Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

STUPID SONG – OLIVIA RODRIGO

Salgo de la tienda demasiado cansada, con los hombros cargados después de ocho horas de música en bucle y probadores que se abren y se cierran.

Me suelto el pelo mientras camino hacia el metro y el aire está repleto de polen.

Me encanta la primavera pero que mal lo paso.

Me pican los ojos desde hace días y estornudo cada cinco segundos.

—Vaya timing.

Levanto la cabeza después de mi cuarto estornudo desde que pisé la calle. Bruno está apoyado en una farola y tiene los ojos rojos.

—No me digas nada —le digo señalándome la cara—. Voy hasta arriba de antihistamínicos.

Se ríe.

—Yo voy a tres estornudos por minuto. Es oficial, ha llegado la primavera.

Nos miramos un segundo, me siento rara, incómoda, esta situación está cargada con todo lo que no hemos hablado desde que lo dejé con Jairo.

—¿Tienes prisa? —pregunta.

Miro el móvil. No tengo nada urgente. Y, en el fondo, sé que esto iba a pasar tarde o temprano.

—No. ¿Una cerveza? —propongo.

Acabamos en una terraza pequeña de un bar cualquiera de Madrid con mesas redondas de metal que cojean un poco. Pedimos dos cañas. Bruno se suena la nariz mientras yo me rasco el antebrazo, entre los dos no hacemos uno.

—Qué bien te queda el pelo así —dice, señalando el corte nuevo.

—Gracias. Necesitaba un cambio.

Él asiente. Empezamos hablando de cosas normales como el trabajo, de un viaje que quiere hacer en verano o de lo pesada que está Madrid con las obras.

Nos reímos cuando estornudamos casi a la vez.

La cerveza entra fría y me calma el cuerpo y la alergia.

Y entonces llega el silencio que sabía que iba a llegar.

Bruno deja la caña en la mesa. Juega con el posavasos.

—Oye… —empieza, y ya sé por dónde va—. Lo siento mucho.

—Gracias —respondo.

—Te prometo que nadie se lo esperaba. O sea… yo al menos no. Siempre os veía… —se detiene—. No sé… con tanto amor.

Me encojo de hombros.

—Yo también lo pensaba.

Bruno suspira.

—No he sabido cómo hablarlo contigo. Ni con él. Me he sentido un poco en el medio y no quería meter la pata.

Lo miro y noto su incomodidad.

—No estás en medio —le intento consolar—. Y tampoco tienes que posicionarte.

—Ya, pero sois mis amigos los dos —espera una respuesta que no le puedo dar—. ¿Cómo estás? —pregunta al fin.

Una pregunta simple de hacer, pero difícil de contestar cuando te la hacen de verdad y no por quedar bien.

Pienso en Leone un segundo, en su risa, en cómo me siento cuando estoy con él.

Y noto el impulso de decirlo, de contar que no todo está tan oscuro, pero también sé que Bruno sigue viendo a Jairo y que una frase mal colocada puede viajar rápido.

Más por inercia que por maldad. Así que decido no nombrarle.

—Hay días mejores —contesto—. Y otros que no tanto.

Bruno asiente.

—Él tampoco está… —empieza, y se calla.

Levanto una ceja.

—No hace falta que me cuentes nada.

—No, ya. Solo que… tampoco ha sabido gestionarlo. Ha hecho cosas mal pero no vengo a defenderle ni a justificarle.

—No necesito que nadie le defienda —digo, y me sorprende lo tranquila que suena mi voz.

No estoy temblando. No tengo ganas de llorar. Eso ya es un paso. Venga Indira, eres la hostia tía.

Bruno da un trago largo a su caña.

—Sé que no es de mi incumbencia, pero… te quería mucho. Eso lo sé.

Me río irónicamente.

—Cuando quieres a alguien lo importante no es la cantidad, sino como lo haces.

—Me dio pena —añade Bruno—. Porque cuando os miraba sentía envidia de esa conexión. Es tan difícil encontrar eso en una persona.

No me gusta esa frase, pero decido guardarme la opinión para mí, cosa que debería de haber hecho él con la suya.

—Yo también lo pensaba, pero él ha tardado dos semanas en irse con esa, ya lo sabes.

Y ahí está, ya lo he dicho, ya lo he soltado. Bruno me mira con cuidado y torpeza.

—Indi…

—No pasa nada —le corto, pero no enfadada, simplemente cansada—. Es un dato, no una opinión.

Juega con el borde del vaso.

—No sé qué decirte.

—No hace falta que digas nada, de verdad.

—No fue así de simple —intenta explicarme Bruno—. O sea… no fue que cortarais y al día siguiente…

No quiero detalles, ni cronologías, porque nada de eso va a hacer que mi dolor disminuya, ni el que sigue presente ni todo el que he pasado.

Se inclina un poco hacia delante.

—Él está perdido, ¿sabes? No justifico nada —repite— Solo… está perdido.

Me sale una risa pequeña, porque no sé qué decir, estoy enfadada con él, pero tampoco quiero que esté mal, es lo último que le deseo.

—Eso no me consuela.

—Ya —se queda callado un segundo— no supe cómo llamarte —vuelve al tema—. Me parecía invasivo y tampoco quería hacer como si no hubiera pasado nada.

—Hiciste lo que pudiste.

—¿Estás enfadada conmigo?

La pregunta me sorprende.

—No. ¿Por qué iba a estarlo?

—Porque sigo viéndole.

Ahí está. La culpa.

Respiro hondo.

—No tienes que elegir bando. No somos un divorcio con custodia compartida.

Sonríe, aliviado.

—Gracias.

Termino mi cerveza y dejo el vaso en la mesa.

—Lo que me duele no es que esté con ella —añado, mirándolo otra vez—. Es que yo estaba luchando por algo que ya no existía y él no tuvo el valor de decírmelo.

Bruno asiente.

—Eso sí te lo compro.

Me pican los ojos otra vez. No sé si es el polen o la conversación.

—¿Sabes qué es lo peor? —digo, más para mí que para él—. Que yo seguía defendiendo nuestra historia delante de todo el mundo. Incluso cuando ya me estaba quedando sola.

Bruno baja la mirada.

—Nunca te vimos sola.

—Porque yo no quería que se notara.

El aire se mueve y me trae olor a azahar de algún árbol cercano. Todo floreciendo y yo hablando de lo que se marchitó hace meses.

Bruno se levanta cuando ve que empiezo a recoger el bolso.

—¿Te acompaño un tramo?

Asiento.

Caminamos sin hablar más de Jairo. Comentamos una terraza nueva, un perro que ha pasado con un abrigo que probablemente cueste más que la ropa que llevamos puesta nosotros, una señora que casi nos atropella con un patinete eléctrico. Cosas normales de un paseo por Madrid.

En la esquina donde nos separamos, se detiene.

—De verdad —dice—, siento no haber estado más. Espero que sepas lo mucho que te quiero.

No lo hizo con maldad, y lo sé. Lo hizo desde la torpeza y el miedo a equivocarse.

—Estás ahora y eso vale —le contesto—. Y yo también te quiero mucho, tonto.

Me abraza fuerte y antes de que se separe, soy yo la que aprieta un poquito más.

Cuando ya me he separado de él, pienso en todo y tengo la necesidad de contárselo, así que, después de semanas sin hacerlo, lo hago. Grabar audio.

—Hola —empiezo—. He estado tomando algo con Bruno, nuestro Bruno —hago una pausa corta—.

Y me ha contado que estás perdido. Y cuando lo ha dicho…

he sentido algo raro aquí —me llevo la mano al pecho sin darme cuenta—.

Como si el corazón se me parara un segundo…

y luego volviera, pero más lento —noto como el corazón se acelera de nuevo antes de decir lo que voy a decir—.

Odio que estés mal, perdido o sin encontrarle sentido a la vida.

Siempre lo he odiado… y siempre he sido mala gestionándolo, ¿sabes?

Como que no sé qué hacer con eso… contigo así —me paro en un semáforo y espero hasta que esté en verde para poder cruzar.

—Pero ahora, siento impotencia —continuo—.

Impotencia de saber que estás así… y que yo no estoy ahí.

Que no puedo sentarme a tu lado… o mirarte…

o decirte algo que realmente te calme… o proponerte ver una película para que te despejes.

No lo sé —el semáforo se pone en verde y mientras paso, dejo que mi mente ponga en orden las palabras—.

¿Por qué cuando una relación se acaba siempre decimos “espero que seas feliz” …

y no decimos “espero que tengas paz mental, que encuentres tu camino y que descubras quién eres”?

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