CAPÍTULO DIECISIETE
YOUNG - VACATIONS
Vuelvo a Madrid por la tarde con el corazón un poco más lleno que cuando me fui. Abro la puerta de casa y dejo las llaves en el cuenco del recibidor. Pamela está en el salón, sentada en el suelo, pintándose las uñas y Martina aparece desde la cocina con una cerveza abierta en la mano.
—¡Ya era hora! —exclama Pamela—. Ven aquí.
No me deja ni quitarme el abrigo, me coge del brazo como si fuésemos ancianas y me lleva hasta el salón, donde yo caigo rendida en el sofá.
—Bueno —empieza Martina—. Suelta.
Les cuento todo, pero tampoco hay nada interesante que contar.
—¿Y Leone? —pregunta Pamela, directa.
—Ha ido muy bien —respondo quitándole importancia—. Me he sentido muy cómoda.
Bueno, para mí no es tan interesante, solo me pone nerviosa estar cerca de él; confieso que separarme de él al llegar a Madrid me ha dado un poco de pena, y estos días con él han sido un respiro para mi alma,
pero digo lo justo para que entiendan que fue importante sin convertirlo en algo más grande de lo que quiero admitir que es.
Me miran porque saben leer los matices. Creo firmemente que es un don que nos otorgan a las mujeres al nacer.
—Enséñanos eso —dice Martina, señalándome el cuello.
Me quito el colgante y lo dejo en la mesa.
—Lo hizo él —explico—. Y yo le hice otro.
Pamela lo coge con cuidado.
—Es un poco feo —dictamina mientras se lo da a Martina para que lo vea—. Me encanta.
—Es un recuerdo —añado—. Y no es feo, tiene personalidad.
Martina se ríe. Me devuelve el colgante y me toca el hombro.
—Te hace bien ese hombre —dice—. Se te nota.
Prefiero ignorar lo que me ha dicho, así que me levanto para ir a la cocina y vuelvo con vino para las tres, aunque Martina se acababa de abrir una cerveza.
—Te gusta —afirma Pamela sin anestesia, vaselina, ni nada.
—Me importa —corrijo levantando el dedo índice para hacer más hincapié—. No es lo mismo.
Se hace un pequeño silencio que Martina rompe.
—¿Y Jairo?
Bajo la mirada un segundo.
—Sigue aquí —digo tocándome la sien—. No como antes, pero sigue.
Les cuento que ya duele menos decir su nombre.
Que ya no siento que me cierre la garganta cada vez que lo pronuncio, aunque tampoco puedo decir que haya desaparecido del todo.
Creo que el dolor nunca se va, solo cambia de forma o de sitio.
Un día deja de vivir en el pecho y se instala en algún rincón donde ya no molesta a cada segundo, pero sigue ahí, recordándote de vez en cuando que hubo alguien capaz de sacarte de ti.
Pamela se levanta y me abraza desde atrás.
—No pasa nada si no estás disponible —me tranquiliza—. No le debes claridad a nadie, solo a ti misma.
Asiento. Me dejo estar ahí un momento, con los brazos de mi amiga dándome amor. Luego me separo y me recuesto en el sofá.
—No sé qué va a pasar —admito—. Ni siquiera sé qué quiero que pase.
—Mejor —responde Martina—. Así no le das tantas vueltas.
Nos reímos y ellas me ponen al día de sus vidas. Vuelta a mi hogar.
Estos días con Leone han sido realmente reconfortantes.
Estar rodeados de arte otra vez me ha devuelto a esos días en Italia que fueron tan importantes para mí y que, sin darme cuenta, sigo usando como medida de muchas cosas.
Con él todo ha sido fácil. Las horas han pasado sin darme cuenta, sin tener que forzar nada y sin estar pensando todo el rato en qué decir o qué hacer después.
También ha habido momentos un poco tensos, no sé muy bien cómo describirlos. No se lo he contado a las chicas porque quiero que empiecen a montarse películas ni a leer entre líneas algo que yo todavía no sé ni como nombrar. Bastante lío llevo ya por dentro.
Lo que me pasa con Leone es raro. Me siento muy cómoda con él, pero no como solo somos amigos.
Es otra cosa que no sé qué nombre ponerle porque hay confianza, me siento en calma con él, pero también hay momentos donde todo mi sistema nervioso se altera por solo una mirada en el momento exacto y en una dirección peligrosa.
Podemos hablar de su ex y del mío sin que sea incómodo, y aun así hay momentos en los que quiero que me haga todo lo que mi cabeza imagina.
A veces tengo ganas de acercarme, de tocarle, pero otras veces me acuerdo de que no es Jairo y todo se me viene abajo, como si el cuerpo se adelantase y la cabeza tuviera que correr detrás para frenarle.
Lo único claro es que con él me siento en casa, que puedo desearle y también desahogarme, sin sentir que estoy pidiendo demasiado. Lo demás, supongo, será tiempo o no será nada.