CAPÍTULO DIEZ ಄
CIGARETTES – ROZEI, TRAVIS BARKER
El despertador empieza a sonar y lo primero que pienso es que el Leone de anoche era un optimista. Un iluso, de hecho. «Mañana madrugo, escribo un montón y me convierto en un adulto funcional» Claro, y también soy astronauta.
Apago la alarma con un gruñido y me quedo unos segundos mirando el techo. El estudio está en silencio. Ese silencio que al principio me daba miedo y ahora necesito para empezar el día.
Este piso llegó después de la ruptura. O, mejor dicho, después de asumir que seguir viviendo en el que compartía con Salma era como intentar respirar con una piedra encima del pecho.
Había demasiados recuerdos ocupando espacio.
Así que hice las maletas, encontré este sitio y empecé de cero. O algo que se le parece.
No es grande, pero tiene techos altos y una escalera de madera que lleva a la cama. Puede parecer una tontería, pero dormir ahí arriba cambia las cosas. Desde esa pequeña altura el piso parece más grande y los problemas un poco más pequeños.
Bajo descalzo. Porque las zapatillas de estar por casa siempre me han parecido un invento sobrevalorado. El suelo frío termina el trabajo que el despertador solo había empezado.
Abro la ventana.
Madrid ya va lanzada. Coches. Gente corriendo. Un claxon. Otro. Alguien que, por lo visto, ha decidido que el resto del mundo tiene la obligación de apartarse de su camino. La serenidad madrileña y otras formas de paz.
Sonrío para mí mismo mientras dejo que entre el aire.
El piso es exactamente como me gusta. Muebles negros.
Aquí y allá, pequeños detalles en granate: un cojín, una alfombra, el lomo de algunos libros.
Todo está en su sitio. No porque sea un maniático del orden, que quizá un poco sí, sino porque después del caos aprendí a valorar llegar a casa y sentir que todo encaja.
Mi rincón favorito son las estanterías. Están llenas de libretas.
Demasiadas. Descubrí hasta qué punto tenía un problema el día de la mudanza, cuando había más cajas de cuadernos y novelas que de ropa.
Una persona normal empaqueta camisetas. Yo empaqueto ideas a medio escribir.
Algunas llevan años cerradas. Otras siguen abiertas por la mitad, esperando que algún día recuerde qué demonios quería decir con aquella frase subrayada.
Nunca las tiro. Me gusta verlas ahí porque me recuerdan algo que todo escritor debería recordad: aunque haya días en los que no me salga una sola palabra, sigo siendo escritor.
Pongo la cafetera en marcha y el olor al café empieza a llenar el piso. Hay pocas cosas capaces de convencerme de que el día merece la pena antes de las nueve de la mañana, y esa es una de ellas.
Me siento frente a la mesa con una libreta nueva. Página en blanco. Bolígrafo en la mano. Y ese silencio en el que parece que las palabras saben que las estoy esperando y, por pura diversión, deciden esconderse.
Escribo una frase y la tacho. Escribo otra. Tampoco. Hace unos años esto me habría desesperado. Ahora sé que escribir también consiste en esperar, en insistir, en aceptar que no todos los días vas a sentirte brillante.
Entonces vibra el móvil. Mi editor. Miro la pantalla con la misma ilusión con la que uno mira una cita con el dentista.
No suelo contestar llamadas tan temprano.
Tengo la absurda norma de no tocar el teléfono hasta haber escrito algo, aunque solo sean tres líneas decentes.
Hoy esa norma se va al garete. Descuelgo con la taza caliente entre las manos.
Hablamos de plazos. De cambios. De una corrección que no termina de convencerle.
Yo escucho, tomo alguna nota mental, digo que sí, que lo revisaré, que esta tarde le mando una nueva versión.
Cuando cuelgo, el piso vuelve a quedarse en silencio.
Me quedo mirando la pared unos segundos.
Siempre siento lo mismo. Presión y gratitud a partes iguales.
Vivir de escribir tiene muy poco de esa imagen romántica que la gente suele imaginar.
No paso el día esperando a que llegue la inspiración mientras bebo café de especialidad junto a una ventana.
La mayoría del tiempo son fechas de entrega, correcciones, dudas, páginas que no funcionan y días en los que las palabras parecen haberse ido de vacaciones.
A veces incluso da la sensación de que la industria olvida que quienes escribimos también tenemos días malos, que nos bloqueamos, nos cansamos y, de vez en cuando, simplemente no podemos más.
Pero, aun con todo eso… Cada mañana sigo sentándome delante de una libreta porque hace tiempo decidí apostar por mis palabras sabiendo que no siempre me devolverían algo bonito.
Y, sinceramente, no cambiaría esta frustración por otra.
Mientras escribir siga siendo la manera en la que me gano la vida, seguiré sintiéndome exactamente donde quiero estar.
Vuelvo a la libreta y escribo una frase sobre la pérdida.
Por supuesto, la siguiente palabra que aparece es Salma.
Qué sorpresa. Es increíble la facilidad que tiene mi cabeza para convertir cualquier tema en ella.
Podría estar escribiendo sobre pingüinos, sobre el cambio climático o sobre cómo doblar una sábana bajera, que acabaría encontrando la manera de relacionarlo con mi ex.
Tiene mérito. Me quedo mirando su nombre unos segundos.
Ya no siento ese dolor que te deja sin aire ahora es como cuando cambias todos los muebles de casa y hay uno que ya no pega en ninguna parte, pero tampoco eres capaz de tirarlo porque durante mucho tiempo formó parte del salón.
Está ahí. Estorbando. Recordándote que un día tuvo sentido.
Cierro la libreta. Hoy tampoco. Mi psicólogo diría que estoy evitando lo que siento y tendría toda la razón del mundo. Pero una cosa es saber lo que debería hacer y otra muy distinta tener ganas de hacerlo.
Me levanto antes de que la culpa empiece a hablar demasiado alto. Recojo el vaso y el plato que dejé anoche en la mesa. Paso un trapo por la encimera, alineo unos papeles que ni siquiera estaban desordenados y coloco un bolígrafo en su sitio.
Subo un par de escalones y me siento en la cama y entonces aparece Indira.
Recuerdo cómo me miraba mientras hablábamos, como si de verdad le interesara todo lo que decía.
Su forma de sonreír antes de reírse. «No voy a empezar otra vez».
Mi cerebro, sin embargo, tiene otros planes.
Cojo el móvil y llamo a Sergio. Siempre acabo llamándolo a él.
Es la única persona que escucha mis dramas sin cobrarme la consulta.
—¿Qué haces mañana para comer? —pregunto en cuanto descuelga.
—Mmm creo que no tengo nada —responde—. ¿Qué ha pasado?
—Comemos entonces.
Cuelgo y dejo el móvil boca abajo sobre la mesa. Me doy cuenta de que llevo un rato sonriendo.
Hemos quedado en el sitio de siempre, cerca de su trabajo. Me siento en la terraza, aunque hace fresco, sufrimiento de fumadores, pero dicen que gusto con sarna no pica. Sergio aparece puntual y se sienta frente a mí.
—Tienes cara de no haber dormido mal —dice Sergio mientras se sienta—, pero tampoco bien.
—Gracias, supongo. Pero si, estoy raro, señor filósofo —bromeo al final.
—Define raro.
—No sé por dónde empezar.
Le hablo del viaje a Italia, de cómo fueron las cosas. Sergio me escucha, apoya los codos en la mesa y no me interrumpe.
—Y está Indira —añado—. No estoy para empezar nada —digo—.
No quiero prometer, ni empezar algo que luego no pueda mantener a largo plazo, porque después de todo lo que ha pasado no creo que nada me saliese bien ahora, pero me apetece verla.
Me apetece estar con ella. Sin más, compartir tiempo como hacíamos en Italia.
Sergio bebe un sorbo de su americano y sonríe, tranquilo.
—Entonces queda con ella.
—Guau, no se me había ocurrido. —ironizo ante la respuesta de mi amigo.
—Así de simple —levanta las manos, victorioso.
—Pero tengo miedo de que vaya a algo más y no estar preparado —admito— tío, es muy buena, de verdad y…
—A ver Leo —me interrumpe Sergio con su poca paciencia antes de que pueda terminar la frase — está muy bien pensar en que sería lo políticamente correcto, pero tío, el corazón no entiende de eso, si a ti te apetece quedar con ella hazlo,
ella está en una situación parecida a la tuya por lo que me has dicho —para un segundo para coger aire y sigue—.
Así que no creo que esté pensando en casarse contigo ahora mismo.
Os ha unido una situación parecida y no veo que hay de malo en compartir tiempo con ella, si tan cómodo te hace sentir y tan claras tienes las cosas.
—Pero si al final pa…
—Si tiene que pasar, pasará porque ambos estáis de acuerdo y habéis sanado, sois adultos —me interrumpe de nuevo. Y bueno, supongo que tiene razón.
Pagamos y nos despedimos sin alargarlo demasiado porque mi amigo tiene que volver a su puesto de trabajo.
Camino un rato antes de volver a casa. Las calles están llenas, pero no me molestan, es algo a lo que estoy acostumbrado.
Subo las escaleras del estudio, dejo la chaqueta en su sitio y me siento en la mesa.
Cojo el móvil. Me quedo un segundo mirando la pantalla, como quien coge aire antes de entrar al agua.
Escribo.
“¿Te apetece que quedemos para comer esta semana?”
Lo envío. Dejo el móvil boca abajo para poder ignorarlo tranquilo.
Vuelvo a la libreta. Paso las páginas hasta abrir una en blanco y escribo, pero esta vez no escribo de pérdidas, ni de Salma.