Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO CATORCE
30%

CAPÍTULO CATORCE

SHATTER – MAGGIE ROGERS

Me despierto de golpe con el sonido de una persiana subiendo en alguna casa cercana. Abro los ojos y no sé dónde estoy hasta que reconozco el techo. Toledo. Me estiro y me quedo unos segundos boca arriba, escuchando que desde la cocina llega el ruido de una taza apoyándose en la encimera.

Me levanto, me pongo un pantalón ancho, una camiseta cualquiera y recojo el pelo con una goma que encuentro en mi muñeca. Al pasar por el pasillo, me cruzo con él justo cuando sale de la cocina con dos tazas en la mano.

—Buenos días —dice, medio sonriendo.

—Buenos días —respondo—. Ya has invadido mi casa oficialmente.

—Solo la cocina y con respeto.

Hay pan cortado, tomates en un plato y aceite de oliva sobre la mesa del patio.

—¿De dónde has sacado todo esto? —pregunto en mitad de un bostezo.

—He salido por la mañana temprano a dar un paseo —contesta mientras saca unos cruasanes de una bolsa de papel.

—Mmm, Dios, pásame uno de esos —le pido alargando mi mano y poniendo cara de pena.

—Está caliente todavía —me guiña un ojo orgulloso.

Empezar así el día, sin necesidad de rellenarlo con mil cosas, ir con prisa o tener que cumplir una rutina, es algo que me cuesta tanto en mi día a día que me hace sentir de vacaciones.

—He dormido del tirón —dice—. No me pasa casi nunca.

—Es que aquí no hay el ruido de Madrid —respondo—. Es una de las tantas cosas que a veces echo de menos.

—Sí, esto es el paraíso.

Le miro de reojo. Tiene el pelo un poco revuelto, la cara tan relajada que noto una pequeña, pero constante, sonrisa dibujada en su cara.

—¿Preparado para sufrir con las cuestas y practicar la paciencia? —le pregunto con sarna.

—Lo de las cuestas ya lo asumí ayer —sonríe mientras se prepara una tostada con tomate—. Ya soy inmune.

Seguimos comiendo. Hablamos del curso, de lo poco que sabemos y de lo mucho que esperamos, de si saldrá algo decente. La conversación va y viene como si llevásemos muchas vidas hablando.

—Por cierto —dice mientras se limpia la boca con la servilleta y mis ojos se pierden en el vaivén de esta rozando sus labios—, tu casa tiene mucha… personalidad.

—Eso fue culpa de mi abuela —suelto rápido, perdida en mis pensamientos.

—Se nota —añade—. No es una casa cualquiera o las típicas casas de ahora, que todo es blanco, con muebles blancos, sofás blancos, blanco, blanco, blanco.

—Por suerte —sonrío orgullosa.

Me levanto a por más café y, cuando vuelvo, me encuentro con que me está mirando sin disimular.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada —dice volviendo sus ojos a los míos mientras por inercia se humedece el labio inferior—. Estás distinta aquí.

—¿Para bien? —pregunto y creo que mi cara se está transformando en un tomate.

—Claro.

—Aquí mi alma se relaja —respondo—. Estoy en casa y se nota.

—Sí, se nota y te sienta muy, pero que muy bien —dice con esa voz grave que me hace perder la razón. Pf.

Terminamos de desayunar y recogemos entre los dos.

La cocina es tan pequeña que resulta casi imposible no invadir el espacio del otro.

Cada plato que pasamos, cada vaso que colocamos acaba en un roce de dedos, un hombro contra otro, una respiración demasiado cerca.

Cuando me doy la vuelta con una taza en la mano, él ya está ahí.

Me detengo en seco. Sus ojos encuentran los míos y ninguno parece recordar qué estaba haciendo.

No sé cuánto tiempo llevamos mirándonos de esta manera, tan cerca y respirando tan pegados.

Él baja la mirada hasta mis labios antes de apartarse con una sonrisa.

—Oye —dice de repente como si nada hubiese pasado, como si el corazón no me fuese a diez mil por hora—, si en algún momento necesito escaparme de Madrid, ya sé a quién llamar.

—Trato, son cuatrocientos euros la noche —bromeo tendiéndole la mano—, pero te incluye el desayuno.

— Ah, bueno, si me incluye el desayuno, entonces es un trato bastante justo —ironiza Leone, mientras sus manos están ocupadas secando la última taza que queda para terminar de recoger.

—¡Es muy tarde! —exclamo después de mirarme el reloj y darme cuenta de que solo tenemos media hora para vestirnos antes de que empiece el curso.

—Vamos —Leone pone su mano en mi espalda para que salga primero de la cocina.

En menos de diez minutos ya estaba lista; además, la Escuela está muy cerca de mi casa, así que salgo para ver si Leone está listo y, evidentemente, me está esperando.

Probablemente haya tardado medio minuto en prepararse.

Lleva una sudadera negra y se ha echado colonia.

Mucha colonia. ¿Qué le echarán a la colonia de los hombres que me excita tanto con solo olerla?

Al final hemos salido con tiempo para poder hacerle de guía turista hasta la escuela.

Leone mira alrededor con atención, no con la curiosidad turística de quien pasa, hace dos fotos y se va.

Las fachadas de piedra, las ventanas pequeñas, los balcones de hierro, el suelo irregular.

Pasamos junto a uno de los azulejos incrustados en el suelo, uno de esos que tiene dibujos geométricos en tonos azules y ocres que con el tiempo y las pisadas se han ido gastando sutilmente.

—Esto es la judería... Si miras al suelo, puedes saber en qué parte de Toledo estás —le digo mientras bajamos por una de las calles estrechas —. ¿Ves? —añado señalando con el pie a uno de los azulejos—. Están por todo el barrio judío; con estos azulejos puedes ubicar que estás aquí.

Seguimos andando y le hablo de la ciudad de las tres culturas como quien cuenta algo que lleva escuchando toda la vida. Cristianos, judíos y musulmanes compartiendo espacio durante 400 años. Leone me escucha, y asiente de vez en cuando.

Llegamos a la escuela. La fachada no pasa desapercibida. Arcos, ladrillo visto y detalles mudéjares hacen que tengas que levantar la cabeza y quedarte un rato observando para no perderte nada.

—Wow —dice—. Es una pasada.

Dentro, todo parece de otro planeta, con los patios interiores llenos de plantas, las cuales siempre me he preguntado quién las cuida.

—Aquí estudié —le digo y por dentro me come la nostalgia—. Fueron los mejores años de mi vida.

—Parece Hogwarts —contesta mirando a todos sitios y yo me río porque posiblemente es una de las frases más comunes que dice la gente cuando ve la Escuela por primera vez.

Entramos a la clase del curso. Es una clase donde nunca había entrado, tiene mesas grandes, las herramientas están ordenadas sobre las mesas y las placas de metal alineadas al lado. Nos sentamos uno al lado del otro justo cuando el profesor aparece y empieza a hablar.

Explica que el damasquinado es un arte milenario de Toledo, que consiste en incrustar hilos de oro o plata sobre hierro previamente trabajado.

Nos cuenta que el nombre viene de Damasco, donde la técnica se inventó hace siglos, aunque ya había incrustaciones parecidas en la península mucho antes, pero como no hay archivos, no se sabe realmente sus orígenes, y que durante mucho tiempo se utilizó sobre todo para decorar armas y armaduras.

En el siglo XIX, añade, un armero vasco estudió piezas antiguas después de viajar por Oriente y empezó a perfeccionar la técnica en el País Vasco, aunque allí desapareció, en Toledo sigue siendo tradición.

Miro las manos del hombre mientras habla, son manos que saben.

—Esto no es rápido, no se aprende en dos días —aclara el profesor—.

Aquí no hay atajos, pero queríamos hacer un mini taller para poder darle más visibilidad a este oficio y evitar que desaparezca.

Así que tenéis todo lo necesario frente a vosotros, las placas ya están picadas y cada uno tenéis vuestras propias herramientas.

Leone se inclina un poco hacia mí.

—Me gusta —susurra.

—A mí también —respondo sin mirarle.

Seguimos escuchando. Habla del rayado previo, de que las herramientas no existen y las fabrican ellos, de cómo el metal tiene que estar bien preparado para aceptar el hilo, de cómo, si fuerzas, se rompe y, si dudas, no entra.

—Como las personas —murmura Leone, apenas audible.

Le miro de reojo. Sonríe, pero no está bromeando del todo. Vuelvo la atención al frente.

—No tengáis prisa por el resultado —nos pide el profesor—. Aquí lo importante es el proceso.

Leone y yo intercambiamos una mirada cómplice antes de ponernos manos a la obra. El sonido de la gente llena la sala. Algunos hablan, otros se ponen los cascos para escuchar música y yo me concentro en mi placa. Todo lo demás se queda fuera.

De vez en cuando noto que Leone se inclina para ver lo que hago y yo hago lo mismo con lo suyo.

—Se te da bien —ironizo sutilmente en voz baja.

—Indira —levanta la cabeza para mirarme fijamente y nuestras cabezas se quedan tan cerca que puedo notar su respiración rozándome —, mentir no es lo tuyo.

Me río sin hacer ruido antes de volver a mi pieza.