CAPÍTULO VEINTIDOS #2
Empiezan los brindis. Salva golpea una copa con un cuchillo y, automáticamente, toda la mesa se calla.
Bueno, casi toda. Siempre hay alguien que tarda unos segundos más en darse cuenta.
Obliga a Nico y a Leone a decir unas palabras por sus veintinueve años.
Leone niega con la cabeza mientras se ríe, porque su hermano no pierde la oportunidad de sacar alguna anécdota vergonzosa delante de todo el mundo.
Yo no escucho demasiado lo que dicen. Lo miro a él. Cómo sonríe cuando intenta que Salva se calle. Cómo baja la cabeza, medio avergonzado. Cómo levanta la mirada otra vez para encontrarme. Y entonces me sonríe. Tiene una sonrisa preciosa.
El camarero vuelve con otra botella de vino.
Las conversaciones arrancan otra vez todas al mismo tiempo.
Pamela se ríe tan fuerte que varias personas giran la cabeza para verla.
Martina me da un golpecito en la rodilla por debajo de la mesa como diciendo: “míralo.”
Lo miro y, sinceramente, no quiero estar en ningún otro sitio.
…
Salimos del restaurante sin tener ni idea de qué hacer después. Bueno, en realidad sí la teníamos. Siempre pasa lo mismo. Alguien dice "una última" y, por algún motivo que desconozco, esa última nunca acaba siendo la última.
Terminamos caminando unas cuantas calles hasta un bar del que ya se escuchaba la música antes incluso de llegar a la puerta.
Nada más entrar siento cómo el aire se me pega a la piel.
Entre eso y las luces rojas que tienen puestas por todas partes, necesito unos segundos para acostumbrarme y dejar de sentir que estoy dentro de un videoclip.
No me despego de Pamela. No porque tenga miedo de perderme, bueno... un poco sí. Hay tanta gente que en dos segundos dejo de saber dónde está cada uno.
Martina va de la mano de Sergio riéndose por algo que, seguramente, no tenía ninguna gracia y aun así les hace reír durante cinco minutos, así es mi amiga, de risa fácil. Salva llega directo a la barra y empieza a pedir bebidas sin preguntar.
Leone desaparece enseguida. Entre abrazos, saludos y gente felicitándole, apenas le veo, aparece y desaparece.
Me apoyo en la barra intentando encontrar un poco de espacio para respirar cuando alguien aparece a mi lado.
—Demasiado ruido —vocifera Nico en mi oído.
Sonrío.
—Un poco.
Chocamos los vasos antes de beber.
—Me alegra conocerte por fin —dice mirándome de reojo.
—Lo mismo digo. No sabía que vendrías.
Asiente mientras juega con el vaso entre las manos.
—No podía faltar. Es nuestro veintinueve cumpleaños. Llevo tantos años fuera que cualquier excusa es buena para volver.
Siempre me hace gracia escuchar a alguien hablar de un sitio tan lejano con tanta normalidad.
—¿Te gusta vivir allí?
Se queda pensándolo unos segundos.
—Sí... pero echo de menos muchas cosas.
Miro hacia donde está Leone, rodeado de gente.
—Y esto es una de ellas —afirmo.
—Sí —asiente.
Nos quedamos observándole un momento. Está en el centro de un grupo escuchando a Sergio contar algo. Se echa hacia atrás cuando se ríe y en ese momento entiendo por qué todo el mundo acaba girando alrededor de él que él se dé cuenta.
—Le veo distinto —habla Nico casi para sí mismo—. Más feliz.
En ese momento Martina pasa por delante de nosotros prácticamente arrastrando a Sergio hacia el pasillo de los baños. Él protesta entre risas, pero tampoco hace mucho esfuerzo por soltarse.
Nico los mira y se ríe.
—Siempre pasa algo en los cumpleaños.
—Mientras no sea yo... —bromeo.
—Aún —me mira con una sonrisa pícara.
Le devuelvo la mirada esperando que añada algo más, pero simplemente levanta el vaso y bebe. Justo entonces aparece Leone delante de mí.
—¿Bailas?
No sé por qué me pongo nerviosa si solo me ha hecho una pregunta. Asiento y le cojo la mano que tiene tendida. Nos abrimos paso entre la gente buscando un hueco donde movernos sin llevarnos a alguien por delante.
Empieza a moverse él primero y yo intento seguirle sin parecer un palo.
Hay un poco de distancia entre los dos. La justa para que resulte cómodo.
Sus manos se apoyan con naturalidad sobre mi cintura marcando el ritmo.
Poco a poco esa distancia empieza a desaparecer sin que ninguno haga realmente nada.
Su mano sube apenas unos centímetros más por mi cintura.
La mía termina apoyándose sobre su pecho cuando alguien me empuja desde atrás y necesito mantener el equilibrio.
Hace muchísimo calor. Noto una gota de sudor bajándole por el cuello, pero sigue oliendo a colonia.
No sé cómo lo hace. Cuando me acerco un poco para hablarle, mi boca queda muy cerca de su oído.
—Estás sudando.
Se ríe.
—Sí.
No me aparto, y la verdad... tampoco tengo muchas ganas de hacerlo. Su respiración roza mi cuello cuando intenta decirme algo que no llego a entender. Aunque, siendo sincera, tampoco estoy prestando demasiada atención a las palabras. Ahora mismo lo único que quiero es que no se aparte todavía.
La canción cambia, no sé cuál empieza a sonar.
La verdad es que podría estar sonando cualquier cosa porque hace rato que dejé de prestarle atención a la música.
La pista se llena todavía más y el espacio que había entre nosotros desaparece por obligación.
Alguien me empuja por detrás y mi frente choca con la suya.
—Perdón... —murmuro, aunque ninguno de los dos se aparta.
—No me pidas perdón por algo que no ha sido culpa tuya.
Seguimos moviéndonos despacio, balanceándonos.
Su mano cambia de sitio, ahora descansa un poco más arriba, en mitad de mi espalda.
Yo deslizo la mano desde su pecho hasta el hombro.
Y, madre mía, qué mala idea. Porque en cuanto noto el calor de su piel bajo la camiseta, mi cerebro decide dejar de colaborar.
Intento mirar hacia otro lado. A la barra.
A la gente. De pronto veo aparecer a Martina con el pelo completamente desordenado y Sergio detrás intentando colocarse la camisa. Me rio para mis adentros.
—¿Lo estás pasando bien? —me pregunta Leone muy cerca de mi oído. Tan cerca que siento cómo sus labios me acarician.
—Mucho —gesticulo con la boca mientras le miro a los ojos y él me mira a los labios.
Seguimos bailando. A veces doy medio paso hacia atrás para respirar un poco y, sin darme cuenta, vuelvo a acercarme otra vez.
Otras es él quien reduce la distancia con cualquier excusa; los empujones, el sitio, etc. Mentira, sitio hay.
Lo que pasa es que ninguno parece tener demasiadas ganas de dejarlo.
Cuando la canción termina pienso que volveremos con los demás, pero él se inclina otra vez.
—Me alegro de que hayas venido.
Levanto la mirada y le veo sonriendo. Si supiera lo guapo que se pone cuando sonríe, estaría toda la vida sonriendo así.
—Yo también —contesto con una sonrisa.
Inconscientemente mis ojos bajan un segundo hasta su boca y me poseen unas ganas terribles de besarle. Espero que no se haya dado cuenta y subo la mirada tan rápido como puedo. Aunque por la forma en la que me está sonriendo, creo que ha sido totalmente consciente. Mierda.
Cada vez hace más calor. O quizá el calor ya no tenga nada que ver con el bar.
—Necesito salir un momento —le susurro acercándome otra vez a su oído.
Esta vez soy yo quien invade un poco su espacio. Siento cómo inspira despacio antes de responder.
—Yo también —asiente como si llevara varios minutos esperando que dijera exactamente eso.
Atravesamos la pista esquivando gente, vasos y algún que otro codazo.
Salimos del bar y, en cuanto la puerta se cierra detrás de nosotros, el silencio me golpea de repente.
Bueno... silencio relativo. Se sigue escuchando el murmullo de dentro y algún taxi pasando, pero después de estar allí metidos el aire de la calle sabe distinto.
—Mucho mejor —corroboro.
—Bastante.
Leone saca el paquete de tabaco del bolsillo.
—Tradición.
Me río.
Me acerca el mechero. Protege la llama con la mano mientras me inclino para encender el cigarro.
No hace falta acercarse tanto. Los dos lo sabemos, y a los dos nos da igual.
Cuando levanto la cabeza estamos tan cerca que pienso que si cualquiera de los dos avanzara apenas unos centímetros...
Sacudo ese pensamiento antes de que termine de formarse, porque últimamente mi imaginación tiene demasiada iniciativa.
Apoyo la espalda en la pared y él se queda justo enfrente, con la mínima distancia posible. Noto su cuerpo pegado al mío. Y aun así, la distancia me parece demasiada. Doy otra calada al cigarro mientras él rompe el silencio.
—¿Está siendo raro?
—¿El qué? —pregunto mirándole.
—Estar con toda mi gente.
Pensaba que se refería a cómo estamos actuando nosotros. La verdad es que, si me lo hubiera preguntado hace unas semanas, habría dicho que sí. Que me sentiría bastante fuera de lugar, pero no. Sorprendentemente no está siendo raro.
—Pues... no. La verdad es que me lo estoy pasando muy bien. Todos han sido muy majos conmigo —intento normalizarlo.
Se ríe.
—Te dije que te caerían bien.
—Sí, pero una cosa es que tú lo digas y otra que sea verdad —bromeo.
Tiene una sonrisa peligrosa.
—¿Siempre celebras así los cumpleaños? —pregunto para romper un poco la tensión que se está creando.
Su sonrisa desaparece un poco.
—El año pasado no hice nada.
—¿Nada? —pregunto frunciendo el ceño.
Niega con la cabeza.
—Estaba con Salma. No le gustaba demasiado que saliera. Decía que cuando me juntaba con mis amigos se me iba de las manos.
Intento imaginarle, pero no puedo.
—¿Y se te iba?
—Qué va. Si casi no salgo nunca —explica—. Pero tampoco tenía ganas de discutir el día de mi cumpleaños. Así que cenamos en casa y ya está.
Me sorprende ese conformismo, y no para bien.
—¿Y no te dio rabia? —pregunto intentando entenderle.
—Me convencí de que no —contesta dando una calada.
Me da mucha pena esa frase, porque todos nos hemos convencido alguna vez de que algo no nos importaba y casi nunca es verdad.
—Hoy es diferente —sonríe.
Nuestros ojos se encuentran.
—Sí —le devuelvo la sonrisa.
No sé quién acorta la distancia. Quizá los dos.