha la mano con firmeza. Luego me mira a mí y me guiña un ojo, como si hubiera entendido todo.
Pido lo de siempre. Alitas, croquetas y patatas bravas para llevar.
Mientras preparan la cena salimos a la calle. Saco un cigarro y él hace lo mismo, como siempre el humo siendo nuestra compañía.
—Oye, gracias por enseñarme esta parte de tu vida —dice Leone mientras su mano sube despacio hasta mi nuca y la acaricia con los dedos abiertos. Un gesto que me deja sin aire—. Siento como si estuviera conociendo a tu familia.
—Me hace muy feliz estar aquí contigo —admito.
Doy una calada a mi cigarro, pero la humedad lo ha apagado.
—Déjame el mechero —le pido a Leone haciendo un gesto con la mano como si estuviese encendiendo un mechero invisible.
Él rebusca en el bolsillo y, en vez de dármelo, se coloca delante de mí para tapar el viento. Está tan cerca que apenas hay espacio entre nuestros cuerpos. Sujeta el mechero con una mano y acerca la llama a la punta de mi cigarro.
Inhalo despacio.
Levanto la mirada y me lo encuentro mirándome.
Sus ojos bajan hasta mi boca cuando suelto el humo.
No aparta los ojos en ningún momento y siento como el calor vuelve, una vez más, a concentrarse bajo mi ombligo.
El ruido de dentro queda lejos. Solo el mar al fondo, las voces amortiguadas y su respiración frente a la mía.
Estoy a punto de decir algo que rompa el momento cuando de repente
—¡INDIRAAA!
Pegamos un pequeño salto los dos. Me echo a reír, todavía con el cigarro entre los dedos.
—Ya está —murmuro.
Goyito nos hace un gesto desde la puerta con la bolsa en la mano. Leone sonríe, todavía cerca, y yo doy una última calada antes de entrar.