CAPÍTULO VEINTIDOS #3
Solo sé que ahora su mano roza mi cintura.
Muy despacio. No la aparto, al contrario.
Mi cuerpo parece relajarse en cuanto la noto.
Es curioso, hay personas cuyo contacto incomoda y luego está él, que cuanto más cerca está... Me resulta más fácil respirar.
—Quería hacerlo bien este año —susurra—. Celebrarlo con todos... y que estuvieras tú, ese ha sido el mejor regalo.
Madre mía. No puede decir esas cosas así y muchísimo menos decirlas con esa voz tan grave. Porque luego una intenta mantener la calma y es imposible. Sonrío sin poder evitarlo.
—Pues espero que te guste este regalo —le digo mientras me toco el cuerpo con el dorso de la mano.
No deja de mirarme, me mira de arriba a abajo.
Se humedece los labios y creo que mi corazón va a dejar de funcionar en cualquier momento.
Mi rodilla roza la suya cuando cambio el peso del cuerpo.
Termino el cigarro y lo tiro al suelo aplastándolo con el tacón mientras mis ojos siguen clavados en su boca húmeda.
—Vale —nos saca del bucle y se frota las manos—. Ya está bien de recuerdos tristes.
Me río porque acaba de ignorar todo para que no vaya a más, cosa que no sé si agradezco.
—Eso. Hoy no existen —le sigo la corriente.
—Exacto.
Se pasa una mano por el pelo y conozco ese gesto. Bueno... empiezo a conocerlo. Lo suele hacer cuando está nervioso.
—En realidad... —empieza.
Levanto una ceja.
—¿Qué?
Sonríe. Cinco segundos de tensión, no aguanta más.
—He firmado con una editorial grande —suelta como si nada.
Parpadeo.
—¿Cómo de grande?
—Muy grande, la más grande que hay ahora mismo —dice con una sonrisa—. El siguiente libro sale en octubre. Es una tirada internacional.
Tardo un momento en reaccionar. Pensando en todo lo que me ha contado, en lo importante que es esto para él después de todo lo que ha luchado para que sea una realidad en su vida.
—Leone... —empiezo, pero estoy tan en shock que no sé cómo seguir.
—¿Qué? —se rie.
—¿Cómo que qué? —parpadeo diez veces y le doy un pequeño golpe en el brazo—. ¡Eso es una barbaridad!
Se encoge de hombros intentando quitarle importancia, pero se le nota en la cara que está feliz.
Y me encanta verle así. Lo único que me sale es romper la poca distancia que hay entre nosotros y le abrazo.
Fuerte. Mucho más fuerte de lo que tenía previsto.
Durante un segundo noto cómo se queda quieto y al siguiente sus brazos me rodean.
Apoyo la mejilla cerca de su cuello que todavía huele a colonia.
Y a tabaco. Y un poco al calor del verano.
—Estoy muy orgullosa de ti —le digo y mis labios rozan su mandíbula.
—Gracias —me contesta y aunque no le veo la cara, noto como sonríe.
Su mano recorre despacio mi espalda. Es un gesto pequeño que consigue que un escalofrío me suba desde la cintura hasta la nuca. Nos separamos despacio, quizá demasiado despacio.
—Hay que celebrarlo —suelto de pronto.
—Ya lo estamos celebrando —me dice Leone confuso.
Niego con la cabeza.
—No. Mejor.
Se ríe.
—Vale, y ¿cómo sería eso?
Apoya la espalda en la pared y ahora soy yo la que está encima de él. Podría responderle tantas cosas, tantas ideas que se pasean por mi cabeza para celebrarlo… Pero simplemente digo:
—Ya se me ocurrirá algo.
Y otra vez estamos demasiado cerca o no lo suficiente. Todavía no sé decidirme.
—Tenía miedo de que me dijeran que no, no sé. Pensaba que igual... no era tan bueno como creía.
—No vuelvas a decir eso —le pido fingiendo enfado.
—¿Por qué?
—Porque no es verdad —le digo—. Hay escritores que llenan páginas y escritores que llenan almas. Tú haces ambas cosas —confieso y no sé por qué me he puesto tan poética, quizás es el alcohol o quizás es él—. No dejes que la voz que duda hable más alto que la que escribe.
Él baja la mirada como si las palabras que acabo de decir se le quedaran grandes. Y cuando vuelve a encontrarse con la mía, sus ojos me miran distinto.
—Contigo no me siento pequeño —susurra—. Me haces sentir el hombre que siempre fingí ser.
Siento que el corazón empieza a latirme en sitios donde ni siquiera sabía que podía notarlo. En el pecho. En la garganta. Hasta en las pestañas me late. Él vuelve a acercarse. Muy poco. Lo justo para que nuestras respiraciones vuelvan a bailar de la mano.
—Octubre —dice sonriendo con su frente rozando la mía.
—Octubre —repito.
—Quiero que estés ese día —me pide juntando más su frente a la mía.
—Estaré —le prometo.
No existe nada más durante unos segundos.
Ni la música. Ni la gente. Ni la calle. Solo él y solo yo.
Su mano vuelve a mi cintura. Su pulgar dibuja un movimiento pequeño sobre la tela de mi vestido.
Levanto un poco la cabeza y el me sigue con el mismo movimiento.
Su nariz roza la mía. Muy despacio. Se me olvida respirar.
Cierro los ojos. La puerta del bar se abre de golpe y una ráfaga de música nos devuelve al mundo.
—Deberíamos entrar —digo.
—Sí.
Pero no nos movemos.
—Feliz cumpleaños —susurro con sus labios a un milímetro de los míos.
Su sonrisa vuelve hasta que Salva le llama por teléfono y nos saca por completo de la burbuja en la que estábamos siendo felices.