Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO VEINTITRES ಄
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CAPÍTULO VEINTITRES ಄

TRIPPING OVER AIR -AIDAN BISSETT

Llego a casa con el ruido del bar metido en el cerebro. Nico entra detrás de mí, se quita las zapatillas de una patada y se tira en el sofá.

—¿Vas a abrirlo ahora o mañana? —pregunta mirándome fijamente.

No me da tiempo a contestar porque ya estoy buscando la bolsa. La dejo sobre la mesa del salón. Nico se incorpora un poco y me mira sin decir nada. Sabe que ese regalo no es uno más.

Saco primero la libreta. La encuadernación es imperfecta, hecha a mano. Se nota en los bordes, en la textura de la tela que cubre la tapa. Paso el pulgar por el lomo. La abro despacio. Las hojas son gruesas, ligeramente rugosas. Huelen a papel nuevo mezclado con… ella.

—Hostia —balbucea Nico.

Paso las primeras páginas, en la esquina inferior ha dibujado una espiral pequeña, sonrío al recordar el collar que tengo colgado del cuello.

—Que currazo —añade mi hermano, que no se calla ni debajo del agua.

Asiento, porque no tengo palabras. Después saco el cuadro. Ahí sí que me quedo de piedra. Somos nosotros en Italia. Estamos sentados en el banco, nuestro banco, riéndonos con un cigarro en la mano y las piernas cubiertas por una manta.

Trago saliva.

—Vale —concluye Nico asomándose como puede para ver el cuadro—. Esa mujer te quiere.

Me acerco un poco más. Lo miro, me reconozco en el gesto y la reconozco a ella en la forma de inclinar la cabeza cuando se ríe.

—Es el mejor regalo que me han hecho en mi vida —sentencio.

Nico me mira desde atrás.

—Y tanto —confirma.

Apoyo el cuadro contra la pared del salón. Lo coloco donde pueda verlo desde el sofá. La libreta la dejo en la mesa. La abro otra vez, acerco la cara y respiro. Me da vergüenza que Nico me vea haciendo eso, pero no aparto la cabeza.

—Estás jodido —asegura él con una sonrisa.

—Cállate.

Nico se queda en el sofá y yo subo a mi cama, pero antes miro el cuadro una vez más desde arriba. En la oscuridad apenas se distingue, pero sé que está ahí y me duermo con una felicidad que llevaba meses sin sentir.

Después de unas horas me despierto y bajo descalzo hasta la cocina para prepararme un café. Nico está en la cocina con el pelo revuelto.

—¿Le has dicho algo? —pregunta después de un ruidoso bostezo.

—No, y se dice buenos días.

—¿Cómo qué no? —me ignora.

Me sirvo el café y preparo otro para mi hermano.

—No sé qué decir.

—Pues gracias, por ejemplo.

—Eso es poco y tampoco quiero sonar exagerado si digo más.

Me apoyo en la encimera.

—¿Exagerado cómo? —pregunta Nico.

—Como un loco, como si me estuviese montando películas en mi cabeza porque me haya regalo eso.

Nico me mira con paciencia.

—¿Qué sientes?

Tardo en contestar porque no sé cómo explicarlo.

—Pues que no es un simple regalo, pero quizás para ella si lo es y me estoy montando películas —confieso al fin.

—Hermanito —empieza y sólo me llama así cuando habla enserio, aunque parezca contradictorio—. No le haces un regalo así a cualquiera y no sé cuánto tiempo le habrá llevado hacerlo, pero estoy seguro de que no lo ha hecho en una tarde.

Me quedo callado.

—¿Tienes miedo? —añade.

Asiento.

Nico sabe lo que pasó con Salma, lo rápido que se deshizo todo y lo poco que bastó para que alguien decidiera irse de mi lado.

—No quiero forzar nada —aclaro—. No quiero que sienta que estoy invadiendo sus tiempos, porque ella tampoco está pasando por el mejor momento.

—Entonces no invadas nada, simplemente sé agradecido y dile la verdad.

Coge el móvil de la mesa y me lo pone en frente.

—Escribe, que eres escritor, joder.

—Qué pesado eres.

—Que escribas —me tiende el móvil de nuevo haciendo aspavientos para que lo coja.

Me siento en el sofá. Miro el cuadro un segundo más y empiezo a teclear. Borro. Vuelvo a escribir. Intento que no suene exagerado, pero tampoco quiero minimizar el detalle que ha tenido conmigo.

—Ya está —digo.

—¿Ves? No era tan difícil.

Pero sí lo es porque ahora empieza la espera. Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa. Nico me mira divertido.

—Te va a contestar —intenta consolarme.

—Ya.

Pasa la mañana, pasa la tarde y el móvil no vibra.

Intento no mirarlo, pero lo miro. Intento no pensar en si me habré pasado o me habré quedado corto. Me pregunto si lo habrá leído. Si estará ocupada. Si le habrá dado demasiada importancia, o quizás, ninguna.

A media tarde Nico se va a casa de mi madre antes de coger su avión de vuelta a Portland.

—Respira y confía en ti —me dice antes de cerrar la puerta.

Me quedo solo con el cuadro y la libreta. La casa está en silencio. Me tumbo en el sofá y miro el techo. Pienso en ella leyendo el mensaje, en su cara, intento pensar en si sonreirá o fruncirá el ceño cuando lo lea. Anoche me dio algo muy valioso y hoy me siento vulnerable.

Es casi de noche cuando el móvil vibra por fin y me lanzo de cabeza hacía el. Es ella. Abro el mensaje con el corazón a mil por hora.