Lo que dejaste en mí (Restos de mí 1) CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

GOOD SIDE – KYRA FIELDS

Me despierto antes de que suene el despertador y me quedo mirando el techo, quieta, con el cuerpo cansado a pesar de que me acabe de despertar y la cabeza ya despierta del todo, en su ritmo habitual, dos mil por hora y sin frenos.

Respiro hondo un par de veces hasta que decido levantarme, negociando conmigo misma antes de quitarme las legañas.

Hace demasiado frío fuera. Camino descalza hasta el baño, enciendo la luz y evito mirarme al espejo al principio, me lavo las manos, me recojo el pelo con una goma que encuentro por ahí y entonces sí, levanto la cabeza.

El pelo me roza la cintura, es ondulado y algo indomable, bueno, bastante indomable he de confesar.

Soy morena teñida desde hace años, con las puntas un poco más claras de lo que recuerdo.

Nota mental: tengo que pedir cita ya en la peluquería.

Además, he leído que el pelo guarda recuerdos así que llevo días dándole vueltas a un nuevo cambio de look, a ver si así, se va de mí una parte de Jairo.

Tengo los ojos marrones, hoy más cansados que otros días, pero despiertos y grandes.

Mis labios no son grandes, nunca lo han sido, pero siempre los perfilo, podría hacerlo con los ojos cerrados si me lo propongo.

Años y años de práctica. Veo el lunar debajo del ojo izquierdo y el otro encima del labio posiblemente sea lo que más me guste de mi cara.

Me ducho rápido, dejo que el agua caliente me recorra la espalda y me ayude a entrar en el día. Canto un poco en la ducha, ahora mismo estoy obsesionada con la canción de "If I ever talk to God” de Landon Barker.

Salgo, me seco el pelo por encima. Me visto con unos vaqueros muy anchos, un jersey oscuro y unas botas planas, pero con punta en pico.

Me maquillo lo justo, tapo un poco las ojeras, me perfilo los labios, me suelto el pelo y lo acomodo con los dedos.

No me apetece hacer más hoy. Hay días que lo doy todo, que de repente salgo del baño y parezco otra persona, que me siento tan guapa que me veo capaz de conquistar el mundo.

Pero hay otros días, como hoy —y como últimamente— que simplemente no me apetece.

Jairo aparece en mi cabeza sin avisar, quiere ocupar un espacio que no le he dado hoy, pero tampoco sé cómo quitárselo.

Salgo de casa cerrando la puerta con cuidado, para no despertar a las chicas. Bajo las escaleras, con el abrigo bien cerrado y las manos metidas en los bolsillos. En la calle el aire es muy frío y seco. Camino hasta el metro con los auriculares puestos, escuchando un podcast sobre “cómo ser feliz”.

En el andén me coloco siempre en el mismo sitio, creo que soy una mujer de costumbres.

El metro llega lleno y me hago un hueco como puedo.

Me agarro a la barra, siento el balanceo del vagón y observo algunos reflejos en el cristal.

Mi cara se mezcla con la de otros, con anuncios, con luces que pasan rápido. Pienso en nada y en todo a la vez.

Antes de llegar al trabajo paro en la cafetería de siempre.

El camarero ya no me pregunta que quiero, me prepara el café para llevar mientras yo saco el móvil y pago.

Doy el primer sorbo en la calle, cuando todavía está demasiado caliente, pero me gusta así, mujer de costumbres y masoquista, aclaración importante.

Llego a la tienda unos minutos antes. Bajo la persiana metálica con la llave, entro y el olor a ropa nueva me da la bienvenida.

Enciendo las luces una a una, dejo el abrigo en el almacén y coloco el café sobre el mostrador.

Me ato el pelo de nuevo, reviso el escaparate, recoloco una chaqueta que se ha caído un poco.

Me suelo quejar, pero en el fondo me relaja mucho tener que ordenar prendas, doblar camisetas, saber exactamente dónde va cada cosa.

Empiezan a entrar los primeros clientes, esta es la parte que menos me relaja, lo confieso. Sonrío, saludo, pregunto si necesitan ayuda. Paso tallas, ordeno perchas. Y mientras todo esto pasa, me olvido de todo lo demás. Aquí, entre telas y espejos, la cabeza es muda.

A veces me veo reflejada en el probador, con la luz blanca y vuelvo a reconocerme.

No soy solo lo que duele, también soy esta versión que atiende, que se mueve, que sigue, que aconseja, en realidad hay muchas versiones de mi dónde el dolor no manda, aunque no siempre quiera mirarlas a los ojos.

Y mientras el café se enfría en el mostrador y la tienda se llena de voces, me repito que hoy, al menos hoy, puedo con esto.

Bárbara llega cinco minutos tarde, como siempre, con el abrigo abierto y el pelo húmedo. Entra pidiendo perdón antes de cerrar la puerta y deja el bolso detrás del mostrador.

—Gracias por cambiarme el turno —me dice mientras se pone la acreditación—. Te debo una.

—No pasa nada —le respondo—. Me viene bien salir antes hoy.

Se acerca al perchero, coloca unas camisas y me mira de reojo.

—¿Qué tal el viaje?

Le cuento lo de la casa en la montaña y siento que es un guion que ya me he aprendido después de repetirlo tantas veces.

Hablo mientras doblamos ropa, mientras reordenamos una estantería que nadie ha tocado en días y tenemos que intentar que llame más la atención.

Bárbara me escucha, asintiendo de vez en cuando.

—Suena increíble, tía —dice—. Te hacía falta algo así.

Asiento y sigo. Le hablo de la gente, de Roberto cocinando como si estuviera en su casa, de la risa tan fuerte y contagiosa que tenía Almudena, de Jun que pintaba cosas que me dejaban sin palabras.

Y sin darme cuenta, Leone aparece en la conversación.

Primero como una anécdota, pero poco a poco se va convirtiendo en el tema principal de la conversación.

—Y entonces Leone dijo no sé qué y nos empezamos a reír —añado mientras cuelgo unos pantalones—. Es muy observador, se fija en todo.

Bárbara sonríe.

—Ajá.

No me doy cuenta y vuelvo a nombrarlo. Que si ha escrito muchos libros, que si fuma más que yo.

—Y el otro día quedamos para comer, pero terminamos pasando el día entero juntos —digo, como si fuera lo más normal del mundo.

Bárbara deja una camiseta sobre el mostrador y me mira con intriga.

—Oye —dice—. ¿Quién es Leone?

Me quedo quieta un segundo. Me sorprende la pregunta, como si no fuera evidente. Abro la boca para responder y me freno al darme cuenta de todo lo que acabo de soltar de Leone sin darme cuenta.

—Es… —empiezo—. Un chico que conocí allí.

—Ya, creo que eso me lo has dicho —ironiza ella, mirándome con una sonrisa en la cara, que mi abuela la catalogaría de “sonrisa pillina”—. Pero hablas mucho de él.

Me encojo de hombros, intento restarle importancia, pero no me sale.

—Supongo que le he cogido cariño —admito—. Me lo hizo fácil, me gustó estar allí y coincidir con alguien así.

—Eso es bonito —afirma—. Conectar con alguien en una experiencia así, me alegro un montón.

Asiento. Me alegra haberlo conocido, de verdad que sí. Me alegra que exista, que esté en el mundo, que se haya cruzado conmigo en el mejor o peor momento, según como lo quieras ver.

Termino de explicarle cuatro cosas del turno, le entrego la llave de la caja y me pongo el abrigo.

—Disfruta de la tarde —me dice lanzándome un beso.

—Lo intentaré.

Al salir del trabajo y poner rumbo a mi casa, decido hacer lo que me he acostumbrado a hacer cuando la felicidad, o la tristeza, se apoderan de mí. Meterme en su chat y grabar audio.

—Hola —empiezo— estoy feliz. Bueno, ayer no lo estaba tanto, pero he estado escuchando un podcast de los que a mí me gustan y que tanta pereza te daban —una pequeña sonrisa brota de mi cara al recordar ese dato nuestro—.

Decía que la felicidad no es un estado constante, sino que hay momentos felices.

Y cuando lo estaba escuchando me vino a la mente una frase que me dijiste el día que me dejaste “Indira, llevamos meses sin ser felices” —y al recordar aquel momento mi pecho se contrae un poco, pero sigo—.

No sé. Quizá entonces no supe responderte.

Quizá porque una parte de mí también sentía que algo se nos estaba escapando de las manos.

Pero hoy, escuchando aquello, he pensado que yo sí recuerdo momentos felices —sonrió al recordarlo.

—Recuerdo estar cantando a todo pulmón en el coche la canción de Yours de Post Malone, y todas las que venían después en nuestra playlist, recuerdo las noches de verano donde nos hacíamos cenas divertidas y la mayoría de las veces se convertían en helado con cereales y dulce de leche.

Recuerdo las tardes sin hacer nada especial y, aun así, sentir que estaba exactamente donde quería estar.

Recuerdo mirarte y pensar, aunque fuera por un instante, que todo iba a salir bien.

Y eso me hacía sentir muy feliz, ¿sabes?

—bajo el tono de voz cuando me siento en el hueco que ha quedado libre en el metro.

—Y me pregunto si tal vez confundimos la felicidad con la ausencia de problemas.

Porque sí, teníamos miedo. Mucho. Miedo al futuro, a equivocarnos, a hacernos daño.

Los últimos meses ese miedo ocupó más espacio que el amor.

Pero incluso entonces, a pesar del miedo, seguían existiendo pequeños momentos felices —siento como la nostalgia se apodera de mi—.

Supongo que solo quería decirte que, cuando miro atrás, no veo una historia triste de principio a fin.

Veo una historia donde hubo miedo, pero también momentos de felicidad real.

Y quizá eso sea lo que eran al final: momentos.

No suficientes para salvarnos, pero sí demasiado importantes como para decir que nunca estuvieron ahí. Al menos para mí.

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