Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

UNA CASA EN EL TEIDE – GARA DURÁN, BARRY B

Miro la pantalla del móvil mientras escribo el último mensaje. Tengo el corazón acelerado de pura ilusión.

Mando el mensaje y me quedo mirando el móvil, dudando un segundo antes de ponerme a reír sola. Minutos después, mi móvil vibra y lo cojo tan rápido como puedo.

Pasan los minutos y no contesta. ¿Me he pasado de intensa?

¿Le he asustado? A lo mejor ha malinterpretado el mensaje y se piensa cosas que no son.

Porque no son, ¿no? Debería borrar el mensaje antes de que pueda verlo.

Justo cuando estoy a un nanosegundo de darle a confirmar la eliminación, me llega otro mensaje.

Al leerlo contengo la risa, no puedo soltar una carcajada demasiado alta para la hora que es.

Seguimos mandándonos mensajes un rato más, concretando la hora a la que saldremos el viernes.

La conversación sigue fluyendo hasta que los dos nos damos cuenta de que el día se está acabando. Nos despedimos con un último intercambio breve:

…

Como siempre, me toca esperar a Martina. Hoy Pamela cumple 26 años y vamos a celebrarlo en un bar lésbico. El plan favorito de mi amiga.

Cuando llegamos, una hora después porque a Martina no le salía el eyeliner igual en ambos ojos, nos cruzamos con unas amigas de Pamela en la entrada y con su novia Ale.

Ale nos cae muy bien, la verdad es que estamos felices con la persona que Pam tiene al lado.

Además, su historia de amor es la típica digna de un buen libro romántico.

Pamela trabaja en una empresa de moda y cada día, en su primer descanso, baja a por un café a la cafetería que hay dos calles más allá.

Dice que así se da un paseo y que el café de allí es insuperable.

El caso es que Ale es community manager de una empresa y, como trabaja online, un día en su casa cortaron la luz, así que decidió bajarse a la cafetería que hay enfrente de su casa y ese día vio por primera vez a mi amiga.

Ambas se quedaron mirando un largo rato hasta que avisaron a Pam de que su café estaba listo.

Día tras día, se encontraban, se miraban y se sonreían.

Ale ya tenía wifi en casa, pero seguía bajando por las mañanas para ver si se encontraba con Pam.

Un día empezaron a hablar sobre el poemario que Pam llevaba en la mano y, bueno, el resto ya es historia.

La música retumba en las paredes y el olor a alcohol y a perfume me golpea como una ola.

—¡Feliz cumpleaños! —gritamos al unísono cuando encontramos a Pamela, aunque esta mañana le hemos llevado el desayuno a la cama y le hemos dado mil abrazos. Ella nos abraza y su risa es oro para mis oídos.

Los chupitos caen uno tras otro. No pienso en que no debería beber más, solo sigo el ritmo del grupo, riendo, hablando, tropezando un poco con la barra.

Me siento casi flotando, el mundo da vueltas y yo doy vueltas con él.

Todo es calor y música, y los nervios que arrastro desde hace días se disuelven un poco en el alcohol y las risas.

En un momento, Pamela desaparece entre la multitud y alguien se me acerca.

Es una chica del bar, lleva el pelo corto, tiene unos ojos que brillan como el neón y una sonrisa muy coqueta.

Sonríe mientras me ofrece un chupito y yo, sin pensarlo, choco vasos.

Uno, dos, tres. El mundo sigue girando. Ríe y, antes de darme cuenta, me estoy acercando demasiado.

Nos besamos dos veces, cortas pero intensas.

Me río entre besos, entre el ruido, entre el calor que me sube desde el pecho hasta la cabeza.

Pero en cuanto me separo, siento que algo se me clava por dentro.

Culpa y miedo. Mis labios todavía tiemblan cuando me doy cuenta de lo que acabo de hacer, y el recuerdo de Jairo se cuela en mi cabeza.

Su cara, su voz, todo lo que ha sido y lo que no ha sido, y de repente la música, las luces, la gente, la risa de Martina y el calor del bar se convierten en algo insoportable.

Salgo del bar sin pensar, casi arrastrándome, empujando a la gente a un lado mientras el aire de la noche no me alivia como esperaba, sino que me hace respirar a medias.

Las luces de la calle me hacen daño a los ojos, y la ansiedad me oprime el pecho hasta que siento que no puedo más.

Me apoyo contra la pared, intento respirar, intento calmar la cabeza que no deja de dar vueltas.

—Yo… yo puedo… —susurro para mí misma. Las manos me tiemblan.

Saco el móvil y, temblando, marco a Leone. Mi mente todavía está nublada, mezclando todo: los besos, el bar, la música, la culpa, Jairo. Me da miedo que me juzgue, pero necesito hablar, necesito que alguien me escuche y él lo hace tan bien.

—Hola —digo apenas cuando contesta—. Estoy… no sé… necesito…

Él percibe que no puedo ni formar frases completas, porque se queda en silencio un segundo que parece eterno.

—Respira, Indira —me pide tranquilo—. Quédate donde estés y cuéntame qué ha pasado.

Y yo empiezo, dejando que todo salga.

—Y entonces… siento que no puedo más… que todo se me viene encima… que… —Me detengo, sollozando, con las manos temblando—. No sé cómo explicarlo, es como si mi pecho no pudiera contener nada… y luego pensé en él, y…

—¿En quién, India? —pregunta.

Miro hacia un lado con el corazón acelerado.

—Jairo… —Mi voz se quiebra—. Pensé en Jairo.

Leone entiende al instante y solo intenta que respire, me da tiempo, me deja soltarme sin juicio.

—Está bien —dice—. Todo está bien, respira conmigo, estoy contigo.

Lloro sin entenderme. Solo han sido dos besos, he hecho cosas peores. Créeme que sí. No entiendo qué le está pasando a mi cuerpo, a mi mente, a mi alma. Me estoy volviendo loca. La ansiedad se mezcla con el alcohol, con la culpa, con el dolor acumulado de meses.

—Gracias —susurro—. Solo necesitaba que alguien… me escuchara y no quería joder el cumpleaños de Pamela.

—Siempre que lo necesites, ya lo sabes —responde—. Y oye… que en dos días nos vamos a Toledo. Va a ser diferente, ¿sí? Una especie de respiro.

Pienso en eso y me parece casi imposible. Y aunque la ansiedad todavía me quema un poco el pecho, una parte de mí se siente como si pudiera empezar a respirar de nuevo.

—Sí —digo—. Quiero que llegue ya.

—Entonces piensa en eso —dice, tranquilo—. Lo demás, ahora, deja que se vaya.

Cuelgo y me apoyo de nuevo contra la pared. La calle está vacía. Respiro profundo y me pongo en pie para volver a casa.