Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

SIT DOWN BESIDE ME – PATRICK WATSON

Son las dos de la mañana y no soy capaz de encontrar la postura, llevo horas dando vueltas en la cama.

La conversación con Leone sigue rondándome en la cabeza.

Toledo, dicho en voz alta. Lo que significa.

Decirlo delante de alguien que me escucha de verdad se me hace demasiado raro, no estoy acostumbrada.

Me incorporo. Bajo los pies al suelo frío y cojo una manta que hay en el respaldo de la silla, me la pongo en el brazo, cojo el tabaco, el mechero y subo las escaleras que van hasta la azotea con cuidado de no hacer ruido para no despertar a Leone.

Abro la puerta pero no estoy sola, Leone está sentado en el suelo, encogido con la espalda apoyada en la pared. Tiene la capucha de la sudadera puesta y un cigarro entre los dedos.

Me quedo quieta un segundo. No me lo esperaba.

—Joder —digo sin pensar.

Él se sobresalta. Da un pequeño salto girando la cabeza al unísono.

—Hostia —responde llevándose una mano al pecho—. Me has matado.

Nos miramos y nos reímos bajito, para no despertar a los vecinos.

—¿Qué haces aquí? —pregunto.

—Podría preguntarte lo mismo.

Camino hasta él y me siento a su lado. El suelo está helado.

—No podía dormir.

—Yo tampoco.

Le doy un golpe suave con la manta en el hombro.

—Hace un frío horrible.

—Ya —dice—. Empiezo a arrepentirme de mis decisiones vitales.

Me río y, sin pensarlo mucho, lo envuelvo con la manta también. Nos queda pequeña. Mejor así. Demasiado cerca.

—Compartir manta a estas horas es como un pacto de sangre —suelta.

—O mala planificación.

Enciendo mi cigarro. El mechero ilumina mis manos.

—En Italia hacíamos esto —dice de pronto—. Pasar frío mientras fumábamos y hablábamos de todo cuando ya no había nadie despierto.

—Siempre acabábamos en conversaciones largas.

—Conversaciones incómodas, mejor dicho.

Sonrío sin mirarlo.

—Parece que la tradición sigue viva.

Asiente antes de dar otra calada.

—No podía dormir después de lo de antes. Lo que dijiste sobre Toledo, sobre él. No sé, como ya te he dicho, no tengo ningún sitio que lo sienta hogar, pero la sensación que describías al hablar conmigo se me hacía muy conocida.

Aprieto la manta con los dedos.

—Supongo que me pasa lo mismo, decir las cosas en voz alta las hace reales y no siempre es agradable.

—Sí —dice—. Al decirlas dejan de ser solo tuyas.

Silencio. Un minuto. Dos. Cinco.

—A veces pienso que mi forma de amar está mal —admite al fin—. Que siempre llego tarde o demasiado pronto, quiero cuando no toca.

No me giro, pero noto su mirada clavada en mí.

—¿Y cómo amas?

—Con todo —responde—. Sin saber parar. Y luego me pregunto por qué duele tanto cuando se acaba —aspira hondo. El humo le tiembla un poco al salir—. Mi última relación… —se detiene—. No sé cuándo va a dejar de doler. O si debería de doler tanto todavía.

Noto cómo mi garganta empieza a cerrarse, porque son las mismas dudas las que me persiguen por las noches.

—Yo tampoco lo sé —admito—. A veces pienso que ya debería estar mejor. Y luego hay días que no puedo ni respirar bien.

Se gira para mirarme de frente.

—Eso es lo que no te cuentan del amor —dice—. Que cuando se rompe, no se rompe a trozos, sino a trocitos diminutos.

—Ni rápido.

—Ni de la misma forma para los dos.

Sonríe cansado.

—Mira qué bonito —bromea—. El arte y los fracasos amorosos nos han traído hasta una azotea a las dos de la mañana.

—Planazo —respondo.

Nos reímos.

—Al menos —digo apoyando la cabeza en la pared— no estamos solos en esto.

—No —responde—. Y menos mal.

Se queda un segundo más mirando al frente, como si la ciudad tuviera las respuestas a sus preguntas. El cigarro se le apaga entre los dedos y no lo vuelve a encender. El frío empieza a colarse de verdad.

—Deberíamos bajar —digo, aunque me quedaría aquí con él todo el tiempo posible.

—Sí —asiente.

Pero ninguno nos movemos. La manta resbala un poco y, al recolocarla, mi mano roza la suya. Él baja la mirada hasta mi mano.

—Indira —dice, y se calla.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

Niega despacio, como si lo que iba a decir ya no le pareciera buena idea.

—Nada. Que… —vuelve a parar—. Gracias por la compañía.

Asiento mientras me acerco un poco más a la pared, buscando equilibrio. Él hace lo mismo hacia su lado. La manta ya casi no nos toca.

—Gracias a ti por estar —respondo.

Nos miramos entonces. De verdad. No como antes, no desde la calma.

¿Hay algo distinto en sus ojos o será la forma en la que los miro yo ahora?

Pienso en acercarme, pero no lo hago. Pienso en decir algo que no sea correcto, pero tampoco lo hago.

Él abre la boca, la cierra. Se pasa la mano por la nuca.

—Será mejor que duerma —dice—. Mañana es el último día del curso… y no quiero estar hecho polvo.

—Claro —me levanto primero. Sacudo la manta y se la alargo—. Quédate con ella. Yo entro en calor rápido.

La coge y nuestros dedos vuelven a coincidir. Esta vez sí se quedan un segundo de más.

—Buenas noches —dice al fin.

—Buenas noches, Leone.

Bajamos juntos hasta la puerta. La madera cruje bajo nuestros pasos, es el único sonido que nos acompaña y hace todo más incómodo. Frente al pasillo nos detenemos.

—Descansa —dice.

—Igualmente.

Nos quedamos ahí, de pie, sin despedirnos del todo.

Lo noto respirar hondo. Durante un momento pienso que va a decir algo más o que va a acercarse, pero no lo hace.

Asiente, se gira y entra en su habitación.

Cierra despacio y yo me quedo unos segundos mirando su puerta, con la esperanza de que vuelva a abrirse.

Después de un rato, entro en la mía. Apoyo la espalda en la puerta y dejo caer la cabeza hacia atrás.

…

El profesor empieza hablando antes de que nos sentemos. Tiene la voz gastada de quien ha repetido la misma historia muchas veces y aun así no se cansa. Hay personas que hablan de su trabajo y otras que hablan de aquello que les ha acompañado toda la vida. Él pertenece al segundo grupo.

Mientras nos cuenta algunas anécdotas sobre el damasquinado, descubro que no solo está explicando una técnica artesanal. Está hablando de una parte de sí mismo. En cada palabra se cuelan el cariño, la nostalgia y el orgullo de quien sabe que custodia un legado que merece la pena conservar.

Nos explica que, a principios del siglo XX, cuando el turismo empezaba a dejarse ver por Toledo con un poco más de frecuencia, la mayoría de quienes llegaban lo hacían por dos motivos muy concretos: la Iglesia y el ejército.

Los militares pasaban largas temporadas destinados en la ciudad y, cuando el fin de semana les regalaba unas horas de libertad, recorrían las calles del casco histórico sin prisa.

No había grandes entretenimientos como ahora, así que se limitaban a pasear y en esos paseos se detenían frente a los escaparates y acababan cruzando la puerta de algún taller de damasquinado.

Algunos entraban solo por curiosidad y otros salían con una pequeña pieza envuelta con cuidado entre las manos.

Y los que conseguían ahorrar un poco más aprovechaban para comprar un regalo.

Habla entonces de los clementinos, unos broches muy populares durante años en Toledo.

Estaban inspirados en los pequeños guerreros que aparecen en el convento de San Clemente.

No eran una copia exacta, pero recordaban a esas figuras.

Durante un tiempo se pusieron muy de moda y se vendían muchísimo.

Dice que era bastante común que en muchas casas hubiera uno guardado en un cajón o prendido en un abrigo.

Luego la historia cambia un poco de tono.

Explica que durante la guerra y los años posteriores el damasquinado también se utilizó para hacer regalos institucionales.

Piezas con símbolos franquistas que se entregaban a generales o a personas importantes.

Incluso llegó a hacerse un reloj enorme con la cara de Franco.

Durante un tiempo estuvo expuesto aquí, en Toledo, pero cuando llegó la democracia, explica el profesor, lo retiraron bastante rápido y desapareció de la vista.

Después cambia de tema y señala una curiosidad que hace que varios levantemos la vista.

Mucha gente piensa que las rejas de la catedral están damasquinadas, pero en realidad no es exactamente así.

Durante la guerra se cubrieron con una especie de betún oscuro y, como no era posible decorarlas con oro mediante el procedimiento habitual, se recurrió a otra técnica: la picadura de damasquinado.

Consistía en hacer pequeñas incisiones sobre el metal para incrustar después el oro en esas diminutas hendiduras.

No es el mismo proceso que se utiliza en una pieza tradicional, pero el resultado se parece lo suficiente como para que la mayoría de las personas no llegue a distinguir la diferencia.

De pronto sonríe, como si acabara de acordarse de una anécdota que nunca pierde la gracia.

Nos explica que, cuando el oro o la plata se incrustan sobre el metal, el martillo produce un sonido rápido, hueco y constante.

Un golpeteo corto que, si uno cierra los ojos, recuerda bastante al ruido de batir huevos en un cuenco.

Durante años, muchos visitantes que paseaban por las calles de Toledo escuchaban aquel sonido salir de los talleres y bromeaban diciendo que en la ciudad debía de gustarnos muchísimo la tortilla francesa.

Él se ríe mientras lo cuenta y acompaña las palabras con un gesto tranquilo de las manos sobre la mesa.

Nos ponemos a trabajar. Respiro hondo antes de seguir trazando la espiral que comencé ayer.

A mi lado, Leone frunce el ceño. De vez en cuando le miro de reojo. Tiene la lengua apoyada en el labio inferior, gesto de concentración absoluta.

—Esto es imposible —murmura—. No entiendo cómo lo hacen parecer tan sencillo.

—Nadie lo hace parecer sencillo —le digo—. Por eso engancha.

Se ríe bajito y vuelve a lo suyo.

Seguimos así un buen rato. Cuando levanto la cabeza, me doy cuenta de que el profesor nos observa desde lejos, sin decir nada. Asiente, satisfecho, y me devuelve a la pieza.

Termino la espiral y, como me temía, no es perfecta, se cierra un poco antes de lo que quería, hay un temblor al final, pero decido dejarla así, más que nada porque el tiempo se acaba e intentar arreglarla sería estropearla más.

Leone se incorpora y se frota las manos.

—Creo que lo he estropeado —dice.

—Déjame ver.

Se gira hacia mí y me enseña la placa. Tardo un segundo en entender la forma. Luego la veo. Un cisne o algo que intenta serlo. El cuello es demasiado corto y el cuerpo... raro.

—Es… —Empiezo.

—Un desastre —termina él.

Nos reímos a la vez.

—Me gusta —le digo—. Tiene personalidad.

—Eso dice la gente cuando algo es feo —replica poniendo cara de pena.

El profesor anuncia el final de la clase y, antes de empezar a recoger nuestras cosas, Leone se queda mirando su pieza un segundo y yo hago lo mismo con la mía.

—Oye —suelta de pronto—. Esto era para ti.

Levanto la vista.

—¿Cómo?

Me alarga el colgante del cisne torcido.

—Pensé que… no sé —continúa—. Que te gustaría... Algo hecho aquí. Un recuerdo de este finde. Aunque pensaba que iba a quedar mejor.

No digo nada. Cojo mi pieza y se la doy.

—Toma —le digo—. La mía es para ti.

Nos miramos. Luego miramos las piezas. Luego volvemos a mirarnos. La coincidencia hace que nos dé un ataque de risa. Tanto que alguien nos manda callar desde el fondo y siento que tengo 15 años de nuevo.

—Somos ridículos —dice.

—Mucho.

—Pero tiene gracia.

Asiento. Me cuelgo el cisne del cuello. Leone hace lo mismo con la espiral. Se toca el pecho, sorprendido.

—No es exactamente bonito —admite.

—No —respondo—. Pero es un recuerdo. Yyyyy, —alargó la pregunta porque me da vergüenza la respuesta—, ¿por qué un cisne?

—Porque los cisnes son mucho más fuertes de lo que aparentan —empieza—.

Todo el mundo se queda con lo elegantes que son, pero casi nadie piensa en todo lo que aguantan.

En muchas culturas representan el paso de una etapa a otra.

La capacidad de atravesar el dolor sin dejar de ser quién eres.

Se adaptan al frío, al agua, a los cambios...

También representan fidelidad —añade—. Desde la elección, es decir, estar porque quieres estar —se encoge un poco de hombros— me recuerdan a ti— señala entonces la espiral que acaba de colgarse al cuello—. ¿Y esto? ¿Por qué una espiral?

Sonrío.

—La espiral es uno de los símbolos más antiguos que existen —empiezo—.

No va hacia fuera, va hacia dentro. Y suele referirse a los procesos que no son lineales, de los ciclos que se repiten sin ser exactamente iguales —toco el metal que cuelga del cuello de Leone con la yema del dedo—.

No se cierra porque nunca termina, siempre hay movimiento, incluso cuando parece que estás quieto —vuelvo a mirarle a los ojos— para mí significa aprender a no huir de lo que te duele.

También me recuerda a alguien que piensa demasiado, que siente todavía más y que quiere con todo lo que tiene, aunque eso a veces le rompa por dentro.

Alguien que nunca deja de hacerse preguntas y… también me recuerda a ti.