Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO VEINTISEIS
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CAPÍTULO VEINTISEIS

MISSIN´ YOU LIKE THIS – POST MALONE

Suena el timbre.

Estoy en casa. No sé qué hora es, pero la luz es rara, como si fuera muy temprano o muy tarde, no lo sé. Camino descalza por el pasillo. El suelo está muy frío. Me seco las manos en el pantalón antes de abrir, aunque no sé por qué y abro.

Es Jairo.

No parece sorprendido al verme, ni está nervioso. Está ahí, quieto, como si hubiera estado siempre delante de esa puerta.

—Hola —dice.

La voz me acelera el pulso, y todos los trozos que había conseguido pegar con paciencia vuelven a romperse.

No respondo, estoy en shock, me quedo mirándolo. Lleva la misma chaqueta que usaba cuando íbamos al cine o a comer con sus amigos. El pelo un poco más largo. Los ojos rojos.

—Necesitaba verte —añade.

El corazón me late tan fuerte que me duele.

—¿Para qué? —consigo decir.

Traga saliva. Mira al suelo un segundo.

—Para pedirte perdón.

Se pasa la mano por la cara. Está llorando.

—La cagué —admite—. La cagué contigo.

Quiero abrazarlo. Quiero cerrarle la puerta. Quiero preguntarle por qué ahora.

—No supe cuidarte —continúa—. No supe valorar lo que tenía. Mi cabeza era un lío y no quería que te vieses involucrada en eso. Luego me entró miedo, pero el daño ya estaba hecho y yo…

Me acerco un paso sin darme cuenta. El olor es el mismo.

La forma en que se le quiebra la voz también.

Y entonces, sin saber por qué, pienso en Leone.

Pienso en su manera de mirarme sin prisa.

En la noche de su cumpleaños. En la tensión contenida que no se convirtió en beso.

Me invade un sentimiento de culpa ridículo, como si estuviera traicionando algo que ni siquiera ha empezado.

—No quiero perderte —suplica Jairo.

Esa frase me hace polvo porque eso era lo que yo decía por dentro durante meses.

—¿Perderme cuándo? —pregunto—. ¿Antes o ahora?

Se acerca. Me coge las manos.

Siento el calor de su piel. Lo irreal que parece todo.

—He estado pensando en nosotros todos los días.

Las lágrimas me caen sin que me dé cuenta.

—Yo también he pensado —respondo.

—Podemos arreglarlo —dice—. Podemos empezar otra vez.

La palabra empezar me suena lejana.

Otra vez.

Me veo dentro de eso otra vez, veo las mismas discusiones, la misma intensidad, el mismo fuego y, al mismo tiempo, recuerdo las mañanas despertando con él a mi lado. Su boca en mi espalda cuando despertaba. Su mano buscándome en la cama sin abrir los ojos.

—Te sigo amando—solloza.

Quiero creerle. Quiero que el dolor tenga sentido, pero mientras lo veo llorar, siento distancia, veo una versión antigua de mi vida proyectada delante de mi cara.

—Me hiciste mucho daño —le digo.

Asiente.

—Lo sé.

—Y yo me perdí intentando que fueras feliz.

Su cara se descompone más.

—No quiero que sufras por mí nunca más —dice.

Y entonces vuelve la imagen de Leone. Su frente contra la mía. Su voz diciendo que no quiere romper lo que tenemos. Me siento dividida.

Jairo me sujeta las manos con más fuerza.

—Dame otra oportunidad.

El mundo se hace diminuto con esa frase. «Dame otra oportunidad». Mi cabeza empieza a llenarse de ruido. Recuerdos superpuestos. Italia. Toledo. La azotea. La libreta. Las cartas de la bruja. Llama gemela. Pacto.

—No sé si puedo —susurro.

Llora más fuerte.

—No puedo imaginarme la vida sin ti.

Esa frase antes me habría salvado, pero ahora me asfixia, no puedo con ella. Porque yo sí he empezado a imaginarla, con dolor, sí, pero también con otras posibilidades.

Siento que, si le digo que sí, vuelvo a entrar en un ciclo que conozco demasiado bien. Siento que, si le digo que no, estoy soltando algo que marcó mi alma y que, por mucho que intente negar, sigue vivo en ella.

—Jairo… —empiezo.

Pero mi voz se quiebra.

Todo se vuelve más borroso. Él sigue llorando y pidiéndome que lo intentemos.

Que no tiremos todo a la basura. Me duele el pecho.

Me cuesta respirar. Intento hablar. No sale sonido.

Intento moverme. Mi cuerpo no responde. La imagen de su cara se mezcla con la de Leone.

Una superpuesta sobre la otra. Fuego y calma.

Intensidad y cuidado. No puedo con las dos cosas.

El timbre vuelve a sonar. El sonido es más agudo ahora.

Más insistente. Parpadeo. Estoy en mi habitación.

El pecho me sube y me baja rápido. Siento la camiseta pegada en la espalda.

Siento el sudor frío en la nuca. No hay nadie en la puerta. No hay nadie llorando delante de mí.

Me incorporo en la cama. Tardo unos segundos en entender dónde estoy.

Ha sido un sueño, pero el dolor no lo parece.

Me llevo la mano al pecho como si pudiera calmarlo.

El nombre de Jairo sigue sonando en mi cabeza y debajo de ese nombre, más suave pero presente, el de Leone.

Respiro hondo. «No estamos corriendo. No estamos huyendo».

Pero mi subconsciente sí.

Me levanto como puedo y camino hasta el baño sin encender la luz del pasillo. Enciendo solo la del espejo. Tengo la cara hinchada y los ojos pequeños. Me echo agua fría en la nuca y apoyo las manos en el lavabo. Respiro y vuelvo a la habitación.

Cojo el móvil. Lo desbloqueo y abro el chat de Jairo. Y lo veo. Su foto. La última vez que entré en esta conversación no estaba. Durante semanas fue un círculo gris. Ahora está su cara.

Me quedo mirando la pantalla como si acabara de recibir una noticia. Me ha desbloqueado. No sé desde cuándo ni por qué. No sé si lo ha hecho hoy, ayer o hace una semana y no me había dado cuenta, pero lo ha hecho. El último audio que le mandé fue hace once días. Así que lo vuelvo a hacer.

—Hola—empiezo— cuando por fin empezaba a olvidar tu cara, la vuelvo a ver reflejada en este chat —inhalo, exhalo— llevaba muchos días sin mandarte un audio, pero he vuelto a soñar contigo y lo que pensaba que se estaba durmiendo en mi interior, se ha despertado —me incorporo un poco en la cama—.

Soy una chica de audios, ya lo sabes —sonrío— y a ti nunca te ha gustado enviarlos, en fin —suspiro— he vuelto a ver a la bruja de Lavapiés, me dijo cosas de ti.

Bueno... de nosotros. O de lo que fuimos.

Y fue raro, porque hubo momentos en los que sentí que estaba describiendo algo que solo tú y yo sabemos.

Habló de orgullo. De culpa. De una conversación que nunca terminamos.

Y, no sé… tengo miedo de volverte a ver en persona y que todo se vuelva a ir a la mierda otra vez —una lagrima pequeña cae por mi mejilla— no te haces una idea de lo que me has dolido y aún me dueles— hago una pausa.

—Y entonces pensé... si algún día vuelves, espero que no sea para repetir lo mismo.

Porque, aunque he echado muchísimo de menos lo bueno que teníamos, también he empezado a recordar lo cansada que vivía.

Vivíamos queriéndonos mucho, pero haciéndonos daño todo el rato.

Y qué agotador era eso, Jairo —se me quiebra un poco la voz—.

No te culpo solo a ti. Antes lo hacía. Ahora creo que sería muy injusto.

Yo también tenía mis heridas. También reaccionaba desde el miedo.

También intentaba ganar discusiones que no llevaban a ninguna parte.

Supongo que crecer consiste un poco en dejar de señalar con el dedo y empezar a mirarse al espejo —me quedo callada unos segundos.

—No sé en qué momento dejé de desear que volvieras para empezar a desear que, si alguna vez vuelves, seas alguien distinto.

Y ojalá yo también lo sea. Solo quería que supieras que ya no te recuerdo desde el enfado.

Te recuerdo con mucho cariño. Con mucha pena también.

Pero ya no desde la rabia —sonrío con tristeza—.

Qué ironía, ¿eh? Hace unos meses eras la primera persona a la que llamaba cuando me pasaba algo.

Ahora eres la persona de la que necesito hablar cuando me pasa algo —dejo escapar una risa pequeña—.

La vida tiene un sentido del humor un poco raro.

Enviar. Un tic. Yo le sigo teniendo bloqueado.

Cierro el chat de golpe y abro el de Leone.

Solo miro su nombre en la parte de arriba de la pantalla. Pienso en el sueño. En Jairo llorando. En la frase “dame otra oportunidad”. Pienso en la frente de Leone rozando la mía.

Dejo el móvil boca abajo sobre la cama. Me tumbo buscando el lado derecho por costumbre. El hueco frío donde antes dormía Jairo cuando se quedaba en casa. Paso la mano por la sábana como si todavía pudiera encontrar calor.

Cierro los ojos, pero no me duermo. La luz empieza a filtrarse por la rendija de la persiana.

Me incorporo cuando el cielo ya está más claro y voy a la cocina. Bebo agua directamente de la botella y me quedo apoyada en la encimera mientras vuelvo al móvil. Lo cojo otra vez. Abro el chat de Jairo. Su foto sigue ahí. Ese pequeño cambio me da miedo.

Bloqueo el teléfono y lo dejo sobre la mesa. Me quedo mirando la pared. No sé si el sueño era nostalgia, si era una despedida o una advertencia. Solo sé que algo en mí sigue atado a él, aunque esté aprendiendo a soltar, y también sé que cuando pienso en Leone no siento el mismo nudo.

El día empieza igual que cualquier otro, pero yo no sé qué parte de mí sigue dormida y cuál se ha despertado esta noche.