Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO VEINTIOCHO
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CAPÍTULO VEINTIOCHO

WOULD´VE BEEN YOU - SOMbr

Hoy sería nuestro aniversario. Y no, no tenía pensado acordarme.

O eso pretendía, pero hay días que tu cabeza va por un lado y tu cuerpo, que es un poco traidor, va por otro.

Abro los ojos y noto ese "algo". Ese runrún que no tiene nombre, pero que ya me está fastidiando el día antes incluso de poner un pie en el suelo.

Así que decido hacer lo que mejor se me da: fingir demencia. Me levanto. Me ducho. Me visto. Me preparo el café. Todo muy normal. Muy "soy una persona adulta que tiene la vida bajo control".

Ja.

Intento no ponerle nombre a esa incomodidad que llevo pegada al pecho desde que he abierto los ojos, pero hay cosas que, por mucho que ignores, siguen sentadas en el sofá de tu cabeza esperándote. Y esta... esta es una de ellas.

Mientras me desenredo el pelo, me vienen recuerdos, unos detrás de otros.

Las cenas divertidas. La cabaña. La música sonando de fondo.

Nosotros haciendo planes como si el futuro fuera una garantía y no una posibilidad.

Qué fácil era creer entonces que todo iba a salir bien.

Sacudo la cabeza, literalmente, como si así pudiera echar también el recuerdo.

El resto del día me lo paso jugando al despiste.

Trabajo un rato desde casa, adelantando el papeleo de los pedidos de la tienda.

Contesto mensajes. Bajo a comprar un par de cosas que, siendo sincera, podrían haber esperado perfectamente a mañana, o a la semana que viene.

Ordeno la habitación. Pongo la música tan alta que casi consigo convencerme de que no estoy pensando.

Casi. Intento pintar un rato. No hay manera.

Empiezo un dibujo, lo dejo. Luego otro. Y otro más.

Mi concentración ha decidido cogerse el día libre.

Cuando miro el reloj ya es media tarde y estoy agotada.

Lo curioso es que no siento que haya hecho absolutamente nada.

Bueno, sí. Pensar. Eso sí que se me da de maravilla.

Cojo el móvil. Lo desbloqueo. Lo vuelvo a bloquear.

Cinco minutos después, repito la operación.

Como si en ese intervalo el universo hubiera decidido sorprenderme.

No hay ningún mensaje suyo. Y lo peor no es eso.

Lo peor es que, en algún rincón ridículo de mi cabeza, sigo esperando que aparezca uno.

Aunque sea un "¿te acuerdas de qué día es hoy?"

. Sé que no debería. Lo sé perfectamente, pero hay una parte de mí que todavía piensa que, a lo mejor, él también ha mirado el calendario esta mañana y ha sentido ese pequeño pellizco.

Y entonces me enfado conmigo porque ya debería haber dejado de esperar cosas de alguien que hace tiempo dejó de prometerlas.

Al caer la noche, Pamela y Martina están tiradas en el sofá.

Han pedido comida y han puesto una serie que lleva diez minutos sonando, pero ninguna hace caso.

Me dejo caer a su lado con una cerveza en la mano y durante un rato hago lo que llevo haciendo todo el día: interpretar el papel de "estoy perfectamente".

Hasta que no puedo más y se me quiebra la voz en mitad de una frase absurda sobre el trabajo. Intento seguir, pero no puedo.

Las dos me miran con preocupación.

—Hoy era… —empiezo, y ellas asienten, dejando que no termine una frase que iba a acabar con la poca fuerza que me queda.

Pamela baja el volumen de la tele. Martina se acerca un poco más a mí. No dicen "¿qué ha pasado?" ni "¿estás bien?", porque las tres sabemos que la respuesta es bastante evidente. Simplemente esperan a que pueda seguir.

—¿Cuándo va a dejar de doler? —pregunto, y al hacerlo siento que vuelvo a tener quince años y el mundo acabara de demostrarme, por primera vez, que también sabe romperte el corazón.

Lloro cansada. Me limpio la cara con la manga. Me siento ridícula y vulnerable a la vez.

—Pensaba que estaba mejor —confieso—. De verdad lo pensaba, chicas.

Martina me coge la mano.

—Estar mejor no significa que no siga doliendo, bebé —dice tranquila.

Niego con la cabeza.

—Es que hoy… hoy ha vuelto todo de golpe. Como si estos meses no hubieran servido para nada. Yo quería que fuera un día normal. Os lo prometo. Lo he intentado de verdad —respiro hondo antes de seguir —encima fui a la bruja.

Pamela levanta las cejas.

—¿Y qué te dijo?

Nunca les cuento todo lo que me dice. Siempre hago una versión resumida, la socialmente aceptable. Porque ellas escuchan, nunca juzgan, pero tampoco son precisamente del club de las energías, las vidas pasadas y el universo mandando señales.

—Me dijo que Jairo y yo... —empiezo en un murmullo— venimos de otras vidas. Que somos... twin flames.

Pamela frunce el ceño.

—¿Eso qué es? ¿Como llamas gemelas, pero en inglés para cobrarte más?

La miro y resoplo una risa.

—Más o menos.

—Déjala hablar —interviene Martina, dándole un pequeño codazo.

Vuelvo a mirar mis manos.

—Dice que hay un vínculo que no se rompe fácilmente. Que por mucho que nos alejemos... sigue existiendo. Que puede haber un reencuentro.

Las dos guardan silencio.

—Pero también dijo que sería muy duro. Que podríamos llegar a tener una relación estable... pero solo con muchísimo trabajo por parte de los dos.

Lo resumo porque explicarlo entero me sigue sonando raro hasta a mí.

—¿Y tú qué quieres? —pregunta Martina.

Esa es la pregunta que no sé contestar.

—No lo sé —me seco la cara—. Hay una parte de mí que sigue convencida de que él es el amor de mi vida y que siempre va a ser él porque nadie va a ser capaz de ocupar ese sitio —decirlo en voz alta duele tanto—.

Pero también pienso… —trago saliva— que yo también hice cosas mal, no fui fácil.

Había días en los que necesitaba que me demostrara tanto que acabé ahogándolo.

Y... no sé... a veces pienso que también lo empujé a irse.

Pamela niega con la cabeza.

—No, cariño. Una relación nunca se rompe por culpa de una sola persona.

Pero tampoco puedes reescribir el final para convertirte tú en la villana —coge aire antes de seguir—.

Porque una cosa es reconocer tus errores y otra muy distinta olvidar cómo terminó todo.

Él dejó de tratarte bien. Y, perdona que te lo recuerde, pero a las pocas semanas ya estaba con la chica que llevaba meses siendo motivo de discusión entre vosotros.

Me paso una mano por la cara.

—Ya, pero vosotras no le conocíais como yo. No sabéis cómo me miraba. Cómo me cuidaba cuando estaba mal. Yo sí lo sé —noto como se me vuelve a cerrar la garganta —. Yo sí conocí a esa versión de Jairo... Y si algún día vuelve... —murmuro—, ¿qué hago con todo lo demás?

No quiero decir el nombre de Leone, pero Martina lo hace por mí.

—¿Qué pasa con Leone?

Bajo la mirada.

—Leone es… importante. Mucho y me siento tranquila con él, cuidada, vista, pero… no es lo mismo —decirlo en voz alta me hace darme cuenta de que no estoy preparada.

—¿No es lo mismo o... no es lo mismo todavía? —pregunta Pamela haciendo hincapié en la última palabra.

Lo cierto es que no tengo la respuesta porque lo que siento por Leone no me tiene en una constante montaña rusa y a veces me pregunto si estoy tan acostumbrada a la intensidad que solo reconozco el amor cuando quema.

—Tengo miedo de estar usando a Leone como transición —confieso—. Aunque no haya pasado nada. Tengo miedo de que si Jairo vuelve yo salga corriendo.

—¿Tú volverías? —pregunta Martina.

La respuesta me da vergüenza porque después de todo lo que he llorado. Después de todo lo que me ha costado volver a ponerme en pie. Después de prometerme mil veces que nunca permitiría que alguien volviera a afectarme así...

La respuesta sigue siendo la misma.

—Creo que sí —lo digo bajito, muy bajito— eso es lo que me asusta. Que después de todo, si él llama, yo vaya.

Pamela suspira.

—Eso no significa que tengas que hacerlo.

—Pero significa que quiero.

Ya no es solo que le eche de menos. Es todo lo que construimos. Todo lo que imaginé con él. La costumbre de pensarlo cuando me pasaba algo bueno. La sensación de que había encontrado a la persona con la que quería envejecer.

¿Cómo se entierra un futuro que ya habías vivido mil veces en tu cabeza?

Me inclino hacia delante y apoyo los codos sobre las rodillas.

—No quiero convertirme en esa chica que siempre vuelve con su ex. La que rompe el ciclo durante dos meses y luego, en cuanto él aparece con dos mensajes bonitos, se olvida de todo.

—Entonces no lo seas —dice Martina.

Ojalá fuera tan fácil.

—¿Y si el problema soy yo? —pregunto—. ¿Y si siempre necesito intensidad? ¿Y si no sé querer de otra manera?

Pamela me mira con una tranquilidad que me irrita y me tranquiliza a la vez.

—¿Y si resulta que no?

Frunzo el ceño.

—¿Y si simplemente estás aprendiendo que querer bien se parece menos a una montaña rusa y más a llegar a casa?

Una parte de mí quiere creerla. Y otra sigue convencida de que el amor, para ser amor de verdad, tiene que doler un poco, o demasiado.

Me seco la cara otra vez.

—No quiero perder a Leone —digo al fin—. Pase lo que pase... es muy importante para mí.

—Entonces cuídalo —responde Martina—. Pero no por miedo a hacerle daño. Ni por sentirte culpable. Cuídalo porque de verdad quieres que esté en tu vida. Hay una diferencia enorme.

Asiento.

Estoy cansada. Emocionalmente agotada de darle vueltas a las mismas preguntas, esperando que por arte de magia aparezcan las respuestas

Me levanto para ir al baño y mirarme al espejo.

Tengo los ojos hinchados y la cara roja.

No soy la misma de hace un año, pero tampoco soy la mujer que me gustaría.

Respiro hondo, me echo un poco de agua en la cara y vuelvo al salón, me siento entre ellas y apoyo la cabeza en el hombro de Pamela.

No tengo respuestas, solo preguntas y un dolor que insiste en quedarse

A lo mejor la clave está en aprender a convivir con él sin que me dirija la vida, pero esta noche, en un aniversario que ya no existe, lo único que sé es que sigo queriendo a alguien que ya no está y solo quiero que deje de doler.

Esa noche me meto en la cama completamente vacía.

Ya no me quedan lágrimas. Ni energía. Ni ganas de seguir dándole vueltas a la cabeza.

Apago la luz. Cojo el móvil sabiendo que no debería mirarlo, pero lo hago.

Abro Instagram. Había subido una historia por la tarde.

Una frase de un libro sobre el tiempo y lo que no vuelve.

No iba para nadie. O eso diré si me preguntan.

Entro en la lista de personas que la han visto. Y ahí está. Su nombre. Jairo.

No nos seguimos, no debería poder verla tan fácil. Eso significa que ha entrado en mi perfil, que me ha buscado y que ha ido a ver si había subido algo. Me incorporo en la cama. Mi corazón vuelve a pensar que está en medio de una maratón.

Primero me desbloquea de WhatsApp y ahora esto. No creo en las casualidades y nunca lo he hecho y mucho menos un día como hoy. Quizá quería saber qué hacía, con quién estaba, si había celebrado algo, si estaba triste. Quizá quería comprobar si sigo aquí.

Me quedo mirando su nombre en la pantalla como si fuera a desaparecer. Apoyo la espalda en el cabecero.

¿Es una señal?

¿De esto me hablaba la bruja?

¿O soy yo montándome películas?

La mente empieza a construir escenarios. Que me escriba mañana. Que aparezca para hablar. Que me diga que se equivocó. Y se interpone con la imagen de Leone en la esquina de aquella calle, con su frente rozando la mía.

Cierro los ojos.

No sé qué quiero que pase. Tal vez el universo no me está enviando señales. Tal vez solo me está poniendo frente a la pregunta que llevo evitando meses:

Si vuelve… ¿soy capaz de no volver yo?