CAPÍTULO QUINCE
COMETHRU – JEREMY ZUCKER
Salimos de la Escuela cuando ya empieza a caer la tarde. Mis manos están cansadas y mi cabeza tranquila, podría decir que esto es la clave de la felicidad, al menos para mí. Cierro la cremallera del bolso y respiro hondo al cruzar la puerta.
—Si te soy sincero —confiesa Leone mientras bajamos los escalones—, esto es mucho más difícil de lo que pensaba. No creo que mañana lo termine.
Le miro y me río.
—Ni de coña lo terminas —le digo—. Pero yo tampoco.
—¿En serio?
—En serio. Yo ya he asumido que el mío va a quedar regular.
—Me tranquiliza —admite—. Pensaba que era el único inútil.
—Aquí somos inútiles en grupo —bromeo.
—Bueno, entonces mañana fingimos seguridad.
—Como en todo —contesto estrechándole la mano.
Se ríe conmigo y me estrecha la mano.
Caminamos un rato en silencio, asimilando la tarde de hoy.
—¿Ducha rápida y salimos? —propone.
—Obvio —afirmo—. Si Toledo es bonito de día, de noche es… impactante.
Apenas cruzamos la puerta, cada uno se dirige a su habitación.
El agua caliente cae sobre mis hombros y resbala por la piel, llevándose el polvo del día, el frío acumulado.
Cuando termino, me visto rápido, porque no hay tiempo que perder.
La falda negra que me he puesto se pega a mis caderas.
La camisa de encaje se ajusta al pecho y a los hombros.
Me coloco los anillos, los pendientes largos me rozan el cuello cuando inclino la cabeza para alisar un mechón rebelde.
Mis ojos me observan desde el reflejo. Están apagados, más de lo que me gustaría, pero las ojeras no me molestan.
Mi cuerpo está cansado, lo noto en cada músculo, en la pesadez de las piernas, pero responde.
Sigue respondiendo. Es mucho de lo que podía decir hace unos meses.
Todavía recuerdo el día en el que Pamela y Martina me tuvieron que meter en la ducha, porque yo no era capaz de levantarme de la cama ni para ducharme.
Me recoloco la camiseta dentro de la falda, tiro un poco del bajo para colocar todo bien. Respiro hondo ignorando los recuerdos.
Cuando salgo del baño y cruzo el pasillo, Leone está apoyado junto a la puerta de la habitación.
Tiene el móvil en la mano con la pantalla encendida, pero no la está mirando, me está esperando.
Va vestido entero de negro con una camiseta ancha, pantalones rectos negros, también.
Lleva una sudadera negra doblada sobre el brazo que se va a tener que poner en cuanto crucemos la puerta de la calle y, en la cabeza, un gorro que, para sorpresa de nadie, es negro también. Es sumamente atractivo, dios mío.
Levanta la cabeza cuando me ve aparecer. Me recorre con los ojos de arriba abajo sin disimulo, despacio y se detiene un segundo más en los anillos, en los pendientes, en el encaje. Veo como humedece sus labios, y eso hace que de repente aquí dentro parezca verano.
—Vamos a juego —dice al final, enseñando apenas los dientes—. Los dos de negro.
Baja el móvil y lo guarda en el bolsillo. Da un paso hacia mí, se acerca suficiente como para que el collar que le cuelga del cuello quede a la altura de mis ojos.
—Te queda bien y —añade mientras se acerca a mi cuello para decirme — hueles demasiado bien.
Yo intento mirarle de arriba abajo, pero está tan cerca que ni siquiera puedo recorrerle con la mirada, así que lo único que me queda es mirarle a los ojos y asentir.
Cuando recojo toda la fuerza de voluntad que existe en mí, decidido que es momento de separarnos e irnos. Al abrir la puerta, el aire frío de la calle nos alcanza, cosa que agradezco después de este calor que me ha subido.
Caminamos hacia la catedral y Leone se queda parado al verla aparecer entre las calles.
—Es demasiado —dice.
—Lo es —contesto orgullosa.
Seguimos hacia Zocodover, donde todavía hay gente, demasiada si le preguntas a una toledana. Elegimos un sitio sin darle muchas vueltas y pedimos vino y algo caliente para comer.
—Hoy he sentido que no estaba pensando en nada más —dice Leone de pronto—. Solo en lo que estaba haciendo.
—Eso es lo mejor que tiene el arte —respondo—. Te hace conectar con tu parte más humana.
Nos reímos de las expectativas tan altas que teníamos, que evidentemente no se están cumpliendo, de lo mal que hemos incrustado el oro, de lo serio que se pone el profesor cuando alguien intenta ir más rápido o cuando dice “damasquino” en lugar de “damasquinado”.
—Oye —digo, removiendo la comida que tengo delante—. Nunca te lo he preguntado, pero… tu nombre es italiano, ¿no?
Levanta la mirada sorprendido.
—Sí.
—Pero ¿tu familia es de Italia o…?
—Mi nombre es italiano por mi madre —me interrumpe—. Siempre ha tenido una relación muy rara con Italia.
—Rara, ¿en qué sentido? —pregunto entrecerrando los ojos para focalizar más mi atención.
—Para ella Italia no es un sitio que le guste, es un sitio al que pertenece —bebe un poco de vino sin mirarme—. Desde pequeña decía que había vivido allí antes. En otras vidas.
Interesante. Él sigue sin que le interrumpa.
—Aprendió italiano sola y se mudó allí dos años a los 16. Luego, cuando se casó, se obsesionó con que en casa se hablara el italiano. Y recuerdo que en mi casa siempre había música italiana, libros, cuadros. Así que cuando nacimos, no hubo duda con nuestros nombres.
—¿Nacimos? —se me escapa.
Me mira y sonríe, dándose cuenta de que, aunque parece que nos conocemos de toda la vida, en realidad, hay muchas cosas de la vida del otro que no sabemos.
—Tengo un hermano gemelo.
No lo sabía.
—Nunca lo habías mencionado.
—No suele salir el tema de conversación —dice—. Él ahora vive en Portland, pero evidentemente nos criamos juntos y con Italia presente todo el día.
Remueve el plato, aunque ya casi no come porque no para de sonreír.
—Ella decía que en otra vida sus manos eran su herramienta de trabajo. Quizá algo relacionado con el arte, o eso intuyo al tratarse de Italia —continúa—. Y siempre me ha dicho que le calmaba mucho verme escribir o concentrarme en algo donde expresase mis sentimientos al exterior.
Levantó la barbilla.
—Eso conecta bastante con ella.
—Sí —asiente—. A mí me parecía una fantasía, pero luego vas creciendo y te das cuenta de que hay cosas que simplemente no tienen explicación.
Idiomas que se te pegan o que son más fáciles de aprender para ti.
Lugares que no te son ajenos y empiezas a investigar sobre las vidas que ha vivido tu alma y entonces todo cuadra, todo empieza a tener sentido.
Se encoge de hombros.
—Me encanta tu forma de pensar, aunque la realidad es que no entiendo todo lo que me gustaría del tema —admito—.
Porque a veces pienso que las personas que llegan a tu vida no son casualidad, las cosas que te pasan no son casualidad, no sé…
Creo que las casualidades no existen y hay algo atrás que las explica, aunque realmente no sepa qué.
El tema de las vidas pasadas —continuo— es algo que siempre me ha llamado mucho la atención porque he visto algunos casos y la verdad es que las cosas que no tenían explicación empiezan a tenerlas.
—Mi madre diría que es memoria del alma —sonríe, y se le iluminan los ojos. —Probablemente diría que este fin de semana no es casualidad.
Bajo la mirada al plato. Luego vuelvo a él.
—Probablemente —sonrío.
Terminamos de cenar y decidimos seguir caminando un rato más. Bajamos por calles empedradas. Pasamos por la calle alfileritos y Leone se para al ver la hornacina iluminada con flores y alfileres desperdigados.
—¿Y esto? —pregunta.
—La Virgen de los Alfileritos.
Se acerca para verlo bien.
—¿Por qué los alfileres?
—Una mujer. Doña Sol —no sé por qué empiezo así—.
Su novio se fue a la guerra, a América. Y ella venía aquí a rezar todas las noches para que volviera, así que para no dormirse pedía que la pincharan con alfileres y cada uno lo dejaba como promesa —me oigo hablar y bajo la voz por la hora que es—.
Entonces su novio volvió vivo, y desde entonces, la gente deja alfileres para pedir amor, pareja, suerte con alguien.
—Toledo no para de sorprenderme —dice con la mirada fija en los alfileres —. Es como si cada rincón de esta ciudad tuviese algo que contar y me parece muy inspirador.
—Sí, me gusta que empieces a ver Toledo con mis ojos —le contesto mientras reanudamos el paso dirección a mi casa—. Él nunca sacó tiempo para venir a pasear por Toledo conmigo y ahora me doy cuenta de lo importante que era para mí ese paseo.
—Si una persona no saca tiempo para un paseo contigo, no se merece nada de ti —contesta Leone mirándome con ojos de orgullo.
—Es muy fuerte lo ciegos que podemos ser en una relación, a veces —continuó después de sacar un cigarro para mí y otro para Leone —. Me siento estúpida, pero supongo que eso es algo que nos pasa a todos.
—No es estupidez —dice mientras acepta el cigarro y se lo coloca entre los labios—. Es fe. Y la fe, cuando se rompe, duele porque la creías real.
Enciende primero el suyo y luego el mío. El mechero ilumina un segundo su cara. Joder, que guapo es.
—Crees en alguien y actúas desde esa confianza. No hay nada ridículo en eso.
Caminamos en silencio unos pasos más.
—A veces pienso que confundí amor con resistencia —admito—. Aguantar, adaptarme, esperar a que en algún momento él mirara en la misma dirección que yo.
—Hay gente que ama desde el movimiento —dice—. Y otra que ama desde la quietud, el problema es que cuando se juntan, uno siempre acaba cansándose antes.
No me mira cuando lo dice. Y ahora mismo no sé si está hablando de mí o de él.
Doblamos la esquina y mi calle aparece.
—Me gusta cómo hablas de las cosas —le digo sin pensarlo—. No intentas solucionarlas, se nota que eres escritor.
Sonríe apenas.
—Lo sé —dice con chulería.
—Qué tonto —le empujo un poquito mientras me río.
Apuramos el cigarro casi al mismo tiempo. Lo tiro en una papelera y subo los dos primeros escalones de casa. Él se queda un poco más abajo, mirándome.
—Gracias por este paseo —dice—. Me ha encantado pasear por Toledo a tu lado y que me dejaras tus ojos un rato para verlo.
Me apoyo en la barandilla. El cansancio me pesa en las piernas, pero después de esto podría correr una maratón. El corazón me va a mil. Le sonrió porque es lo único que se me ocurre en este momento y sigo subiendo las escaleras, esta vez, con él detrás.