Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO VEINTINUEVE
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CAPÍTULO VEINTINUEVE

TOO GOOD AT GOODBYES – SAM SMITH

Sabes que es verano en Madrid cuando al respirar el aire te quema por dentro.

Llevo todo el día metida en casa, con el ventilador dándolo todo y yo tirada en la cama en posición de estrella de mar, incapaz de hacer otra cosa que no sea darle vueltas a la cabeza y pasar calor.

Así que, antes de seguir derritiéndome entre esas cuatro paredes, decido salir a dar un paseo, a ver si así el calor consigue achicharrar también a mis pensamientos.

A finales de julio la ciudad se vuelve un desierto, la gente de Madrid con un sueldo decente desaparece rumbo a la playa, al pueblo o a cualquier sitio donde no haga cuarenta grados a la sombra.

Los demás nos quedamos aquí. Los que seguimos fichando cada mañana por un sueldo que apenas nos da para vivir y los cuatro turistas de turno que todavía no saben que reservar un viaje a Madrid en estas fechas ha sido, probablemente, la peor decisión del año.

Las persianas están medio bajadas, los ventiladores de las terrazas giran con una fe que ya quisiera yo para algunas cosas y el asfalto desprende tanto calor que parece que vaya a derretirse de un momento a otro.

Me recojo el pelo en un moño mal hecho y noto la nuca completamente húmeda. El vestido se me pega a la espalda y, aunque intento concentrarme en cualquier otra cosa, mi cabeza vuelve siempre al mismo sitio.

Se acerca mi cumpleaños y, dos días antes...

La fecha.

Ha pasado un año.

Un año entero.

Es raro, porque no siento nostalgia, ni siquiera esperanza. Siento como si el tiempo hubiera avanzado para todo el mundo, también para mí, pero hubiera una parte de mí que se quedó exactamente dónde estaba, todo ha cambiado y, al mismo tiempo, hay algo dentro de mí que sigue atrapado en aquel día.

He hecho cosas, he salido, he conocido a Leone, he aprendido a estar cómoda en la soledad, he crecido. No soy la misma que hace un año.

Recuerdo ese día, cuando apareció por sorpresa en mi casa.

La seguridad con la que me hablaba mientras yo estaba sentada en el borde de mi cama, mirándome las rodillas como si ahí estuviera escrita la respuesta correcta.

No lloré mientras hablábamos ni le supliqué.

Luego se fue y el mundo siguió exactamente igual.

Me pregunto cuándo voy a dejar de ser tan pesada con algo que se supone que debería haber superado. Lo siento como una cicatriz que ya no sangra pero que notas cuando cambia el tiempo.

¿Se supone que a los doce meses debería estar superado?

No quiero volver con él. O, al menos, no creo que sea eso lo que quiero.

No estoy deseando volver a una versión de mi vida que ya no existe ni hacer como si todo pudiera volver a ser lo mismo.

Pero tampoco quiero que un día todo lo que fuimos desaparezca sin dejar rastro.

Y eso me da miedo. Pensar que llegará un momento en el que Jairo sea solo un nombre más.

Que piense en él y no me genere nada por dentro.

Ni un poco de rabia, ni cariño, ni la necesidad de preguntarme qué habrá sido de él.

Nada.

Y no sé qué prefiero. Si seguir sintiendo o dejar de sentir por completo.

¿Eso sería sanar o sería traicionarme?

Dentro de poco se cumplirá un año desde que me dejó. Doce meses desde que entendí que el amor no siempre se rompe por una gran catástrofe. A veces se va desgastando poco a poco, entre conversaciones que no llegan, cosas que se dejan pasar y decisiones que nadie quiere tomar.

Durante mucho tiempo no dejé de preguntarme qué había hecho mal.

Le di tantas vueltas que habría podido escribir un manual sobre culpabilizarse a una misma.

Pero, con el tiempo, la pregunta cambió.

Ya no es qué hice mal. Ahora me pregunto qué parte de mí estaba tan empeñada en que aquello funcionara que fue capaz de conformarse con menos de lo que necesitaba.

Llego al Retiro y me siento en un banco a la sombra. Aquí al menos corre un poco de aire. Cierro los ojos y me repito el mantra que me dijo mi terapeuta hace unos meses:

Puedo querer a alguien y, aun así, no querer volver a esa historia, puedo estar construyendo algo nuevo sin borrar lo anterior.

No es una competición entre Jairo y Leone.

Este último año no ha sido una línea recta, ni de lejos. Ha sido más bien un camino lleno de curvas. Dos pasos hacia delante y, de repente, uno hacia atrás.

Con días en los que me siento fuerte y otros en los que vuelvo a tener veinte años y miedo.