Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO TREINTA Y TRES
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES

TAKE ME HOME, COUNTRY ROADS – JOHN DENVER

Al principio no sé dónde estoy. Siento sus dedos apartándome el pelo con cuidado, rozándome la sien, y abro los ojos despacio, todavía dentro del sueño.

—Indi —dice en voz baja—. Mira.

Tardo un segundo en enfocar. Parpadeo. Y entonces lo veo.

El mar. Está delante de mí, enorme, extendido como si no tuviera fin.

El mar de Mundaka en agosto es totalmente distinto.

La luz del sol se derrite sobre la superficie, salpicando de destellos dorados las olas que llegan suaves, juguetonas, a la arena húmeda.

Los barcos se mecen con una cadencia pausada, y el viento trae un murmullo constante.

Me incorporo de golpe, todavía medio dormida.

—¿Ya hemos llegado?

Sonríe, apoyado en el asiento, con un brazo descansando sobre el volante.

—Hace cinco minutos.

Miro el reloj del coche. No recuerdo el último tramo del viaje. Me estiro un poco y noto el cuello rígido por la postura. Me llevo la mano a la cara y entonces me doy cuenta de que él sigue mirándome.

—¿Qué? —pregunto.

Niega con la cabeza sonriendo, como si no fuera nada, pero no aparta los ojos.

Bajo la ventanilla y el aire salado entra de golpe.

Respiro hondo exagerando el gesto. Huele a algas, a madera mojada, a mi hogar.

Hay olores que tienen muy mala leche porque tú puedes pasarte meses convencida de que has pasado página, pero llega uno de ellos, aparece sin avisar y, de repente, te desmonta el discurso entero.

Salgo del coche. La grava cruje bajo las zapatillas y el sonido del mar lo ocupa todo. Siempre he pensado que el silencio tiene una forma. Ahora sé que también puede sonar como las olas.

No había vuelto desde que lo dejamos porque para mí todo dejó de tener sentido. O, mejor dicho, porque que yo decidí fingir que este lugar no existía. Era más fácil así. No mirar fotos. No hablar de él. No volver.

Spoiler: esconder las cosas no hace que desaparezcan.

Camino unos pasos hasta el borde del mirador. El puerto pequeño se ve a la derecha, las casas rodeando el mar. Me llevo las manos a los bolsillos para no cruzarlas sobre el pecho.

No duele como pensaba. Siempre me he imaginado que volver aquí sería muchísimo, no, muchísisimo más dramático de lo que lo está siendo.

—¿Te arrepientes? —pregunta Leone colocándose a mi lado.

—No —niego con la cabeza mientras le miro.

Y es verdad, no me arrepiento en absoluto.

Vuelvo a mirar el mar. Hay un chico bajando con una tabla de surf bajo el brazo. Un perro corre por la arena. Todo sigue igual, menos yo. Me apoyo en la barandilla. El hierro está frío.

—Siento que sigo dormida —le digo.

—Es precioso.

Le observo de reojo. Lleva una camiseta blanca que el viento le pega al torso. El pelo le cae sobre la frente y se lo aparta con un gesto rápido.

—Entiendo porque era tan importante para ti, esto es alucinante.

Lo fue. Lo es. Me giro hacia él.

—Lo era con él y ahora lo es contigo —confieso.

Me doy cuenta de que estoy más cerca de lo que pensaba. No sé en qué momento he reducido la distancia. Su mano está apoyada en la barandilla, a pocos centímetros de la mía.

—¿En qué piensas? —me pregunta.

—En que no quiero que este sitio vuelva a ser un fantasma.

—Eso solo depende de ti.

Respiro otra vez. El viento me seca los ojos sin que me haya dado cuenta de que estaban húmedos. Me río un poco.

—Qué cliché —digo—. Volver al sitio que tanto significaba para mi ex y para mí con otro hombre.

—Si quieres me voy —bromea fingiendo que se va.

Le doy un pequeño empujón en el brazo.

—Ni se te ocurra.

Me imagino caminando por estas calles sin que me persigan recuerdos que no me pertenecen ya y me doy cuenta de que el miedo que tenía no era al lugar, era a mí misma.

A no saber manejar lo que siento, a compararlo todo, a que cualquier cosa bonita viniera con una sombra detrás pero ahora mismo, con el viento en la cara y el mar delante, no hay sombra.

Leone se coloca a mi lado del todo, hombro con hombro.

—Vamos —dice al cabo de un rato—. Te voy a enseñar la casa.

Me giro hacia él.

—¿Es tan bonita como la pintas?

—Más.

La carretera se va haciendo cada vez más estrecha a medida que bajamos. A un lado, árboles. Al otro, más árboles. Parece que estamos atravesando un túnel de verde hasta que, de repente, aparece y yo me quedo completamente muda. Porque eso no es una casa, eso es un señor casoplón.

—Leone… —es lo único que me sale.

Él apaga el motor y me mira, esperando mi reacción como si le fuera la vida en ello.

La fachada blanca parece sacada de una revista de esas que miras sabiendo que jamás vas a poder permitirte nada de lo que sale.

Los ventanales enormes reflejan el mar y el jardín...

madre mía, el jardín. Hay una mesa de madera bajo una pérgola.

Y, unos metros más allá, el terreno se corta en un acantilado que cae directo al agua.

—Mi Indira no se merecía menos para su cumpleaños, en Mundaka pero no de cualquier manera —me guiña el ojo.

“MI” Indira.

Salgo del coche y camino por el sendero de piedra hasta la entrada. La puerta es alta, de madera oscura. Cuando la abre, entra luz por todos lados.

El recibidor da directamente a un salón enorme con techos altos y vigas vistas. Ventanales de pared a pared. El mar no es una vista, el mar lo ocupa absolutamente todo. Hay sofás grandes, una chimenea, una mesa baja llena de libros de fotografía y surf.

—¿Cuántas habitaciones hay? —pregunto sin mirarlo.

—Cinco.

Me giro.

—¿CINCO?

Asiente, divertido por mi cara.

La cocina es abierta con una isla en el centro.

Desde el fregadero se ve el mar. Subo una escalera ancha que lleva a la planta de arriba y me encuentro con pasillos largos que tienen puertas a ambos lados.

Entro en la primera habitación. Cama enorme.

Ventanal. Terraza privada. La segunda es más pequeña, pero con balcón.

La tercera tiene una bañera junto a la ventana.

Me echo a reír, nerviosa.

—¿Qué es esto?

—Un retiro —responde él desde el marco de la puerta—. Te dije que no tendríamos que cruzarnos si no querías.

«Esto debe de haberle costado una pasta».

Vuelvo a bajar. Salgo al jardín. Me acerco al borde. El sonido del mar es más fuerte desde aquí. Me apoyo en la barandilla y respiro hondo.

Leone se coloca a mi lado, admirando nuestro alrededor para los próximos seis días.

—Si quieres estar sola en algún momento, solo tienes que decírmelo —me informa.

Le miro.

—No he venido porque quiera estar sola —le respondo.

Entro otra vez en la casa y camino por el salón descalza. El suelo está frío. Me acerco al ventanal y lo abro del todo. El aire entra fuerte, moviendo las cortinas.

Me imagino aquí por la mañana con el café en esa mesa del jardín.

Él escribiendo en algún rincón. Yo pintando en el suelo del salón.

Cada uno en su mundo, pero dentro del mismo espacio y la idea de que eso se posible hace que me replantee tantas cosas en un solo segundo.

La idea de compartir un lugar así, en un sitio como este con él.

Subo otra vez las escaleras y elijo una habitación al azar. Dejo la mochila sobre la cama. Abro el armario y vacío una parte. Cuando vuelvo a bajar lo encuentro en la cocina, apoyado en la isla, buscando el paquete de tabaco en todos los bolsillos de su bolsa de viaje.

—¿Te gusta? —pregunta mientras rebusca como loco.

Me acerco a él.

—Es demasiado.

—¿Demasiado para mal?

—Demasiado bonito.

Nos quedamos mirándonos y el mar entra por las ventanas como un tercero en la conversación.

—Gracias —digo al final.

Le miro sabiendo que ha recordado cada cosa que le dije sobre Mundaka hace meses. Que ha cogido eso y lo ha convertido en esto. Salgo al jardín otra vez. Me siento en la hierba. Apoyo las manos detrás de mí y cierro los ojos un momento. El sol me baña la cara.

Leone sale y se sienta a mi lado ofreciéndome un cigarro.

El verano empieza aquí, aunque sea dos de agosto.