CAPÍTULO VEINTICINCO
IRIS – MOD SUN
Llevo una semana y media sin ver a Leone y el tiempo ha pasado muy lento.
Después de toda la tensión de su cumpleaños supongo que ninguno de los dos nos atrevíamos a dar un paso para seguir como siempre.
Hemos hablado, algún mensaje suelto, nos hemos enviado algún tiktok, pero nada más allá.
Y esa contención me hace creer que nos pasamos, que ninguno estaba listo y que hemos roto algo que nos hacía sentir vivos.
Estoy doblando unos vaqueros cuando Bárbara me dice, sin levantar los ojos del móvil:
—Hay un chico fuera preguntando por ti.
El estómago se me cierra. Salgo. El aire de la calle me golpea y me da tiempo a pensar que podría fingir normalidad, pero no me sale, con él no me sale fingir nada.
—Hola —dice con la sonrisa que siempre tiene para mí.
—Hola.
Nos miramos un segundo y siento que hay algo pendiente como una conversación que empezó aquella noche y se quedó suspendida cuando nuestras frentes se tocaron.
—Ha sido raro no verte —confiesa al fin.
Asiento. No quiero mentir.
—Sí, bastante raro.
No digo más porque si empiezo a explicar, me voy a meter en un sitio del que no sé salir.
Ha sido raro porque he pensado demasiado, me he acordado de su nariz rozando la mía a cada minuto.
Porque durante unos días me convencí de que lo mejor era dejar que todo se enfriase un poco y, sin embargo, cada vez que vibraba el móvil esperaba que fuera él.
—No sabía si necesitabas espacio —añade.
—No lo necesitaba —respiro—. Pero pensé que igual tu sí.
Camina con las manos en los bolsillos. Yo hago lo mismo. Es un gesto espejo que me enternece y me molesta a la vez. Me molesta porque me gusta.
—Me dio miedo —admite de repente.
Levanto la vista.
—¿El qué? —finjo saber que no sé de lo que habla, cuando a mí me pasa lo mismo.
—Lo del cumpleaños, esa tensión. No quiero que eso rompa lo que tenemos —dice mientras hace un gesto con su mano señalándonos a ambos.
La palabra romper me pone en alerta porque eso es exactamente lo que más miedo me da. No perder algo que ya es, sino estropearlo por querer que sea otra cosa.
—A mí me dio miedo también —reconozco.
Me mira, confundido.
—¿Cómo?
Me cuesta explicarlo.
—Me gustó demasiado y eso me asusta porque no estoy… —busco la palabra— lista.
No hace falta explicarle que él sigue presente en mi vida porque su nombre vive en mí sin que lo pronuncie. No estoy limpia de recuerdos.
—Te entiendo —contesta con una sonrisa triste y sé que habla de Salma.
Me doy cuenta de que no quiero dejar de verlo porque lo que me da miedo no es él sino lo que despierta en mí. Despierta a mi cuerpo, desde luego que lo despierta, eso se le da bastante bien. Despierta la ilusión, la posibilidad y la posibilidad implica riesgo.
—No quiero usar a nadie para tapar nada —digo.
—No siento que me estés usando —niega con la cabeza.
Eso me calma un poco.
—Solo… —continúa— me gustas y no quiero hacer como que no.
El corazón me da un golpe seco. “Me gustas.” Respiro hondo.
—Tú también me gustas, pero teniendo en cuenta nuestras situaciones, creo que podría ser un error.
¿En qué momento eso ha salido de mi boca así, tan de seguido y sin dudar? En el fondo agradezco que mi cuerpo haya reaccionado así porque me alivia no tener que seguir ocultando esto y a la vez saber que para bien o para mal, estamos en el mismo punto.
—¿Comemos mañana? —pregunta cambiando de tema.
—Vale —digo con una sonrisa.
Asiente y así de fácil es la vida con él.
Nos paramos frente a la tienda porque tengo que volver. Esta vez sí me abraza y cuando se separa, noto el vacío donde estaba su cuerpo.
—Te escribo luego.
—Vale.
«No estamos corriendo. No estamos huyendo».
«No estamos corriendo. No estamos huyendo».
Y eso, para mí, es nuevo.
Me repito una y otra vez en mi cabeza para asimilar todo lo que acaba de pasar.
Siempre he corrido. Hacia alguien o lejos de alguien.
He confundido intensidad con destino. Si algo ardía, pensaba que tenía que agarrarlo antes de que se apagara.
Si algo dolía, salía disparada hacia lo siguiente para no quedarme quieta dentro del dolor.
Esta vez no.
Esta vez estoy aquí, con los pies apoyados en el suelo, mirando lo que siento sin empujarlo hacia delante ni taparlo con otra cosa.
No estoy acelerando para que pase “algo” y tampoco estoy poniendo distancia por miedo a que pase, al menos no todo el tiempo.
Es incómodo, claro que lo es, porque quedarse implica escuchar.
Escuchar al cuerpo cuando se enciende cada vez que estoy cerca de él.
Escuchar la culpa que no me deja en paz.
Escuchar la voz que todavía pronuncia el nombre de Jairo en los momentos más débiles.
Todo eso está ahí y esta vez no lo estoy anestesiando.
No estamos corriendo significa que no estamos forzando una historia para que tenga nombre. No estamos huyendo significa que tampoco estamos fingiendo que no hay historia. Es una posición frágil, como caminar por una cuerda floja.
Quizá crecer sea esto. No lanzarte de cabeza cada vez que algo te acelera el pulso ni levantar un muro cada vez que algo amenaza con tocar una herida.
Quedarte.
Mirar al otro y decir “me gustas” y después no exigir que eso se convierta en algo. Porque durante años pensé que el amor tenía que sentirse urgente para ser real y que, si no dolía un poco, no era profundo porque si no te arrastraba, no merecía la pena, pero ahora estoy aprendiendo otra cosa.
Que a veces lo más valiente es no huir del miedo ni usarlo como excusa para precipitarte, quedarte en el punto medio, en el abrazo breve que no se convierte en un beso por impulso.
«No estamos corriendo, no estamos huyendo», me repito.
Y eso, para alguien que siempre vivió en los extremos, es casi una revolución.
…
Salgo del trabajo y sin pensarlo demasiado giro hacia Lavapiés.
El portal de siempre y el olor a incienso que llena el edificio me dan la bienvenida.
—Pasa.
Me siento frente a ella. Me quito la chaqueta. Me froto las manos. No sé por dónde empezar.
—Hazme un repaso —le pido—. Estoy… no sé cómo estoy.
Asiente con una sonrisa, creo que ella nunca deja de sonreír. Barajea las cartas despacio. Susurra algo mientras lo hace y me mira un segundo antes de empezar a colocarlas.
—Tu energía no está rota —afirma al fin—. Está moviéndose.
Respiro.
—Has soltado algo, pero todavía lo estás llorando.
No necesito que diga el nombre.
Coloca otra carta.
—Él sigue conectado a ti.
—¿Jairo?
Asiente.
—No está en paz. Veo orgullo, culpa y… — hace una pequeña pausa. —Deseo. Hay algo que quiere volver.
Se me corta la respiración.
—¿Volver cómo? —pregunto asustada.
Se inclina un poco hacia delante.
—Veo un reencuentro. No necesariamente definitivo, pero sí una vuelta. Hay una conversación pendiente, una despedida que no fue transitada, se puede dar física o energéticamente.
Trago saliva.
Eso lo siento yo también, que no se cerró del todo y que no solo es cosa mía.
—Lo vuestro no es casual —continúa—. Hay historia de otras vidas. Veo una conexión de llama gemela.
Twin flames.
—Las llamas gemelas no vienen a quedarse, o al menos no de manera instantánea —me explica, como si estuviera leyendo lo que pienso—. Vienen a despertar, a romper estructuras, a enfrentarte contigo misma.
Siento un nudo en la garganta.
—Por eso duele tanto —añade.
Asiento constantemente.
—Es una relación espejo. Lo que no soportas de él es lo que no has resuelto en ti y lo que más amas también.
Los ojos se me llenan de lágrimas, pero soy incapaz de moverme.
—¿Y con Leone?
Sonríe levemente antes de sacar otra carta.
La coloca en el centro.
—Es distinto.
Se toma su tiempo.
—Aquí no veo un fuego descontrolado. Veo cuidado, amor, preocupación— hace una pausa— venís de otra vida también —añade—. Hicisteis un pacto.
—¿Qué pacto?
—El de acompañarse sin hacerse daño —me explica— no es una relación kármica tan intensa como la otra.
—¿Entonces por qué tengo miedo?
—Porque vienes de incendiarte —me lo dice con una sonrisa.
Tiene razón.
—Con Jairo hay una deuda energética, que, si no convertís en dharma, seguiréis arrastrándola en más vidas, sin embargo, con Leone hay elección.
—¿Y qué ves? —pregunto—. ¿Se queda? ¿Se va?
Cierra los ojos un segundo.
—Veo que si lo fuerzas, lo rompes. Si huyes, lo rompes. Si te quedas en equilibrio, crece.
Me dan ganas de reír y de llorar a la vez.
—No me lo pones nada fácil —afirmo con una sonrisa pequeña.
—No has venido a una vida fácil —responde.
Apoya la mano sobre la mesa.
—La diferencia es que con uno aprendiste a arder y con el otro puedes aprender a quedarte.
Me quedo mirando las cartas.
—¿Y si vuelve Jairo? —pregunto confundida.
—Volverá para comprobar si sigues siendo la misma.
—¿Y lo soy?
Niega despacio.
—No del todo, pero cariño —me dice con compasión—. Si no lo sabes tú, como lo voy a saber yo —me sonríe—. Hay una despedida que todavía no se ha dado bien —añade—. Pero no veo si es con Jairo o ese cierre es con Leone.
Cierre. La palabra me da pánico y me alivia a la vez.
—Con Leone no veo tanta herida previa —continúa—. Veo tensión, deseo, también veo miedo a repetir patrones, pero no veo destrucción.
Pienso en su abrazo. En cómo no corremos, ni huimos.
—¿Es mi alma quien lo ha traído?
Sonríe.
—Tu alma trae a quien necesita para evolucionar. A veces trae fuego. A veces trae hogar.
—¿Y pueden dos almas volver a estar juntas después de romperse? —pregunto de pronto.
Ella no responde al momento. Junta las manos sobre la mesa y me mira fijamente.
—Sí —dice al fin—. Pero no siempre de la forma que la mente, o el corazón, quiere.
Guarda silencio un segundo.
—Las almas pueden reencontrarse muchas veces, en diferentes vidas, en distintos cuerpos, pero cada encuentro tiene una función. A veces es para cerrar lo que quedó abierto. A veces es para completar lo que no se pudo vivir y a veces, simplemente es para recordarte quién eres y a que has venido.
La escucho sin moverme.
—Cuando dos almas vuelven a juntarse, no siempre es para quedarse, pero siempre es para evolucionar.
Si ambas han aprendido lo que tenían que aprender, pueden elegir quedarse desde un lugar más consciente, pero si una de las dos sigue anclada en el mismo patrón, el reencuentro lo único que hará es repetir la herida.
Trago saliva.
—Entonces, ¿Jairo y yo…?
—Sí hay posibilidad de estabilidad larga —me interrumpe—. Pero no como antes, no si se da desde el mismo lugar.
Se inclina un poco hacia delante y abraza mis manos con las suyas.
—Lo vuestro no es imposible. Hay mucha intensidad y lo intenso se puede transformar en algo más sólido, pero exige mucho trabajo.
Muchísima conciencia. Muchísima humildad— me dice con una sonrisa amable—.
Veo que hay un vínculo fuerte, muy fuerte y esto no es algo que se corte con facilidad.
Por eso te sigue doliendo así y por eso sigue vivo en ambos.
La forma en la que ha enfatizado la palabra “ambos” hace que todos los pelos de mi cuerpo se ericen.
—Pero también veo ego, orgullo, heridas sin tratar y si volvéis sin haber sanado eso, repetiréis el patrón. Y dolerá el doble.
Siento que el corazón me va a explotar.
—Las llamas gemelas no están condenadas a romperse siempre —continúa—pero no es fácil.
Me sonríe esperando una respuesta, pero lo único que puedo hacer ahora mismo es asentir.
—Para que haya estabilidad real entre vosotros tendría que haber un cambio profundo en ambos —continúa—. Tendríais que aprender a no competir, a no activaros desde la herida, a no buscaros para llenar el vacío. Eso es trabajo duro y no tiene nada de romántico.
Respiro más despacio.
—Pero sí, hay posibilidad —repite—. Porque hay un vínculo muy fuerte.
Me humedezco los labios.
—¿Y cómo se sabe si ese trabajo es posible?
—Cuando el orgullo deja de ser más fuerte que el amor —sonríe con una tranquilidad que empieza a desesperarme un poco—. Las llamas gemelas, cuando maduran, pueden convertirse en compañeros conscientes, pero tienen que atravesar su sombra primero. Y eso duele, asusta y por eso no siempre se elige.
Me quedo pensando en Jairo. En cómo éramos. En cómo fuimos desde que nos conocimos.
—No es un “no” —aclara—. Pero tampoco es un “sí”. Es un “depende de quiénes seáis cuando os volváis a mirar a los ojos”. Y ahora mismo —añade— tú estás cambiando. Si él no cambia al mismo ritmo, la estabilidad será un espejismo.
Cierro los ojos un momento para intentar asimilar todo esto. No es la respuesta fácil que buscaba, pero tampoco es una puerta cerrada.
Salgo de allí más tranquila y más removida al mismo tiempo.
Camino por Lavapiés con la cabeza llena de palabras: llama gemela, pacto, reencuentro, despedida, cuidado.
No sé cuánto creer. No sé cuánto proyectar.
Pero algo dentro de mí reconoce la diferencia.
Con Jairo todo era intensidad, urgencia, destino.
Una sensación de que si no era él no era nadie, y también esa montaña rusa constante, esa herida abierta que nunca terminaba de cerrarse.
Sin embargo, con Leone es distinto. Hay deseo, sí.
Hay tensión, también, sí, mucha. Pero no siento que me esté perdiendo, ni que tenga que demostrar nada.
No siento esa angustia de “si no pasa ahora, lo pierdo”.
Y si Jairo vuelve, como dice ella, no sé qué haré, pero sí sé que no soy la misma que era cuando me rompí.