Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO VEINTIDOS
45%

CAPÍTULO VEINTIDOS

DON´T LEAVE – GIVĒON

No puedo ni siquiera respirar, hace un calor insoportable; no sé si prefiero la primavera y sus doscientos estornudos por segundo o tener que ducharme diez veces al día para poder sobrevivir.

—¡Indira! ¿Ya estás lista o qué? —me pregunta Pamela desde la cocina. Cuando asomo la cabeza por la puerta de mi habitación para contestarle, veo que se está haciendo un selfie apoyada en la encimera de la cocina.

—Que sí tía, que ya voy —contesto nerviosa.

Tengo en mis manos posiblemente uno de los regalos más especiales que he hecho jamás.

Leone cumple hoy 29 años y cuando nos invitó a su fiesta me pasé dias enteros pensando en que regalarle.

Hasta le pregunté a un cliente de la tienda que qué le regalaría a alguien que no es tu pareja pero que sois muy amigos, pero sin derechos claro.

Teníais que haber visto su cara mientras yo le estaba explicando todo esto con ojos de loca y moviendo las manos sin parar, intentando arreglar cada frase que decía y empeorándola más cada vez que intentaba arreglarla.

Al final, se me vino la idea a la cabeza, después de pedirle mucha ayuda al universo, este contesto. Y aquí estoy, con la libreta en una mano y el cuadro encima de mi cama. Todo hecho por mí, evidentemente.

Me he pasado semanas haciendo esa maldita libreta, he hecho absolutamente todo a mano, cada detalle, las hojas cosidas a mano, la portada, la contraportada, todo.

Me he pasado horas y horas después de cenar con las chicas, sentada en la mesa del salón, con todo el “tinglado montado”, como diría mi madre, mientras que Martina veía la serie de “Mi otra yo” y yo le hacía preguntas sobre la serie mientras cosía hojas.

Tengo que admitir que soy la típica que cuando está viendo una serie o una película, habla.

Habla mucho. Sí, ¿qué hago si tengo dudas?

Si me guardo las preguntas para luego, se me olvidan.

En fin, que después de muchas noches, tuve la libreta lista y como me parecía poco, decidí hacer lo que mejor se me da, pintar. Y aquí tenía claro lo que quería. Un recuerdo de Italia, porque no tenemos ninguna foto de allí, pero mi cabeza guarda cada recuerdo.

Salgo con el paquete bajo el brazo. Mis amigas están esperándome y por sus caras, creo que llevan mucho tiempo esperándome.

—¿Estás nerviosa? —pregunta Martina, ya de pie.

—Un poco.

No sé si el regalo es demasiado o si es justo lo que tiene que ser.

Salimos a la calle y no se mueve ni una gota de aire. Me sudan las manos, la cara, el escote y todo lo que pueda sudar. Estamos a finales de junio, pero a partir de 30 grados, ya no lo soporto.

—No lo pienses tanto —dice Pamela—. Si no le gusta, me lo quedo yo.

La miro de reojo.

—No tiene gracia —la reprendo.

—La tiene —se chocan la mano Pamela y Martina mientras se ríen.

Cuando llegamos al restaurante me quedo con la boca abierta.

Nunca había pisado un sitio tan caro y con tanta clase.

Es el típico restaurante donde tienes que ir más elegante que a la boda de tu prima.

Así que yo había apostado por un vestido largo de raso negro con un pequeño borde de encaje en el escote, unos tacones pequeños, pero de punta y mil joyas plateadas y grandes para darle mi toque entre tanta elegancia.

Martina iba con un vestido corto rojo que le sentaba increíble y Pamela había apostado por una falda negra y un top de lunares blanco y negro.

Estábamos preciosas, muy fuera de nuestra zona de confort, pero preciosas.

Nada más llegar nos preguntaron nuestros nombres para ver si teníamos reserva.

Leone se había encargado de todo y teníamos el mejor rincón del restaurante para nosotros.

Subimos unas escaleras acompañadas por un trabajador del restaurante y todo se abre frente a nosotras.

El restaurante parece suspendido entre la ciudad y el cielo.

Hay ventanales enormes que llenan el espacio, haciendo que el atardecer se cuele por cada rincón.

Las mesas son de madera clara, impecablemente vestidas, descansan junto a un largo banco tapizado en lino color marfil, cubierto de cojines que tienen pinta de costar más que un sueldo mío.

Pequeñas lámparas de luz cálida proyectan destellos dorados sobre las paredes, haciéndolo todo más íntimo.

Al fondo, un enorme ventanal circular enmarca las vistas de la ciudad como si fuese un cuadro.

El camarero nos acompaña a nuestra mesa y entonces le veo.

Va vestido con un pantalón de traje negro un poco más ancho de lo normal, una camisa negra, demasiado ajustada para sus costumbres y el pelo perfectamente despeinado con gomina.

Está… está… realmente guapo. Mi respiración se corta por un segundo cuando él gira la cabeza hasta donde estamos nosotras y la expresión de la cara le cambia por completo al poner sus ojos en mí.

La sonrisa brota de su cara de forma automática y, acto seguido, se disculpa con el hombre con el que estaba hablando para poner rumbo hacía nosotras.

Si antes estaba sudando, ahora mismo soy un río constante de sudor.

—Habéis venido —dice nada más llegar.

—Feliz cumpleaños —digo con una sonrisa nerviosa.

Nos abrazamos y su mano descansa en mi espalda.

—Gracias por venir —me dice mirándome a los ojos, aún sin quitar su mano de mi espalda.

Pamela y Martina le saludan y hacen bromas con él, todo es tan natural. Me gusta sentir que encaja en mi mundo.

—Venid —nos pide, tocándome la espalda, de nuevo, y colocándose a mi lado mientras andamos hacía un grupo de gente.

—Indira. Pamela. Martina. Ellos son Sergio y Salva.

Sergio me da dos besos rápidos y antes de saludar a mis amigas me dedica una sonrisa que acto seguido acompaña con una frase:

—Por fin te conocemos —añade —ya nos estábamos replanteando si realmente existías o solo era fruto de su imaginación.

Salva asiente desde atrás.

—Sí, ya era hora —asiente antes de darme dos besos.

—Existo, podéis estar tranquilos —bromeo.

—No les hagas caso —me sugiere Leone y la sonrisa no se le borra de la cara.

Nos quedamos un rato más ahí, hablando de pie y con una copa de vino en la mano que nos ha ofrecido un camarero, cuando de repente empiezo a ver doble. No sé si es el vino, los nervios o una mezcla de ambas. Dos segundos antes de creer que me voy a desmayar, Leone me saca de mis pensamientos.

—Y este es Nico, mi hermano gemelo —añade entonces.

«Definitivamente a veces me paso de dramática, hipocondriaca o las dos cosas» pienso.

Nico me mira y sonríe. Son iguales pero no idénticos. Caminan igual, tienen estilos parecidos pero la sonrisa es totalmente distinta.

—Encantado —tiene la voz un poco más grave que Leone,

—Igualmente —contesto con una sonrisa y me doy cuenta de que, evidentemente al ser gemelos hoy es su cumpleaños también—. Felicidades —añado mientras el asiente con su cabeza dándome las gracias.

—Es el listo de los dos —salta Sergio.

—Y el guapo —añade Salva.

—Ventajas de ser el mayor —asiente Nico, orgulloso.

Leone le mira con mirada de hermano. La mirada de hermano que nunca es solo una mirada y que solo entiendes si tienes hermanos. Me lo explicó mi amiga Lena una vez y, desde entonces cada vez que estoy con dos hermanos me fijo y efectivamente, nunca es solo una mirada.

—7 minutos no te hacen ni el más listo, ni el más guapo, no cuenta —explica Leone con sorna.

—Cuenta para todo —se sostienen la mirada un segundo, de nuevo, la mirada de hermano.

—Me encanta que os peleéis por minutos —Pamela interviene.

—Llevamos haciéndolo veintinueve años —responde Nico.

Después de esta pequeña intervención, nos sentamos en una mesa larguísima, de estas en las que acabas hablando con alguien que está a cuatro sillas de ti porque es imposible escucharse de otra forma.

Ya hay copas de vino servidas, pan cortado y un ruido constante de conversaciones mezclándose unas con otras.

Me agacho un segundo para dejar el cuadro apoyado contra una de las patas de la mesa y guardo la libreta dentro del bolso.

No porque no quiera que la vean. Bueno… un poco sí.

Mientras todos empiezan a hablar, yo hago una de las cosas que más me gusta hacer cuando llego a un sitio donde no conozco a casi nadie: observar.

En la mesa hay un poco de todo. Amigos de Leone, amigos de Nico, gente que conozco de oídas y gente que no había visto en mi vida.

A la derecha de Leone está su editor. Enfrente, una amiga de Nico de la universidad.

Un chico que no deja de mover las manos mientras cuenta una historia —estoy casi segura de que es el mejor amigo de Nico— porque si deja de gesticular cinco segundos igual explota.

No sé cómo hay gente capaz de contar una anécdota usando solo palabras. Yo tampoco podría.

Leone va hablando con todos. Escucha, sonríe, hace alguna broma y vuelve a escuchar.

Se nota que está cómodo. Muy cómodo. De vez en cuando levanta la mirada y me encuentra entre toda la gente.

No lo hace todo el rato, menos mal, porque bastante nerviosa estoy ya.

Pero sí las suficientes veces como para que cada vez que nuestras miradas se crucen note a mi estómago haciendo cosas raras.

Pamela ya está metida de lleno en una conversación sobre libros. No sé cómo lo hace. Le das diez minutos y ya parece amiga de toda la mesa. Martina está preguntándole a Salva por un viaje que hicieron hace años él, Sergio, Nico y Leone. Yo intervengo cuando me sale. Sin obligarme.

Cuando Leone vuelve a sentarse a mi lado, me inclino un poquito hacia él.

—Luego te doy tu regalo.

Él me mira y sonríe.

—No hacía falta. Con tenerte aquí me vale.

Ay, no.

—Soy demasiado detallista como para regalarte solo mi presencia el día de tu cumpleaños —bromeo.

Se ríe.

—Eso suena bastante convincente.

No aguanto más y saco los dos paquetes intentando que el momento pase desapercibido. No sé por qué lo hago con tanto misterio. Parecemos dos personas intercambiando algo ilegal debajo de la mesa.

Se los acerco.

—No lo abras aquí —le pido.

—Vale —responde mirándome con atención.

Y ya está. Ni una pregunta. Menos mal, porque si me llega a preguntar por qué, habría improvisado la peor excusa de la historia. Tengo ese don. Cuanto más nerviosa estoy, peor miento.