CAPÍTULO OCHO
ELEVATED HEARTbrEAK – JXDN
No estar disponible emocionalmente es esto: levantarte por la mañana y sentir que todo lo que podría empezar llega tarde. No es que no exista, sino que no hay espacio.
Jairo ocupa casi todo el espacio que hay en mí.
La cabeza, el cuerpo, los recuerdos. Está en todos sitios, en gestos cotidianos, en las frases que no digo y en las que grito, en decisiones que no tomo.
Hay días en los que pienso en él con rabia, otros con dolor y la mayoría con la tristeza más grande que ha podido vivir mi corazón.
Me doy cuenta de que no puedo mirar a otros ojos sin que algo dentro de mi active todas las alarmas.
Aun así, ahora me pasa algo raro. Me siento cómoda con alguien que no me conoce y al que no conozco, tal vez porque no tenemos una historia compartida, ni promesas y muchísimo menos un pasado que proteger.
Simplemente estamos y ahí es cuando me doy cuenta de que me fijo en detalles mínimos como la forma en la que sonríe, como los labios se curvan en su cara antes de que aparezca el sonido de su risa o el gesto que hacen sus ojos cuando se entrecierran para prestar atención.
Y he aquí la antítesis. Duele que no sean sus ojos, me duele admitir que otros ojos puedan ser amables conmigo cuando yo todavía estoy hecha trizas por dentro.
Cuando te traiciona la persona que más quieres, entiendes algo que antes solo intuías. Descubres un dolor que no se parece a nada: el dolor de alma.
Lo que antes llamé dolor no lo era. Era orgullo herido, miedo, apego, pérdida del lugar que creía seguro.
Esto es otra cosa. Esto no se queda en la cabeza.
Esto baja, se instala, aprieta el pecho, corta el aire, vuelve tristes los pensamientos.
Hay momentos en los que respirar es un esfuerzo consciente. Pensar, también. Ser, ni te cuento.
Ese dolor no avisa y lo peor de todo es que no te prepara. Y como nunca lo habías sentido, no sabes qué hacer con él. Te asustas. Piensas que no hay salida, que esto no se pasa, que te has quedado aquí para siempre.
Hay una parte de mí que sigue convencida de que de esta no voy a salir, pero quizá no se trate de salir, sino simplemente de seguir.
El dolor de alma no tiene nada de heroico.
No enseña nada bonito mientras está. Solo arrasa contigo y con lo que pille en el camino.
Te reduce, te deja pequeña. Más tarde, cuando baja un poco, entiendes que algo se ha roto para siempre y que tal vez eso también te construye, aunque ahora no consuele saberlo.
A veces me pregunto si este dolor se quedará conmigo toda la vida. Si se va a quedar adherido, formando parte de quién soy. Hay días en los que pienso que sí porque es demasiado hondo, profundo, doloroso para desaparecer del todo. Es como si hubiesen tiroteado mi alma.
Y en ese pensamiento me doy cuenta de que ahora sé lo que es el verdadero dolor. Y ya no puedo fingir que no lo conozco.