CAPÍTULO VEINTICUATRO
IN MY ROOM – CHANCE PEÑA
Desde la cocina sale olor a café y a tostadas quemadas. Pamela ha abierto todas las ventanas para que el humo de las tostadas salga, no sé cómo lo hace, pero siempre de cuatro tostadas quema tres. Martina entra arrastrando los pies, con el rímel corrido.
—Tengo algo que declarar —dice, cogiendo una tostada que Pamela ha raspado con un cuchillo para quitarle lo quemado.
Pamela ni se gira.
—Ya lo sabemos —le hago saber a mi amiga.
Martina sonríe, sin rastro de culpa.
—Los baños de ese bar son minúsculos —aclara levantando el dedo y con la boca llena.
Me atraganto con el café.
—No puedo contigo.
—Pues imagínate yo, intentando no darme con el dispensador de papel en la cabeza.
Pamela se apoya en la encimera.
—¿Fue rápido?
—Lo suficiente para que una tía empezara a golpear la puerta como si estuviéramos cometiendo un crimen.
—Qué dramática es la gente —murmuro.
—Dramática no, desesperada. Había bastante cola, la verdad, y yo pensando: señora, todos tenemos necesidades.
Nos reímos.
—Sergio además se puso a reír —añade—. Fatal momento para que te entre la risa, querido.
—Siempre aparece un ataque de risa cuando menos lo necesitas —dice Pamela.
—Total. Yo intentando acabar dignamente y él con un ataque de risa.
Se lleva la taza a los labios.
—Pero estuvo muy bien —remata con una sonrisa pícara.
Pamela me mira.
—¿Y tú?
Resoplo.
—Nada que contar —hago que las ignoro, porque sé que ya empieza su interrogatorio.
—Ajá —dicen ambas a la vez.
—Que es verdad, coño.
Me apoyo en la mesa.
—Solo bailamos, salimos a fumar y hablamos. Ya está.
Martina se inclina hacia delante.
—¿Hablasteis mucho? —me interroga mi amiga con los ojos entrecerrados.
—Lo justo —finjo indiferencia.
Pamela ladea la cabeza.
—¿Os besasteis?
—No —niego tajantemente.
—Pero… —añade Martina esperando que diga algo más.
—¡Que no!
Martina sonríe.
—Eso es peor que un beso.
—Cállate que es muy pronto para este interrogatorio --recrimino.
Pamela vuelve a la tostada.
—¿Y ahora? —pregunta.
—Ahora nada.
—¿Nada nada?
—¿Qué quieres que haya ahora? lo mismo de siempre —no me lo creo ni yo—. Fue su cumpleaños y ya está.
No digo que su mano se quedó en mi cintura más de lo normal. No digo que la imagen de su nariz rozando la mía sigue repitiéndose en mi cabeza.
Martina se levanta.
—Bueno, yo no me arrepiento de nada.
—No deberías —asegura Pamela.
—Y tú tampoco —añade, mirándome.
Me encojo de hombros.
—No me estoy arrepintiendo porque no pasó nada, pesadas.
Ellas me conocen. Saben leerme, aunque no diga nada y me gustaría contarles como me sentí y como me siento ahora, pero no lo hago porque ni yo lo sé.
Por un lado, me siento eufórica y por otro, arrepentida.
No arrepentida de haber estado con él así, o sí, ni lo sé.
Mi cabeza está confusa, quizás no es arrepentimiento, sino culpa por lo que sentí, por haber estado ahí, tan cerca, con el cuerpo tan despierto, queriendo algo.
Por haber sentido calor por alguien que no es Jairo cuando durante meses pensé que mi cuerpo se había quedado congelado con él.
Jairo no está. Lo sé. No estamos juntos.
También lo sé, pero aun así hay una parte de mí que se comporta como si estuviera traicionándole.
A él o a una versión antigua de mí misma, a una promesa que ya no existe.
Me levanto para llevar la taza al fregadero.
Creo que no es el momento. O que yo no lo soy.
No estoy lista para que alguien me toque y no comparar.
No estoy lista para dejar de pensar en lo que fue.
Y al mismo tiempo, anoche no pensé en nada.
Y esto me hace volverme loca porque no sé qué le está pasando a mi cabeza ni a mi corazón.
Noto la mirada de Pamela clavada en mí.
—¿Qué pasa?
Niego con la cabeza.
—Nada.
Pero ellas saben que no es nada. No me arrepiento, pero tampoco estoy libre del todo y vivir en ese punto intermedio empieza a cansarme.
—Bueno, si Sergio me escribe, os aviso y si no, también. —dice Martina cambiando de tema y sacándome de mis pensamientos.
—Qué considerada —ironiza Pamela.
…
Me paso el día en casa, entre pinceles, con Mi otra yo de fondo en el iPad, pintando sin prisa. A veces avanzo, a veces me quedo mirando el lienzo como si fuera a contestarme algo.
Estos días son de mis favoritos y, al mismo tiempo, los que más me saturan.
Porque cuando por fin te quedas sola después de una semana intensa, de cenas, de risas, de conversaciones, el silencio se vuelve enorme y no sabes muy bien qué hacer contigo.
Te sientas, te levantas, te sirves un café que no necesitas ni que te apetece hasta que encuentras el punto.
Ese momento en el que ya no estás huyendo del silencio sino habitándolo.
Cuando el pincel empieza a moverse sin que lo fuerces.
Cuando la serie que estás viendo empieza a estar solo de fondo.
Ahí entro en trance y no pienso, ni en Jairo, ni en Leone, ni en lo que debería estar haciendo.
Soy muy espiritual. No lo digo en voz alta en todos los sitios porque no es tan común y a veces la gente la convierte en broma.
Pero lo soy. Siempre lo he sido. Desde pequeña tenía la sensación de que había algo más, de que esta vida no era una hoja en blanco sino una continuación.
Me gusta pensar que mi alma sabía que todo esto iba a pasar.
Que no es casualidad que me haya roto así, que me haya enamorado así, que me duela como me duele.
Que no es un error sino un recorrido. Me tranquiliza imaginar que elegí ciertas lecciones antes de llegar aquí.
Que este cuerpo, esta ciudad, estos amores son parte de un plan que no entiendo del todo pero que tiene sentido en algún sitio más profundo que mi consciencia.
A veces voy a ver a una mujer en Lavapiés.
Tiene las manos llenas de anillos y una voz tranquila que me habla de vidas pasadas como si me estuviera contando el tiempo que hace hoy.
Las veces que he ido me ha contado que he vivido cerca del mar, que he perdido a alguien en otra vida de una forma parecida, que mi manera de amar tiene que ver con promesas antiguas que aún estoy aprendiendo a soltar.
Lo que me gusta es cómo me siento cuando salgo de allí.
Menos víctima de lo que me pasa, como si el dolor no fuera un castigo sino algo necesario para avanzar.
Me ayuda a entender por qué soy así en este cuerpo, porque me cuesta soltar, porque amo con todo y luego me quedo vacía, porque necesito crear para no desbordarme.
Cuando estoy pintando y la casa huele a óleo, siento que estoy conectando con algo anterior a mí.
Algo que no tiene que ver con esta ruptura concreta ni con esta ciudad.
Algo que viene de lejos. Y eso me calma.
Porque si mi alma eligió este camino, entonces el dolor también tiene un propósito.
Y aunque haya días en los que me siento perdida, me gusta pensar que estoy exactamente donde tengo que estar.
Pamela abre la puerta sin llamar sacándome de mis pensamientos.
—Los tacos ya están en la mesa.
Ni siquiera asoma del todo la cabeza. Lo dice y desaparece. Huele a guacamole y me hace salivar de golpe. Miro el cuadro, dejo el pincel en el bote y me limpio las manos en la camiseta vieja que uso para pintar.
—¡Ven ya, que se enfría! —grita Martina.
Me siento en el suelo con mi plato y empiezo a montar el taco. Durante unos minutos solo se oyen crujidos y comentarios sueltos sobre lo bien que cocina la gente cuando no somos nosotras.
Pamela me mira de reojo.
—Bueno.
—Bueno ¿qué? —pregunto con la boca muy llena.
—¿Te ha dicho algo?
—¿Quién? —finjo demencia.
—Indira, por favor —Martina deja el taco en el plato—. Leone.
Me encojo de hombros y cojo la salsa como si fuera lo más importante del mundo.
—No sé—contesto todavía con la boca llena.
—¿Cómo que no sabes?
—No he mirado el móvil en todo el día —confieso.
—¿Perdona? —salta Pamela.
—Me da un poco de miedo.
Las dos se miran y acto seguido me miran como si acabara de confesar un delito.
—¿Miedo de qué? —pregunta Martina.
—Yo que sé, a que no le gustara o que no supiera qué decir o que haya sido demasiado.
Pamela alarga la mano.
—Dame el móvil.
—Ni de coña.
Martina ya se está levantando.
—Dámelo.
—No.
En dos segundos las tengo encima. Martina me sujeta por detrás mientras Pamela intenta sacarme el móvil del bolsillo del pantalón. Me río, intento zafarme, casi tiro la cerveza.
—Sois muy cotillas.
—Dámelo y dejamos de acosarte.
—¡Que no!
Pero me lo quitan igual, es inútil. Se sientan en la alfombra, espalda con espalda, como si fueran dos niñas leyendo una carta secreta. Yo me quedo de rodillas frente a ellas, con el corazón acelerado.
—Tiene cinco mensajes —informa Pamela.
—Ya lo sabía —confirmo porque lo había visto esta mañana, pero decidí ignorarlo.
—Calla —añade Martina.
Desbloquean el móvil, abren el chat y se miran antes de empezar a leer.
—¿Qué pone? —pregunto.
Ninguna responde.
—¿Qué pone? —insisto.
—“Acabo de llegar a casa. He abierto el regalo” —Pamela carraspea teatralmente imitando voz de hombre.
Pongo los ojos en blanco, luego la dramática soy yo.
—Sigue —pido ansiosa.
—“No sé muy bien cómo decir esto sin que suene exagerado” —Martina continua con la misma dinámica teatral.
Me llevo las manos a la cara.
—No puedo —confieso.
—Te aguantas —me reprende Pamela.
—“La libreta es preciosa. No sé cómo has hecho la encuadernación, pero huele a ti y me da miedo que cuando escriba algo en ella el olor se empiece a ir.”
Se me escapa una risa nerviosa.
—¿En serio ha dicho eso? —pregunta Pamela.
—Shh —pido silencio para que sigan.
Martina sigue.
—“Y el cuadro…”
Las dos levantan la mirada hacia mí con una sonrisa.
—¿Qué? —pregunto casi en susurro.
—“El cuadro me ha dejado sin palabras. No sabía que necesitaba un recuerdo físico de Italia hasta que lo he tenido en las manos.”
Se me aprieta el pecho.
—Hay más —me informa Pamela.
—No sé si quiero…
—Sí quieres —me interrumpe.
—“Gracias por hacer tangible algo que para mí era solo memoria. Eres la mejor.”
Silencio.
Las dos bajan el móvil.
—Y el último —añade Martina.
—¿Hay más? —pregunto ansiosa.
—Sí.
Respiran hondo antes de leer.
—“Gracias por estar en mi vida, de verdad.”
Nadie habla durante unos segundos. El calor se adueña de mi cara.
—¿Ya está? —pregunto.
—Ya está —dice Pamela.
Me devuelven el móvil. Leo los mensajes otra vez, esta vez yo sola. Palabra por palabra.
Martina me observa.
—¿Ves como no era tan terrible?
Niego con la cabeza, sonriendo sin parar.
—Soy imbécil.
—Eres intensa —corrige Pamela—. Es distinto, pero te queremos seas como seas.
Miro la pantalla una vez más antes de bloquearla. Levanto la mirada hacia mis amigas que me miran con una sonrisa de oreja a oreja.
—Creo que le ha gustado.