Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

THAT´S SO TRUE – GRACIE AbrAMS

La puerta se cierra y el silencio tarda un segundo en desaparecer. Pamela gira la llave y se queda apoyada en ella, mirándome con una sonrisa peligrosa.

—Bueno.

—No —digo, quitándome los pendientes mientras camino hacia el salón—. No empecéis.

Martina ya está en el sofá, con el pijama puesto y las piernas recogidas debajo del cuerpo.

—Empezamos.

Me dejo caer en el sillón individual. Me suelto el pelo. Me arden un poco las mejillas, no sé si por el vino o por todo el día, o una mezcla de ambas.

Pamela aparece con una manta y tres copas, porque esta mujer nunca tiene bastante.

—Vale —dice sentándose en el suelo frente a mí—. Opiniones oficiales.

—Parecéis un jurado.

—Lo somos —responde Martina.

Silencio breve. Me miran.

—Es muy educado —empieza Pamela sacando dedos de la mano—. Y atento. Ha traído bombones y tarta de queso para ti.

—Eso suma puntos —añade Martina.

—Jairo trajo vino caro una vez —compara Pamela.

—Y se lo bebía él —remata Martina.

No puedo evitar reírme.

—No comparéis.

—Tenemos que comparar —dice Pamela levantando las manos—. Es inevitable.

Me encojo de hombros.

—No son lo mismo.

—Exacto —afirma Martina—. No son lo mismo.

Martina me mira para ver hasta qué punto esto me puede estar afectando.

—Leone escucha —continúa sacando dedos de la mano—. No interrumpe para hablar de sí mismo. Te mira cuando hablas.

Trago saliva.

—Jairo también lo hacía.

Las dos se miran con esa cara de “sabemos que no”.

—Al principio —corrige Pamela.

No respondo.

Pamela se inclina hacia mí.

—Indi, no es que uno sea mejor que otro como persona universal, es cómo estás tú con él.

—¿Y cómo estoy?

—Más suelta —responde Martina sin dudar—. Más tú.

—Hoy te has reído mucho —añade Pamela—. No estabas pendiente de gustar.

Eso me molesta un poco.

—Yo no estaba pendiente de gustar con Jairo.

Las dos levantan una ceja al mismo tiempo. Me cruzo de brazos.

—Vale. A veces.

—Todo el rato —me corrige Martina, pero sin mala intención.

Me quedo callada.

—Con Leone no parece que estés intentando que todo esté perfecto todo el tiempo —continúa Pamela—. Estáis ahí y ya.

—Es que no tiene nada que ver.

—Eso es lo bonito —dice Martina.

—Y es guapo —añade Pam con una sonrisa pícara.

—Pamela.

—¿Qué? Es verdad, no es mi tipo porque tiene algo que le cuelga entre las piernas, pero, tía, es muy guapo.

No puedo evitar soltar una carcajada.

—Es interesante y está buenísimo —corrige Martina.

—Touché —sentencia Pamela.

Niego con la cabeza mientras noto que me sube el calor al cuello.

—Sí, está buenísimo, pero no ha pasado nada entre nosotros, así que podéis parar de comportaros como si fuese mi novio o tuviese intenciones de que lo fuera.

—Ya lo sabemos —comenta Martina—. Y nos parece bien.

Eso me sorprende, cualquiera lo diría. Si no fuese porque conozco a la perfección a mis amigas, pensaría que Leone las ha pagado para que me den este sermón.

—¿Sí?

—Sí —responde Pamela—. Porque las cosas de palacio van despacio, y aunque nunca pase nada, se nota que te hace muy bien.

—Con Jairo era una intensidad constante —compara, de nuevo, Martina—. Mucha montaña rusa. Mucho todo o nada.

—Y tú estabas agotada —añade Pamela.

Me acomodo en el sillón. Me abrazo las piernas.

—Con Leone también hay tensión —digo bajito para que no se emocionen demasiado.

Las dos se miran con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡¿En serio?! —ironiza Pamela riéndose—. No nos habíamos dado cuenta.

—Sois tontas —me rio, pero a la vez la vergüenza sube por todo mi cuerpo.

Cuando el ataque de risa se ha calmado, aparece el miedo.

—Me da un poco de miedo, si os soy sincera —confieso.

—¿Qué?

—Equivocarme otra vez. Pensar que algo es de una forma y que luego no lo sea.

Pamela se levanta y se sienta a mi lado. Me pasa el brazo por los hombros.

—Eso no lo puedes controlar.

—Ya.

Martina se inclina hacia delante.

—La diferencia es que ahora no estás intentando llenar un vacío. Estás conociendo a alguien por pura casualidad.

—No quiero que nada vuelva a dolerme así —murmuro.

—No va a doler igual —asegura Pamela.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tú ya no eres la misma.

Eso me deja callada porque tiene razón, ya no soy la misma, pero no solo porque haya pasado el tiempo o porque las cicatrices se hayan ido cerrando.

No soy la misma ni siquiera que ayer. Hay días en los que avanzo un paso sin darme cuenta y otros en los que retrocedo dos, pero incluso cuando retrocedo, soy capaz de identificarlo.

El dolor puede volver. Sería ingenuo creer que no.

Pero tampoco volverá a encontrar a la persona que encontró entonces.

Aquella versión de mí no sabía cuánto podía resistir, ni cuándo debía marcharse, ni cómo volver a levantarse después de romperse.

Yo sí. Tal vez siempre quede un rincón de mí que tiemble cuando algo se parezca demasiado a lo que una vez me hizo daño, pero el miedo ya no decide por mí, porque Pamela tiene razón.

No soy la misma. Y mañana tampoco lo seré.

Cada día hay algo que muere y algo que nace dentro de nosotros.

A veces es imperceptible pero otras… otras es una revolución entera.

Pero nunca volvemos a ser exactamente quienes fuimos.

Quizá por eso el dolor nunca vuelve de la misma manera.

No porque él cambie, sino porque nosotros, incluso sin querer, ya lo hemos hecho.

Martina estira los pies y me roza con ellos.

—A mí me ha gustado —admite—. Y me gusta cómo te mira.

Levanto la cabeza.

—¿Cómo me mira?

Pamela sonríe.

—Como si no le importara quedarse a vivir en tus ojos.