CAPÍTULO TRECE
SCARED TO START – MICHAEL MARCAGI
—Sabía que Toledo tenía cuestas —dice Leone, parándose para coger aire—, pero no me esperaba tantas.
Suelto una carcajada.
—Esto no es una ciudad —bromeo—. Es una prueba de resistencia.
Seguimos caminando. El suelo está húmedo y refleja la luz de las farolas en líneas largas.
A un lado, los árboles sin hojas dejan pasar el cielo azul oscuro, todavía abierto, todavía despierto.
Al otro, la pendiente sube hacia la piedra antigua.
Leone camina a mi lado, con una mano dentro del abrigo y la otra arrastrando la maleta, mirando todo con atención.
—Aquí venía mucho cuando estudiaba —le explico—. A despejarme un poco admirando las vistas.
—Es muy bonito —responde—. Me está inspirando mucho, te ayuda a romantizar tu vida de verdad.
Asiento. El paseo de Recaredo es largo y recto, con los bancos vacíos la mayoría del tiempo, los setos bajos recortados y un silencio perfecto. Pasan pocos coches y algún corredor cruza sin mirarnos.
—¿Y este sitio? —pregunta—. Parece tranquilo para lo que uno espera de Toledo.
—Porque no estás dentro todavía —le digo—. Esto es una especie de antesala.
—No entiendo cómo de vivir aquí te has ido a Madrid —dice de repente—. Con esto tan cerca.
—Precisamente por eso —respondo—. A veces hay que irse para que el sitio no te absorba, y por el trabajo —admito porque no todo es tan poético como me gustaría.
Seguimos andando y la ciudad empieza a elevarse al fondo. Las piedras ya no brillan.
—¿Y el curso es ahí arriba? —pregunta.
—Sí, mañana lo verás.
—Tengo ganas —admite—. Aunque proteste por estas cuestas que me están haciendo plantearme el día que mis labios tocaron un cigarro por primera vez.
Me río otra vez.
—Gracias por traerme —dice al rato—. No sabía que necesitaba ver esto y me parece una locura que siempre he estado a una hora de aquí y no haya hecho por verlo.
Pienso en todas las veces que yo también necesité volver y no lo hice.
—Gracias por venir —le digo al fin—. No todo el mundo se deja arrastrar a una ciudad que te pone a prueba desde la primera cuesta, a veces necesitas una buena motivación.
—Empiezo a sospechar que eso forma parte del encanto —responde.
Llegamos a un punto desde el que se ve el camino entero iluminado. Nos detenemos a coger aire.
—Aquí empieza —le digo.
—¿El qué? —pregunta.
—Toledo y sus cuestas —respondo—. Las de verdad.
Asiente y me mira con cara de “si lo de antes no eran cuestas, creo que voy a morir en las de verdad”.
Entramos por una calle estrecha, empedrada, y le indico el portal con un gesto de mandíbula muy manchego.
El edificio no tiene nada especial desde fuera, simplemente una fachada sobria, con una puerta de madera gastada y un timbre que, cuando suena, te irrita para el resto del día por lo agudo que es.
—Es aquí —digo.
Subimos las escaleras, mi casa es un segundo sin ascensor.
Es muy raro que en pleno casco de Toledo te encuentres una casa con ascensor.
La mayoría de las casas son muy antiguas y poner una instalación así haría que la integridad del edificio peligrase, así que los toledanos tenemos buenas piernas —y buen culo, si me lo permites—, entre subir cuestas y escaleras.
A Leone ya no le sorprende tener que subir escaleras, pero aun así resopla un poco y sonríe, rendido.
—Empiezo a entender tu teoría de la prueba de resistencia.
Abro la puerta y el olor conocido me recibe. No sabría explicarlo del todo, pero esta casa huele a tiempo, a mi infancia y parte de mi adolescencia, como Toledo, supongo. Enciendo la lámpara del recibidor y dejo las llaves sobre una bandeja de cerámica que era de mi abuela.
—Es pequeña —explico—, pero perfecta.
El piso tiene dos habitaciones, un salón estrecho y una cocina al fondo que da a un patio interior. Las paredes son blancas de gotelé y no tienen muchos adornos, salvo algún cuadro.
—La heredé de mi abuela —le explico mientras dejamos los abrigos—. Alguna vez la he alquilado porque necesitaba dinero, pero no es lo habitual. Me cuesta demasiado verla llena de gente que no conozco.
Asiente, mirando alrededor cada detalle. Gajes del oficio, supongo.
—Se nota que no es un sitio de paso —dice con la mirada perdida en los pocos, pero intensos, cuadros que un día puso mi abuela y decidí conservar intactos—. Parece un hogar.
Le enseño primero su habitación, la de invitados. Es sencilla, con una cama de hierro, una mesilla pequeña y una ventana que da a una calle estrecha donde apenas entra el sol. Le dejo la mochila sobre la cama.
—Si necesitas algo… —empiezo.
—Te aviso —me interrumpe—. Está todo perfecto, de verdad.
Salimos de nuevo al pasillo, dejo mi maleta en mi habitación y subimos un tramo más de escaleras hasta la azotea.
La puerta se abre con un chirrido y el aire frío nos azota en la cara.
Arriba todo se ensancha, se ven los tejados irregulares, las antenas torcidas y el cielo que ya empieza a oscurecer del todo.
Incluso se ve alguna estrella, cosa que en Madrid es prácticamente imposible y cosa que echo demasiado de menos.
Desde aquí se ven las calles empedradas desde arriba, sin gente, sin ruido, únicamente la geometría antigua de la ciudad.
—Este es mi sitio —le digo—. Cuando no sé qué hacer conmigo.
Nos sentamos en el borde, apoyando la espalda en la pared. Saco dos cervezas de la mochila que he comprado en la gasolinera, pensando en este preciso momento. El sonido al abrirlas rompe el silencio. Bebemos sin hablar. Enciendo un cigarro y le ofrezco otro.
El silencio no es incómodo porque con él nunca lo es, o al menos hasta ahora nunca lo ha sido.
Me recuesto un poco más hacia atrás para acomodarme y decirle a mi cuerpo que está en casa, que puede relajarse. Pienso en lo extraño que es compartir esto con alguien que hace unas semanas no existía en mi vida y que ahora está aquí, sentado en el lugar más mío que tengo.
—Gracias, de nuevo, por traerme aquí —rompe el silencio, sin mirarme—. No solo a Toledo. A esto.
Doy otra calada antes de contestar.
—No suelo hacerlo —admito—. Pero contigo… no sé, me apetecía, me ha salido.
Le miro de perfil mientras se lo digo, porque él no gira la cabeza y mis ojos se sienten con vía libre para recorrer su cara entera.
La mandíbula marcada, los ojos y las pestañas rectas pero largas, una simetría facial digna de un dios griego.
Sus labios son gruesos y, sí, bastante apetecibles.
Muchas veces, cuando los miro, pienso en cómo será besarle, a qué sabrá, qué sentiría mi cuerpo o mi mente si nuestros labios se rozasen.
Seguimos fumando. El cielo se va oscureciendo más poco a poco y las luces amarillas de las farolas se encienden abajo, una a una. Me siento extrañamente en calma.
—Estaba pensando algo —digo de pronto, rompiendo el silencio.
—Dime.
Apoyo los antebrazos sobre las rodillas, miro la punta del cigarro encenderse y apagarse.
—Siempre nos une el arte —empiezo—. En Italia, en Madrid, ahora aquí. Pintar, escribir, aprender algo. No sé, me parece una unión perfecta.
Leone gira la cabeza para mirarme.
—Nunca lo había pensado así —responde—. Pero tienes razón, es un punto de encuentro muy bonito.
Apaga el cigarro y deja la colilla en el cenicero improvisado que hemos hecho con la chapa del botellín. Bebo el último trago de cerveza.
—Bienvenido a mi casa —le digo, al fin.