CAPÍTULO ONCE
COMING UP ROSES – HARRY STYLES
Estoy en el descanso del trabajo cuando vibra el móvil.
Me siento en el taburete alto del almacén, con la espalda apoyada en la pared y el café frío entre las manos.
Llevo un rato mirando una camiseta que está doblada encima de una caja, disociando por vigesimocuarta vez en el día.
Cojo el móvil, todavía disociada, y cuando bajo la mirada hacia la pantalla veo su nombre reflejado en él.
Apoyo el móvil sobre mi muslo y me lo observo unos segundos. Vuelvo a leer el mensaje. No hay indirectas, ni intenciones y eso me hace sentir muy cómoda, una vez más. Me gusta no tener que traducir nada así que contesto sin pensarlo demasiado.
Lo envío y dejo el móvil boca abajo. Lo cierto es que me siento muy cómoda estando con él, pero, también tengo miedo.
No sé si miedo seria la palabra exacta, pero tú me entiendes.
Estoy en ese momento en el que estás cerrada emocionalmente, pero de repente la vida, que a veces se pasa de cabrona, te pone a un tío de 1,80 en un retiro artístico en la montaña de Italia, guapo, listo e inteligente y para colmo, os lleváis tan bien que parece que os conocéis de toda la vida.
Pero no queda ahí la cosa, también estáis muy cómodos juntos, os gusta pasar tiempo juntos y cada día que os veis la tensión sube un escalón más pero no quieres perder el vínculo, así que no puedes ni echarle un polvo.
En fin, me termino el café de un trago, me levanto y vuelvo a llevar mi atención a la tienda.
Atiendo, doblo, sonrío, la dinámica de siempre.
Cuando llego a casa Pamela está en la cocina con la música puesta y una copa de vino en la mano y Martina aparece con el pelo mojado, envuelta en una toalla.
—¿Qué tal el día? —pregunta Pamela.
—Normal —digo, dejando el bolso en la silla.
Me sirvo agua. Me apoyo en la encimera. No digo nada más, pero ellas me miran porque obviamente se han dado cuenta.
—¿Qué? —insiste Martina.
—He quedado con Leone para comer.
—Por mi amiga—dice Pamela mientras levanta su copa—. Pero sin presión —añade poniendo las manos a modo de defensa.
Asiento sonriendo. Eso es exactamente, sin presión.
Me meto en la cama más tarde de lo habitual. Apago la luz y me quedo boca arriba, mirando la oscuridad. Jairo aparece, claro. No se ha ido.
…
Llego casi media hora antes. El sitio es pequeño, con las mesas muy juntas y el vapor saliendo de la cocina, las típicas cocinas que hay ahora en los locales modernos, que están visibles a todo el restaurante.
Me quito el abrigo y lo cuelgo en el respaldo de la silla.
Llevo un vestido negro sencillo de manga larga, mis doscientos accesorios para no ir tan básica y unas botas con un poquito de tacón y con punta de pico.
El pelo me roza justo por debajo de los hombros. Me lo corté hace dos días sin avisar a nadie. Entré a la peluquería, me senté y dije: “por aquí”. Jairo odiaba que me cortara el pelo, decía que con el pelo largo estaba más guapa. Que te jodan Jairo, que yo siempre estoy guapa.
Leone llega con una bufanda oscura enrollada al cuello y las manos metidas en los bolsillos.
Camina buscándome con la mirada y cuando me ve, frena de golpe.
Me mira y de repente empiezo a ser demasiado consciente de mí, del vestido, del pelo, de cómo mi cara se está volviendo roja.
Joder, Indira, contrólate que acaba de llegar.
—Hola —dice al acercarse.
—Hola.
Se sienta frente a mí. Apoya los antebrazos en la mesa y vuelve a mirarme, recorriéndome la cara sin disimulo.
—Te has cortado el pelo.
Asiento.
— Qué observador —bromeó.
Se inclina un poco hacia delante.
—Te queda muy bien —dice con voz grave—. Estás demasiado guapa.
Noto el calor subirme al cuello, y a lo que no es el cuello.
—Gracias —respondo, porque es lo único que se me ocurre.
Pedimos ramen, él normal y yo muy picante. A ver si así se me anestesian un poco los pensamientos.
—¿Qué tal el trabajo? —pregunta.
—Normal —respondo—. Doblar ropa, atender a la gente, fingir que no estás pensando en otras cosas, lo de siempre.
—Buen talento ese —contesta—. Yo escribo poco y pienso demasiado.
El ramen llega humeante y el vapor nos sube a la cara.
—Nunca te pregunté algo tan básico como —empieza mientras coge los palillos—. ¿De dónde eres?
—De Toledo.
Se detiene. Me mira con una expresión nueva, como si acabara de recolocar una pieza.
—No me lo esperaba.
—Casi nadie se lo espera —admito—. Nací allí y cuando terminé el bachillerato de artes me vine a Madrid.
—Ahora lo entiendo —responde—. Te pega.
Me lo dicen bastante. Me apoyo en el respaldo de la silla.
—Toledo siempre va a ser mi sitio —digo—. Aunque viva en Madrid. Volver allí me devuelve un poco a la vida.
—Nunca he ido —admite—. Y mira que está cerca.
—Tienes que ir —le digo con entusiasmo—. Es puro arte y, si contratas a un guía, te sorprenderías de todo lo que va contando y la historia que tiene hasta lo más mínimo.
Se queda callado, removiendo el caldo.
—Me fiaría de ti para eso —dice al fin.
Levanto los ojos y los llevo hasta los suyos. Nos sostenemos la mirada y entonces me acuerdo.
—En la Escuela de Arte han anunciado un curso de damasquinado —le explico—. Es un fin de semana entero.
Leone no dice nada. Se limita a inclinar un poco la cabeza, como hace cuando presta atención a algo que le interesa. Sigo.
—El damasquinado es un arte milenario, muy típico de Toledo, aunque viene de Damasco, pero se asentó en Toledo y es lo que nos caracteriza junto al mazapán desde hace muchos años —cojo aire—. Se trabaja sobre acero, con mucha paciencia.
Meto la cuchara en el caldo, la saco sin probar. Él me mira las manos mientras hablo.
—Luego viene el oro o la plata, o ambos. Hilos finísimos, que son casi como pelos. Los colocas sobre esas líneas y los vas incrustando poco a poco, a base de pequeños golpes. Es… —busco la palabra y no la encuentro—. Es muy físico. Siempre que lo he visto he querido hacerlo con mis manos.
Leone deja los palillos sobre el cuenco. Ya no finge que come.
—¿Y qué puedes hacer? —pregunta.
—Lo que quieras, puedes hacer joyería, los puños de las espadas. Lo que se te ocurra, al final es un arte decorativo, no tiene otra función. Suelen ser motivos pequeños, geométricos, vegetales, depende si es damasquinado árabe o renacentista —contesto mientras busco alguna foto en internet.
Sonríe.
—Qué interesante.
—Lo es —admito—. Cuando estudiaba en Toledo nos lo enseñaron por encima, pero muy teórico.
Siempre me quedé con la espinita y ahora han sacado este curso...
—confieso—. En dos días no puedes aprender a hacer damasquinado, pero no quiero desaprovechar esta oportunidad de conocer un poquito más sobre este arte.
Apoyo el codo en la mesa sin darme cuenta.
—Yo tenía pensado ir. Ir el viernes y volver el domingo. Dormir allí y volver a caminar mi ciudad sin prisa.
Leone baja la mirada al ramen.
—Nunca he ido a Toledo —dice—. Y ahora me estás hablando de metal, oro, arte y tiempo. Es trampa.
Me río.
—No intento convencerte.
—No hace falta —responde—. Me has perdido en cuanto has mencionado al mazapán.
Suelto una carcajada. Normalmente, cuando hablo de algo que me apasiona, me siento incómoda, y sé que es algo contradictorio, pero el simple hecho de estar acribillando a alguien con algo que no sé si le interesa me hace sentir fuera de lugar.
La mayoría de las veces intento restarle importancia, cambiar de tema, cortar la conversación, pero con él no me pasa.
Con él soy yo, sin preocuparme de la intensidad de mi ser.
—Además —añado—, Toledo no se enseña bien si no se camina. No es una ciudad de listas “de los sitios a los que quiero ir” en las notas del móvil, es de perderse.
—Me estás convenciendo con cada frase que dices —admite risueño.
El camarero pasa cerca y nos pregunta si queremos algo más. Pedimos otra cerveza casi a la vez. Cuando se va, Leone se inclina un poco hacia delante.
—¿Qué más haces cuando vuelves a Toledo? —me pregunta.
—Caminar, entrar en iglesias vacías, mirar suelos, comer donde siempre, ir a la escuela, aunque no tenga nada que hacer allí. Me gusta sentarme en el patio y escuchar a los pajaritos o ver cómo los gatos de allí juegan.
—Te pones muy guapa cuando hablas de esto —suelta de repente.
¿Acaba de decirme que estoy muy guapa? Joder.
—Es casa —intento justificar mi emoción e ignorar su comentario para no ponerme roja, de nuevo.
Se queda callado un momento.
—Yo no tengo eso —dice—. Un sitio al que volver así.
No lo digo, pero lo pienso: quizá lo esté buscando.
Pagamos y salimos a la calle. Saca dos cigarros y me tiende uno.
—Si voy —dice de pronto—, iría a hacer el curso también. No solo a mirar.
—Claro —respondo—. Sí no, no tiene sentido.
—Se me va a dar muy mal, no sé si te lo he contado, pero soy escritor y las manualidades no son lo mío —bromea.
—Yo tampoco tengo ni idea de damasquinar, pero los cursos son para aprender, señor escritor —le sigo la broma.
—Me gusta que no me lo vendas como algo fácil —admite.
—Es que no lo es, por eso me llama tanto la atención.
Caminamos un rato más mientras le cuento cuando intenté escribir porque me lo recomendó la psicóloga, pero solo conseguí hacerlo durante cuatro días de seguido y nunca más lo he vuelto a intentar.
Cuando llegamos a mi portal, se para conmigo.
—Avísame cuando te apuntes —me pide—. A ver si quedan plazas.
—Vale.
Se mete las manos en los bolsillos. Yo no me muevo.
—Me ha gustado el día de hoy —añade mirándome de arriba a abajo.
—A mí también —digo antes de girar la llave de la puerta.
Subo las escaleras sin saber quién soy, porque la Indira de antes de Jairo haría las cosas muy diferentes.