CAPÍTULO TREINTA Y DOS ಄
LOOK AFTER YOU – THE FRAY
Salimos de Madrid antes de que el calor se haga insoportable y convierta la ciudad en una plancha.
Indira baja con una mochila más grande que ella y unas gafas de sol enormes que le cubren media cara.
Lleva una camiseta ceñida con un ribete de encaje, vaqueros cortos y zapatillas negras un poco gastadas, va con el pelo suelto y huele a crema solar.
Se sube al coche y me mira como si no acabara de creérselo.
—¡Nos vamos! —exclama y en su cara se puede ver la emoción.
Arranco y solo se escucha el sonido del motor y de la radio buscando señal hasta que conecto el móvil.
Los primeros kilómetros se me hacen eternos, todavía con la ciudad alrededor.
Ella baja la ventanilla y saca la mano al aire, sonríe sin mirarme y yo la miro demasiado.
En cuanto dejamos atrás los edificios y la carretera aparece su cuerpo empieza a cambiar.
Se quita las gafas, recoge el pelo en un moño deshecho, se gira hacia mí con las piernas dobladas sobre el asiento.
—Pon música buena —me ordena.
Pongo una lista de reproducción cualquiera de canciones que conocemos los dos, canciones del Canto del Loco, Pereza, Melendi y un largo etcétera.
Canta, golpea el salpicadero con los dedos, se inventa los coros cuando no se sabe la letra.
La veo reírse de sí misma cuando se equivoca y yo me sumo a este concierto.
En cuatro días cumple años. Lo pienso mientras la observo mover los labios exagerando las palabras.
Hace un año estaba rota por dentro y yo ni siquiera formaba parte de su vida.
Ahora está aquí, con el viento despeinándola, el sol entrando a ráfagas por la ventanilla, cantando como si el verano, y el mundo, fuese suyo. Me cuesta apartar la vista de ella.
—Mira la carretera —dice sin dejar de cantar.
Sonrío y obedezco.
Paramos en una gasolinera antes de Burgos.
Ella se baja primero y estira los brazos hacia el cielo girando sobre sí misma como si estuviera en mitad de una película americana.
Me acerco con dos cafés y se apoya en el capó para beber el suyo.
Al beber se le queda una mancha de espuma en el labio superior y no se me ocurre mejor idea que limpiársela con el pulgar.
Se queda quieta intentando asimilar lo cliché que ha sido ese momento. Tierra trágame.
Volvemos al coche y la carretera hacia el norte se vuelve más verde y con más curvas. Indira apoya la cabeza en el reposa cabezas y cierra los ojos un momento. Empieza a tararear bajito. Le subo el volumen cuando empieza una canción que nos encanta.
Los primeros acordes de Look After You de The Fray llenan el coche.
Nos miramos a la vez.
—No —dice riéndose—. Esta no.
Empieza a cantar susurrando. Yo la sigo.
Will you, won't you be the one I'll always know?
Ella me mira en esa frase como si quisiera comprobar si entiendo lo que estamos cantando. El paisaje pasa detrás de su hombro, verde y envolvente, pero yo solo veo sus ojos.
You're the only one who knows, you slow it down
Tiene las manos apoyadas en los muslos. Las aprieta sin darse cuenta. Nos miramos más de lo que la carretera permite. Vuelvo la vista al frente, pero ahora la noto observándome.
I'll look after you
Cantamos esa frase juntos. Exactamente al mismo tiempo.
Nos quedamos en silencio cuando termina la canción hasta que Indira se inclina hacia la radio y baja el volumen.
—Cantamos fatal —dice mirándome con una sonrisa.
—Pero fatal —contesto sin mirarla.
Vuelve a mirar por la ventanilla, pero ya no canta, se queda pensativa, con el mentón apoyado en la mano. Se recoloca un poco, gira el cuerpo hacia el cristal y cierra los ojos. Al principio sigue moviendo los labios, como si la canción continuara dentro. Después se queda quieta.
No tarda en dormirse. Lo sé por la forma en que la cabeza se le vence ligeramente hacia un lado. El pie descalzo resbala un poco y queda apoyado contra el asiento. Tiene la boca entreabierta y un mechón de pelo le cruza la mejilla.
Bajo un poco la música hasta dejarla en un murmullo.
No quiero despertarla. Hasta dormida me parece la mujer más bonita del mundo y eso hace temblar cada parte de mi alma.
El sol entra a ráfagas y le ilumina la piel.
Cada vez que la luz le da en la cara, frunce un poco el ceño y entrecierra los ojos, pero no se despierta.
Siento demasiada gratitud por esta escena, por ella dormida a mi lado confiando lo suficiente como para cerrar los ojos, por todo lo que esto significa.
¿Cómo sería repetir esto muchas veces? Viajar juntos, cantar en el coche, tener la ilusión de compartir tiempo de esta vida juntos en cualquier lugar del mundo.
En despertarme un domingo y verla descalza por casa.
En acompañarla cuando se cierre sobre sí misma y en que me acompañe ella cuando me bloquee.
La miro otra vez.
Tiene la mano apoyada sobre su propia rodilla, los dedos relajados. Me entran ganas de entrelazar los míos con los suyos.
Agradezco en silencio la coincidencia, al azar, al momento exacto en que nuestras historias se cruzaron, a haber estado disponible, dentro de lo que cabe, cuando ella apareció, o al menos, no haber cerrado la puerta antes de tiempo.
La carretera cada vez es más verde. Bajo un poco la ventanilla para dejar entrar el olor a humedad y a mar. Indira se mueve, suspira, pero sigue durmiendo.
Sonrío.
No necesito nada más ahora mismo.
Solo llegar y que, cuando abra los ojos, el mar esté delante.