Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO VEINTISIETE
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CAPÍTULO VEINTISIETE

OFTEN – THE WEEKEND

Tardo más de lo normal en elegir qué ponerme. Abro el armario y lo cierro dos veces sin decidirme. No quiero parecer que me he esforzado demasiado ni que me he puesto lo primero que he pillado. La historia se repite.

Al final me pongo unos vaqueros rectos, que me marcan la cintura, pero sueltos en las piernas.

Una camiseta granate ajustada, sencilla, que deja el cuello al descubierto y se aprecia el collar que me hizo Leone.

Me suelto el pelo. Me pinto los labios sutilmente, un tono natural tirando a marrón. Me miro al espejo. Estoy nerviosa.

Cuando llego al restaurante, él ya está ahí.

Va con vaqueros oscuros y una camiseta negra que le marca los hombros.

Encima lleva una sobrecamisa granate abierta.

Las mangas ligeramente remangadas. Se ha cortado el pelo.

Está muy guapo, muy, muy, muy, muy guapo.

No sé qué tienen los hombres cuando se cortan el pelo, pero están asquerosamente atractivos.

Levanta la mirada cuando me ve entrar y su expresión cambia por completo. Se pone de pie y yo me acerco sintiendo como doy cada paso.

—Hola.

Su voz sale más grave de lo habitual.

—Hola.

Dudamos un segundo. Al final me abraza. Sus manos se apoyan en mi espalda. Una espalda un poco más baja de lo normal. Mi pecho roza el suyo. Es un segundo. Dos. Pero el cuerpo reacciona. Por dios, como no va a reaccionar con este hombre tocándole, aunque sea por encima de la ropa.

Nos sentamos en una mesa que es demasiado pequeña. Nuestras rodillas se rozan. Pido agua porque siento la boca seca.

Él no deja de mirarme.

—Estás… —empieza, y se detiene un segundo— muy guapa.

Y lo dice en un tono que no es sano para mis hormonas. Siento calor en el pecho. Y más abajo.

—Gracias.

Me paso el pelo detrás de la oreja solo para hacer algo con las manos.

Él sigue el gesto con la mirada. Se detiene en mi cuello.

Baja hacia el escote de la camiseta. Vuelve a mis ojos.

Ese recorrido me provoca un cosquilleo directo debajo del ombligo.

Desde que nos confesamos que nos gustamos, le noto distinto, más provocador, se corta menos.

Hay una fina línea que separa lo que no debería hacer y todo lo que quiero hacer —o que me haga— pero cruzarla ahora mismo sería una catástrofe.

Hablamos de cosas triviales como el trabajo, de Nico, de la semana.

Cuando se inclina hacia delante para escucharme mejor, siento su perfume y el recuerdo de su cumpleaños aparece, su mano en mi cintura, mi mano en su cuello, su aliento a un centímetro de mi boca.

Me pregunto si él también lo está pensando. Rozamos las rodillas.

Siento el calor a través del pantalón. Me cuesta concentrarme en lo que está diciendo. «Por favor que alguien traiga ese vaso de agua ya».

—¿Estás escuchando? —pregunta con una sonrisa.

—Sí.

Miento, evidentemente que miento. Estoy escuchando mi propio pulso.

Me mira con cariño, no solo con deseo. Cuando me río, él relaja la cara.

Cuando pongo cara de enfado al contarle algo del trabajo, me toca la mano sin pensarlo.

Es un roce ridículo, incluso amistoso, yo a mis amigas las acaricio todo el rato, pero la electricidad me sube directa por el brazo.

Retiro la mano con rapidez y Leone me mira desconcertado.

—Perdón —susurra y la cara que pone me da pena.

—No.

No sé por qué he dicho eso tan rápido. No quiero que se disculpe por tocarme, simplemente necesito frenar a mis pensamientos.

Después de comer, cuando el camarero se lleva los platos, nuestros pies vuelven a encontrarse bajo la mesa. Esta vez no hay tela de por medio. Mi piel desnuda roza la suya. Ninguno de los dos nos movemos, ni tenemos la intención de hacerlo.

Mi respiración se vuelve más agitada, cosa que él nota. Baja la mirada y cuando vuelve a subirla, se ha vuelto más oscura.

—Indira…

El corazón me golpea en la garganta —y en otros sitios—.

—No quiero precipitar nada, pero pónmelo más fácil porque si no, no me hago responsable de mis actos.

Asiento, pero mi cuerpo quiere exactamente eso.

Siento el deseo, el impulso de inclinarme, de cruzar la distancia, de sentir su boca en la mía sin pensar en las consecuencias.

Salimos del restaurante y el aire frío me golpea la cara.

Menos mal. Necesitaba algo que me sacara de la cabeza el calor que se había instalado ahí dentro desde hacía rato.

Él camina a mi lado, tranquilo, como si no acabáramos de pasar dos horas mirándonos con hambre.

Yo intento concentrarme en cualquier cosa.

En las luces de la calle. En la gente que pasa.

En el escaparate de una tienda cerrada. En lo que sea que no sea él.

Fracaso estrepitosamente.

Vamos tan cerca que nuestras manos se rozan varias veces. Lo justo para que mi cerebro monte una película entera con un simple roce. Doblamos una esquina donde apenas llega la luz de las farolas y, sin decir nada, los dos nos detenemos.

Él da un paso hacia mí. Camina despacio, tratando de darme tiempo para echarme atrás, aunque los dos sabemos que no pienso hacerlo.

Mi corazón decide que este es un momento fantástico para correr una maratón y mi estómago hace cosas muy poco elegantes.

Es increíble que el cuerpo humano puede reaccionar tanto sin hacer absolutamente nada.

Levanto la mirada y ahí está. Tan cerca que podría contarle las pestañas si fuera capaz de pensar en algo que no fuera él.

Su respiración roza mis labios y, de pronto, el mundo entero parece quedarse esperando a ver quién se atreve a dar el siguiente paso.

Podría besarle.

Quiero besarle.

Pero también quiero que este momento —y lo nuestro— no se rompa.

Él apoya su frente en la mía. Cierra los ojos y yo le acompaño en el movimiento

—Si te beso —murmura haciéndome cosquillas en los labios con su aliento— no habrá vuelta atrás.

El cuerpo me arde.

—Lo sé.

No nos movemos. El corazón me late fuerte.

Estamos al borde, pero no quiero saltar.

Porque en cuanto uno de los dos haga algo, esto dejará de ser solo un momento y no sé si estoy preparada para lo que viene después.

Mi estómago hace de las suyas. Y yo intento convencerme de que respirar con normalidad sigue siendo una opción, pero no lo está siendo.

Su frente sigue apoyada en la mía. Qué mala costumbre tiene la vida de complicarlo todo justo cuando algo empieza a sentirse bien. Respiro hondo.

—Venga, Indira —me digo por dentro—. Solo un paso.

Parece facilísimo cuando te lo dices a ti misma. «Mueve una pierna. Bien. Ahora la otra. Perfecto».

—Me voy a ir —digo cuando he conseguido apartarme.

Asiente, pero se acerca un poco de nuevo. Joder. Me aparta un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozan mi mejilla. Me inclino y le doy un beso en la comisura del labio.

—Buenas noches, Leone.

—Buenas noches, Indira.

Camino sin mirar atrás sintiendo su mirada clavada en mi espalda, sus ojos acompañándome.

Mi cuerpo tiene muy claro lo que quiere.

Y, por desgracia para mí, mi cabeza también lo sabe.

Cada paso que doy es una pequeña victoria porque una parte de mí solo quiere dar media vuelta, volver corriendo, agarrarle la cara con las dos manos y dejar de pensar de una vez.

Así de sencillo, así de peligroso. Pero no, no quiero que esto pase solo porque los dos nos morimos de ganas.

Eso sería demasiado fácil. Quiero que pase cuando ninguno de los dos tenga que preguntarse al día siguiente si fue un impulso o una decisión.

Entro en mi habitación, me quito la chaqueta y la dejo sobre la silla. Bueno, la dejo es una forma muy optimista de decir que la tiro sin mirar. Me siento en la cama, apoyo la espalda en la pared y cierro los ojos.

No me siento culpable, no siento culpa por haber querido besarle, ni por haber sentido lo que he sentido y la verdad, es algo que me sorprende.

Lo que si siento es miedo, miedo a que esto sea real o a que no lo sea.

Abro los ojos y, como siempre, mi cabeza decide hacer un recorrido por todos los lugares a los que no la he invitado.

Jairo, el sueño, su foto de nuevo en el chat del WhatsApp.

Lo fácil que sería volver a una historia que ya conozco de memoria.

Es curioso cómo el cerebro idealiza incluso aquello que sabe perfectamente que le dolió.

Me tumbo boca arriba y cojo el móvil. Tengo un mensaje de Leone.

Sonrío.

Me quedo mirando la pantalla. Podría escribir: “Yo también quería besarte.” Podría escribir: “No sé qué me pasa contigo.” Podría escribir muchas cosas.