Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

FALLINGFORYOU – THE 1975

La primavera llega poco a poco.

Han pasado dos meses desde lo de Toledo y no ha ocurrido nada que se pueda contar como un acontecimiento desde entonces.

En mi vida solo ha habido rutina, trabajo, lavadoras, alguna comida con Leone y poco más.

Estos dos meses han sido tranquilos. Extrañamente tranquilos.

Jairo ya no ocupa cada rincón de mi cabeza, sigue visitando mi mente en momentos específicos del día, pero ya no me condiciona el día. Es más, una sombra que un golpe.

Leone se ha ido quedando, como un gran amigo.

Hoy viene a cenar a casa y es la primera vez que va a conocer a Pamela y a Martina.

Te mentiría si te digo que no llevo toda la tarde fingiendo que no estoy nerviosa, cuando la realidad es que estoy que me subo por las paredes.

Y para colmo, Pamela lo ha convertido en un evento canónico.

—No voy a interrogarle —ha dicho—. Soy más de observar, ya lo sabes.

«Eso es peor» pienso.

Martina ha comprado vino “del bueno”, según ella, y se ha tirado todo el día preguntándome qué le gusta de comer, como si yo lo supiera todo.

Estoy en mi habitación, con el armario abierto. Me pruebo una camiseta. Me la quito. Me pongo otra. No quiero parecer que me he arreglado demasiado, pero tampoco quiero parecer que me da igual.

Es ridículo. Es solo una cena, pero no lo es. No es solo que venga a casa, es que entra en mi espacio, en el piso donde he llorado, donde he reído, en la cocina donde mis amigas me han recordado quién soy tantas veces. Es que esto es un paso muy grande que no sé si debería haber dado.

Escucho el timbre y se me acelera el pulso.

Pamela me mira desde el sofá con una sonrisa que no me gusta nada.

—Voy yo —dice.

—Ni se te ocurra —respondo, caminando ya hacia la puerta mientras termino de ponerme el pendiente que me quedaba.

Respiro antes de abrir. Y ahí está. Lleva una chaqueta fina, una camisa negra y el pelo un poco revuelto.

—Hola —me saluda con esa sonrisa que, una vez más, tiene guardada para mí.

Y el mundo no se mueve, pero yo sí. Huelo su colonia, que ya me resulta tan familiar y me recuerda tantos buenos momentos.

Dicen que los olores son la memoria más fiel que existe, y lo entiendo.

No, no solo lo entiendo, lo corroboro. Me quedo tan paralizada pensando en esto que me olvido de que tengo que apartarme para dejarle entrar.

—Pasa, pasa —digo apartándome de inmediato.

Menos mal que no quería que se me notaran los nervios. Indira 0 - Nervios 63.137.

Entra, por fin y se quita la chaqueta que acto seguido dobla antes de dejarla en el respaldo de la silla, detalle que Pamela registra desde el sofá con precisión quirúrgica.

—¡Chicas! —exclamo—, él es Leone.

—Por fin —suena Pamela, levantándose—. El famoso Leone.

—Hola, ¿qué tal? —Martina saluda con una sonrisa de oreja a oreja.

Leone levanta la bolsa.

—He traído bombones. No sabía de qué os gustaba, así que he ido a lo clásico.

—Bien jugado —dice Pamela, cogiéndolos.

—Y… —añade él, mirándome un segundo— pensé que a ti te gustaría más esto.

Me tiende una caja negra pequeña.

—No me digas…

—Tarta de queso, sé que no te gusta el chocolate —añade guiñándome un ojo. «Son las nueve y media de la noche y ya he perdido las bragas».

Nos sentamos a la mesa. Pamela ha hecho pasta al pesto, como guiño a Italia y Martina ha preparado una ensalada que nadie va a tocar mucho, pero lo ha hecho “porque queda bien en la mesa”, palabras literales de mi amiga.

Mientras Pamela sirve la pasta, yo sirvo el vino intentando que no se me note que estoy más pendiente de él que de la copa.

—Así que, escritor —rompe el hielo Pamela, apoyando los codos en la mesa—. Eso suena interesante.

—Depende para quién —responde Leone.

—Para mi amiga, sobre todo.

—Pamela —murmuro.

Él sonríe, pero no entra al juego.

—Indira habla mucho de vosotras —comenta, mirándolas a las dos—. Sé que compartís piso desde hace años.

—Eso es verdad —confirma Martina—. Hemos sobrevivido a todo.

—Incluidos exnovios nefastos —añade Pamela con una mirada desafiante.

Le doy una patada por debajo de la mesa. Pamela es la típica amiga protectora que, cuando conoce a alguien nuevo, le pone a prueba para ver cómo reacciona y poder psicoanalizarle.

—Eso siempre une más —apunta Leone dedicándome una mirada cómplice.

Empezamos a comer y la conversación se vuelve más tranquila, sin cuchillos volando por todas partes. Hablan del curso en Toledo, del damasquinado. Pamela quiere saber si de verdad era tan difícil. Leone gesticula intentando explicar cómo se incrusta el hilo de oro en el acero.

—Parece fácil cuando lo cuentan —afirma—, pero no lo es. Hay que tener pulso y, sobre todo, paciencia.

—Indira no tiene mucha paciencia —suelta Martina.

—Oye.

—Tiene la justa —corrige él, mirándome de reojo—. Pero cuando se lo propone, no hay nada que la pare.

Pamela le hacen un interrogatorio sobre vidas pasadas y sobre si de verdad hablan italiano en casa.

Me encantaría que se callaran de vez en cuando, sobre todo con cosas así, pero él responde sin hacerse el interesante, contando anécdotas de cuando eran pequeños, y parece no molestarle las preguntas ni darse cuenta de que le he contado esos detalles de su vida a mis amigas.

Se le da bien estar aquí con ellas y esto me hace sentir la mayor calma del mundo porque dos de mis mundos se han juntado y nada ha salido volando por los aires, al menos de momento.

Cuando saco la tarta de queso, Pamela aplaude.

—Este chico sube puntos.

—No estamos evaluando nada —la miró y si las miradas matasen...

—Yo sí —responde ella sacándome la lengua.

Seguimos hablando hasta que el vino se acaba y Pam propone poner música, Martina recoge los platos y Leone ayuda a mi amiga mientras yo voy fregando.

En la cocina, mientras enjuago los vasos Leone me ayuda a secarlos.

Alargamos la mano hacia el mismo trapo. Nuestros dedos se encuentran y ninguno de los dos lo suelta.

Levanto la mirada con cuidado y me doy cuenta de que sus ojos ya estaban clavados en mí.

El ruido del agua y el murmullo de mis amigas riéndose en el salón, es lo único que llena el silencio.

—Perdón... —murmura sin apartar la mano. Sus nudillos rozan los míos.

—No hace falta que pidas perdón —mi voz suena más bajito de lo que pretendía y tampoco aparto la mano.

Él sonríe. Su mirada baja un segundo a mi boca que inconscientemente humedezco. Él suspira. No sé si lo ha hecho de verdad o me lo he imaginado. Solo sé que, cuando vuelve a mirarme a los ojos, ya no soy capaz de racionalizar nada.

—Monopoly —grita Pamela, sacándonos de nuestra burbuja.

Los dos parpadeamos a la vez.

—No —se niega Martina, riéndose—. Esto siempre acaba mal.

—Aburrida.

Finalmente, él es el primero en apartarse.

—Será mejor que vayamos… —sugiere mirándome a los ojos.

Mientras lo sigo hasta el salón, todavía siento el calor de su mano en la mía, aunque hace varios segundos que ya no me está tocando.

Nos sentamos en el suelo alrededor de la mesa baja. Leone se quita el reloj y lo deja a un lado antes de coger una ficha.

—¿Qué soy? —pregunta.

—El perro —responde Pamela sin dudar. «Yo la mato».

—Perfecto —se conforma Leone con una sonrisa divertida. Menos mal que se lo toma con humor.

Yo elijo el dedal como siempre porque mi madre es modista y me hace ilusión, siento que así me va a dar más suerte. Martina coge el coche y Pamela, el barco, porque dice que así manifiesta uno.

Empezamos. Al principio todo son risas hasta que los billetes se reparten mal y discutimos por las reglas. Finalmente cedemos con las reglas y nos inventamos las nuestras propias. Leone juega concentrado, pero no es competitivo. Pamela, sí. Mucho.

—No puedes cobrarme eso, es abusivo —protesta Martina.

—Capitalismo, cariño —dice Pamela.

—Oye, por cierto… el otro día pasé por una agencia y vi un cartel del País Vasco y me acordé de ti.

Lo suelta así, removiendo las cartas de lo que ha comprado como si no estuviera diciendo nada importante. Yo estoy contando billetes y no levanto la cabeza.

—Ah, ¿sí? —finjo indiferencia.

—Sí —añade Martina—. Salía una foto de la ría.

Leone, que está colocando unas casas azules con demasiada precisión, nos mira sin entender nada.

—¿Qué ría?

—Mundaka —contesta Martina.

Yo dejo los billetes en un montón,

—Hacía siglos que no escuchaba ese nombre —afirmo.

—Se obsesionó fuerte —continúa Martina poniéndole al día a Leone—. Había semanas que no hablaba de otra cosa.

—No era obsesión —me defiendo, aunque sonrío—. Era mi sitio.

—Era intensidad —corrige Pamela—. Que es distinto.

Leone apoya los codos en la mesa.

—Pero ¿qué tiene?

Respiro.

—Es, bueno... era, mi sitio —corrijo—. Lo descubrimos de casualidad y desde entonces conecté mucho con el pueblo, con la gente, con el mar, las casas, todo era perfecto.

Como tu madre con Italia —le hago la comparativa para que pueda entenderme porque hay cosas que no tienen explicación por mucho que la busques—, allí he pintado más que nunca.

—Muchísimo —añade Martina—. Volvía con la libreta llena.

Leone asiente.

—Suena bien.

—Pues imagínate cómo es, las palabras y, a veces, las fotos se quedan cortas para según qué sitios —digo.

Pamela tira los dados.

—¿Y por qué no has vuelto?

Miro el tablero.

—Porque era nuestro sitio.

Leone baja la vista un segundo a sus billetes y se pone a ordenarlos.

—A veces los lugares se quedan pegados a una persona —sale Martina en mi defensa—. Y cuesta separar.

Asiento.

—A mí me pasó con Lisboa —cuenta Leone de repente.

Las tres lo miramos.

—Tardé años en volver. Pensaba que la ciudad iba a estar tomada por recuerdos, y lo estaba, pero también seguía siendo mía.

—¿Y no es raro volver a un sitio que se sentía de dos siendo solo uno? —pregunta Pamela con, diría, muy poco tacto.

—Sí —responde él—. Pero peor es evitarlo.

Yo juego con una carta entre los dedos.

—No sé si estoy lista.

Leone asiente.

—Cuando lo estés, deberías ir —sugiere Leone y se queda ahí, sin añadir un “te acompaño”, cosa que agradezco, supongo.

Pamela rompe la tensión tirando los dados con fuerza.

—Bueno, vale, basta de trauma vasco. Has caído en mi hotel de Gran Vía. Son 900, gracias.

—¿Perdona? —levanto la cabeza de golpe—. Eso es un robo a mano armada.

—Es lo que hay, cariño —dice, acercándome la tarjeta—. Paga.

Leone se ríe por lo bajo y mueve su ficha.

—Me encanta que estéis hablando de heridas emocionales mientras os arruináis sin piedad.

—Calla, que tú vas ganando —le reprocha Martina señalando su montaña de billetes.

—Porque invierto bien —responde él, encogiéndose de hombros.

—Porque tienes suerte —le corrijo.

Tiro los dados. Dobles.

—Toma ya.

—La vida te compensa —dramatiza Pamela.

—O me endeuda más.

Avanzo y caigo en una propiedad de Leone. Nos miramos.

—Son 350 —dice, serio.

—Invítame —le suelto coqueta.

—No mezclo negocios y amistad.

—Qué fuerte.

Me inclino hacia él, para coger la botella de vino que está a su lado y, al volver a mi sitio, estamos demasiado cerca por un milisegundo.

—¿Intentas distraerme, Indira?

—¿Está funcionando?

—Depende… ¿Cuál es tu estrategia?

Martina resopla.

—Os voy a cobrar por tensión ambiental.

Pago los 350 exagerando el gesto, arrastrando los billetes como si me doliera físicamente.

—Me estáis dejando pobre —lloriqueo.

—Eso te pasa por no invertir en el norte —contesta Pamela—. Te centraste demasiado en un único territorio.

La miro.

—Qué fina.

—Gracias querida —bromea.

Leone me mira fijamente pero enseguida vuelve al tablero.

Se hace un silencio diminuto que Pamela corta enseguida.

—¡Compro la estación! Preparaos putas.

—Estás desatada —dice Martina.

—Siempre, baby.

Leone me pasa un billete de cien por una carta que le debía y me roza los dedos sin querer. Martina lo ve y sonríe para sí.

—Venga, presos y empresarios, seguid jugando.

Apoyo la espalda en el sofá que está justo detrás de mí, miro el tablero lleno de casas, hoteles torcidos y billetes desordenados.

—Al final todo es eso —digo sacando mi lado de filósofa—. Comprar, perder, volver a empezar.

—Eso y saber cuándo no vender lo que es tuyo —añade Leone.

Lo miro. Esta vez no aparto la mirada de sus ojos y el tampoco.

Pamela tira los dados otra vez.

—¡Hotel en Paseo del Prado!