CAPÍTULO VEINTIUNO
HOLD ON – CHORD OVERSTREET
Después de ver a bruno, todo se ha removido en mí.
Él es un puente entre lo un día hubo y ya no hay, un recuerdo con piernas.
Ver a Bruno, escuchar su voz, recordar que Jairo sigue existiendo en otros espacios, me ha recordado que el proceso no es lineal.
Que puedo estar bien un martes por la tarde y sentir que me falta el aire un jueves por la noche.
Pensaba que no sería para tanto, pero me hace darme cuenta de que en todas las historias hay dos versiones, dos formas de vivir la misma historia y que durante meses no he parado de hacerme la víctima, de hablar con mis amigas sobre lo mal que Jairo hacía algunas cosas.
Pero no todo ha sido así, ni muchísimo menos, sino este dolor no me perseguiría durante meses.
Jairo y yo nos conocimos de la manera más estúpida, lo pienso y sonrío, porque el destino puede llegar a ser muy gracioso.
Cuando nos vimos por primera vez sentí cosas que nunca había sentido.
Ya le conocía, o así lo sentía mi alma. Y todo fue rodado, éramos el uno para el otro, era una versión de mí, pero en masculino.
Nunca discutíamos al principio, siempre nos quisimos de la forma más bonita que existía y ahí es donde empezaron los miedos.
El miedo que me consumía por perderle y el miedo que le paralizaba por perderme.
Ahí fue cuando todo empezó a irse a la mierda.
Pero aún recuerdo sus manos sobre mi pelo cuando me hacía todos los días una trenza antes de dormir. Como sus manos y sus ojos me buscaban cada vez que estábamos cerca. Como sus labios siempre tenían un beso guardado para cualquier parte de mi cuerpo. Como me cuidaba, me incluía y me priorizaba.
Todas estas cosas estuvieron presentes hasta el último día, pero cuando el miedo te controla, empiezas a pasarlas por alto, a solo fijarte en lo que falta y no en lo que siempre has tenido.
Nos venden las rupturas como algo fácil que se supera sentándote en el sofá y comiéndote una tarrina de helado mientras ves por octava vez Bridget Jones, pero eso está muy lejos de la realidad.
Me meto en la cama y el colchón se hunde solo de un lado.
Me giro hacia el otro y no hay nadie. Parece una tontería, pero lo que más echo de menos es despertarme con él.
Jairo siempre se despertaba antes que yo.
Se quedaba un rato en silencio, medio dormido, y luego se acercaba por detrás, me apartaba el pelo del cuello con cuidado y me daba besos en la espalda.
A veces yo fingía que seguía dormida solo para que durara más.
Sentía su respiración caliente, su mano apoyada en mi cintura. Eso es lo que echo de menos.
Pensaba que lo estaba superando porque ya no lloro todos los días, porque puedo hablar de él sin llorar, porque incluso puedo reconocer que no estábamos funcionando como deberíamos, aunque todas las parejas pasan por momentos así, la diferencia con nosotros es que no se rinden.
Pero por mucho que intente razonar mi cuerpo sigue esperándole.
Lo que más me duele no es imaginarlo follándose a otra, es imaginarlo despertándose sin mí. Imaginar que ahora aparta otro pelo del cuello a alguien que no soy yo y repite los mismos gestos con otra espalda.
Me pregunto si lo que echo de menos es a Jairo o esa versión de mí.
Hay días en los que casi no pienso en él y luego llega una noche como esta y la nostalgia se sienta a mi lado en la cama, en el lado que le pertenece.
Quizá sanar no sea dejar de echar de menos. Quizá sea aprender a acostarte con el hueco de la cama vacío y no sentir que te va a tragar, que eso va a acabar contigo.
Y otra cosa que me duele es el no tener ganas.
Ni de salir con nadie, ni de acostarme con nadie, ni siquiera de imaginarlo.
Y eso no se parece a mí, siempre he sido de las que se lanzan, de las que dicen que un cuerpo cura otro cuerpo, de las que se convencen de que el deseo es una forma de avanzar.
En mis otras rupturas fue así. Lloré lo justo y después busqué otra piel para no pensar demasiado.
Funcionaba. O al menos entretenía. Ahora no.
Lo del beso con aquella chica en el cumpleaños de Pamela no significo nada, simplemente fue el alcohol, la música alta y una boca cerca. Ni siquiera recuerdo bien su cara.
Y desde entonces, nada. Estoy cerrada. Intento imaginarme desnuda con otro cuerpo, que otros ojos me miren y la imagen se me cae a los pocos segundos.
No tengo hambre, ni siquiera conmigo. Me miro, me toco a veces por costumbre, por comprobar si sigo aquí, y no siento lo de antes. El deseo se ha escondido en algún sitio y no sé dónde buscarlo.
Y me preocupa.
Porque no me reconozco en esta versión paralizada. No me reconozco en esta indiferencia. Siempre he sido intensa, incluso imprudente.
Con Leone hay tensión, sí. Mi cuerpo reacciona. Lo sé, pero me asusta. No porque no quiera, sino porque no sé cómo hacerlo. No sé qué hacer con una chispa cuando todavía estoy llena de ceniza.
Quizá no es falta de deseo. Quizá es miedo.
Miedo a compararlo todo. Miedo a dar un paso y descubrir que sigo rota. Miedo a que el sexo, en vez de aliviar, me confirme que nada es como antes. Nunca había tenido que reaprender con mi propio cuerpo. Y ahora estoy aquí, intentando entender por qué no responde.
No quiero forzarme, pero tampoco quiero quedarme congelada para siempre.
Supongo que esto también forma parte del duelo. No solo llorar o recordar. También dejar que el cuerpo vuelva cuando esté listo.
Y quizá lo esté antes de lo que creo. O quizá no.