CAPÍTULO TREINTA
FOR CRYIN´ OUT LOUD! - FINNEAS
Nuestro pequeño piso lleva oliendo a carbón y a carne a la brasa desde media tarde. Pamela ha abierto todas las ventanas en un intento desesperado de ventilar, pero el humo parece haber decidido que se muda con nosotras.
Martina va de un lado a otro con las pinzas de la barbacoa en la mano.
No deja que nadie se acerque a la parrilla porque, según ella, "hay demasiados cocineros para tan poca carne".
Así que me limito a hacer de camarera, entro y salgo de la cocina con platos, pan, servilletas y cualquier cosa que vaya haciendo falta.
Cuando llaman al timbre, me encuentro a Leone apoyado en la pared del rellano con una bolsa de hielo en una mano y una sonrisa tranquila en la cara, la sonrisa que siempre me tiene guardada.
Lleva una camiseta blanca con las mangas remangadas, unos vaqueros cortos oscuros y el pelo un poco más corto que la última vez que nos vimos.
—Creo que voy a llamar a los bomberos —dice al ver la que tenemos liada.
—Yo lo he pensado varias veces.
Nos reímos. Me besa en la mejilla y su mano se posa mi cintura, una vez más, ya es costumbre. No me aparto, también es costumbre.
La cena es una carcajada constante. Pamela decide que abrir botellas con un abridor es de cobardes y se marca el espectáculo de hacerlo con los dientes, según ella es su don.
Martina lleva diez minutos intentando convencernos de que pongamos una playlist "que nos va a cambiar la vida".
La pone y nadie le hace caso porque estamos demasiado ocupados hablando todos a la vez.
Se ofende durante exactamente treinta segundos y luego vuelve a meterse en otra conversación como si nada.
Leone se integra sin esfuerzo, habla de la gira que empieza en septiembre, de un texto que tiene que entregar antes de irse.
Lo escucho mientras mastico, observando cómo mueve las manos cuando explica algo.
Su concentración, su forma de comer, su forma de estar me calma.
Me mira de vez en cuando con una sonrisa en los labios, como comprobando que estoy bien.
Cuando terminamos de cenar y recoger lo justo para que la cocina no parezca una zona catastrófica, salimos al balcón. El calor ya no asfixia y corre un poco más de aire. Pamela y Martina se quedan dentro, es lo que tiene no ser fumadoras, que en verano no pasas calor y en invierno no pasas frío.
—Tengo algo para ti —susurra Leone mientras me acaricia el antebrazo.
Mete la mano en el bolsillo trasero del pantalón y saca un sobre blanco que lleva mi nombre escrito con su letra, inclinada hacia la derecha.
Se me seca la boca.
—Ábrelo luego si quieres —añade—. O ahora.
Sí, claro, como si fuera capaz de esperar. Rompo el sobre con poco cuidado. Dentro hay una carta doblada y un par de hojas impresas. Lo primero que veo es la palabra Mundaka. Levanto la cabeza de golpe.
Él me mira expectante.
—Necesito irme unos días —dice—. Antes de la gira. Necesito al mar, silencio. Tengo que terminar un texto que llevo semanas intentando escribir y en Madrid no hay manera de que me concentre.
Asiento, todavía procesando.
—Había pensado en ir a Mundaka, por lo que contaste aquella vez.
Recuerdo perfectamente esa conversación, pero no pensé que él la tuviera archivada.
—He alquilado una casa —continúa—. Con vistas al mar. Es grande. Lo suficiente como para que, si necesitas espacio, lo tengas. No quiero que sientas que esto te obliga a nada. No es… —se detiene un segundo—. No es para incomodarte.
Bajo la mirada a la carta y leo frases sueltas.
“Quiero escribir por las mañanas y que el resto del día sea libre.”
“Si un día no quieres hablar, no hablamos.”
“Si prefieres caminar sola, caminas sola.”
“Si prefieres que estemos juntos, estoy.”
Trago saliva. Vuelvo a mirarle, está muy nervioso.
—En realidad pensaba irme yo solo a cualquier sitio donde hubiera mar —dice, encogiéndose un poco de hombros—. Pero me acordé de ti. Y pensé que, si te apetecía, podíamos compartir el viaje. Aunque cada uno tuviera su espacio. Como si, de alguna manera, también estuvieras haciendo el viaje sola.
Lo dice como si necesitase justificarse, como si ofrecer eso fuera a resultar incómodo para mí. Estoy inmóvil. Siento una presión en el pecho que no es ni de lejos ansiedad.
—No quiero que pienses que te estoy metiendo en mi retiro creativo —continúa enseguida—. Ni que sientas que tienes que venir por compromiso. Si prefieres quedarte aquí, lo entenderé. De verdad.
Levanto la cabeza. Él está un poco tenso. Lo noto en la forma en que aprieta la mandíbula. Se está exponiendo y lo sabe, pero yo sigo en shock.
Mundaka.
El mar.
—Tú… —empiezo y me quedo sin saber cómo seguir porque no sé unir dos palabras para hacer una frase ahora mismo—. ¿Has hecho esto por mí?
Niega con una sonrisa.
—Lo he hecho porque yo también lo necesito. Pero... quería que estuvieras allí si creías que podía hacerte bien.
Ya está. Ahí termina toda mi capacidad de hacerme la fuerte. Porque no me está pidiendo que le arregle la vida. No me está utilizando como excusa para irse. No está convirtiendo el viaje en una prueba ni esperando una respuesta. Simplemente... Me ha hecho un hueco. Está incluyéndome.
Me lanzo a sus brazos, literalmente. El sobre cae al suelo del balcón y yo me agarro a su cuello como si necesitara comprobar que esto está pasando de verdad. Él tarda medio segundo en reaccionar y luego me abraza con la misma fuerza.
—Gracias —le digo, con la voz rota—. Gracias.
No sé cuántas veces le doy las gracias. Tres, cinco, ¿diez? Sólo sé que no puedo parar de repetirlo Me separo un segundo para mirarlo mientras sus manos me abrazan fuerte.
—No sabes lo que significa esto para mí.
Él sonríe y a mí me duele la mandíbula de tanto sonreír. Apoyo la frente en su clavícula y cierro los ojos. Pienso en lo distinto que es esto a todo lo que he vivido antes. En lo fácil que sería desconfiar, en lo tentador que resulta buscar la trampa, la letra pequeña.
Desde dentro se oye a Pamela gritar:
—¿Os estáis declarando o qué?
Me río contra su cuello. Nos separamos, pero su mano no abandona mi cintura. Recojo el sobre del suelo y lo aprieto contra el pecho.
—Si quiero, si quieroooo —le digo bromeando después del comentario que ha soltado mi amiga.
Él asiente, y nos reímos juntos.
—Menos mal.
—Ah, ¿sí?
—Porque ya estaba ensayando un discurso por si me rechazabas.
Suelto una carcajada.
—Mentiroso.
Entramos de nuevo al salón y Martina nos mira con sospecha.
—¿Qué tramáis? —pregunta entrecerrando los ojos.
Yo todavía no encuentro palabras exactas. Mientras Pamela vuelve a llenar los vasos, pienso que quizá cumplir años no sea sumar tiempo, sino reconocer quién se queda cuando no estás segura de nada.