CAPÍTULO SIETE
THE DRESS – DIJON
Una semana después de volver a Madrid, quedo con Leone para comer.
Lo curioso es que no estoy nerviosa, según yo.
Llevo repitiéndomelo todo el camino, hasta que me doy cuenta de que acabo de llegar veinte minutos antes y que estoy plantada frente al cristal del bar, utilizándolo como si fuera el espejo de mi casa.
Me recoloco el abrigo. Después el pelo. Luego otra vez el abrigo, porque, al parecer, el cuello nunca queda exactamente igual en ambos lados.
Respiro hondo una vez y otra vez. Es ridículo.
Solo hemos quedado para comer. No voy a una entrevista de trabajo, ni me van a pedir matrimonio. «Es una comida, una comida y ya».
Llega puntual, con el mismo abrigo oscuro de siempre, y me saluda con dos besos.
Entramos y nos sentamos en una mesa junto a la ventana, pedimos prácticamente lo mismo.
Empieza a contarme una anécdota que le ha pasado con un vecino que para ser sincera, no le prestó ni la más mínima atención porque estoy demasiado ocupada mirándole.
Me doy cuenta cuando lleva un rato hablando y yo no sabría repetir ni una sola palabra de lo que ha dicho.
Solo sé cómo se le mueve la boca al sonreír o cómo gesticula con las manos.
Aparto la mirada de golpe y finjo que la carta me interesa muchísimo.
La misma carta que acabamos de cerrar porque los dos teníamos clarísimo qué íbamos a pedir. «Lo estás haciendo genial, sigue así».
La comida llega, por fin, y menos mal que cambiamos de tema cuando me pregunta sobre mi arte porque en cualquier momento se iba a dar cuenta de que llevaba hablando solo media hora y a mí ya no me quedan más onomatopeyas que decir.
—Y, ¿desde cuándo pintas? —pregunta mientras coge el tenedor.
Me quedo pensando unos segundos.
—Desde pequeña, creo. Siempre me ha gustado dibujar. Era la típica niña que llenaba todos los márgenes de los cuadernos con garabatos y que prefería quedarse en casa pintando antes que salir a jugar —la nostalgia me hace sonreír.
—No te imagino así —declara Leone.
—¿Y cómo me imaginas? —pregunto curiosa.
—No sé. Te imagino más como alguien que siempre estaba metida en algún lío.
—También. Podía hacer las dos cosas, es mi don y soy mujer —me río y le guiño un ojo.
El café se enfría sin que ninguno de los dos lo toque, porque estamos tan metidos en nuestra conversación que se nos olvida que tenemos una taza de café esperándonos en nuestras narices. Cuando el camarero pasa a recoger las tazas, Leone mira el café intacto, después el reloj y, por último, a mí.
—Se nos ha ido un poco —dice.
—Un poco bastante —confirmo al ver la hora que es.
—¿Tienes prisa?
Niego con la cabeza.
Salimos a la calle y empezamos a andar sin saber muy bien a dónde vamos.
Hablamos de cosas sin más, de libros que yo he abandonado a la mitad y él me dice que eso es un pecado absoluto, de la gente que se cree guay cuando dice que no escucha música en español o que no ve cine español cuando el humor español es insuperable, algo en lo que ambos estamos de acuerdo.
—Al final no solo sabemos hablar de exs, también nos lo pasamos muy bien —dice entre risas.
—No me esperaba menos de ti.
—Eso suena a que tenías expectativas.
—Unas mínimas —confieso haciendo un gesto con los dedos.
Se detiene en seco.
—¿Mínimas? Eso duele —dramatiza tocándose el pecho.
—Te lo has buscado — bromeo con una sonrisa.
Cuando empieza a oscurecer y ya hemos superado los diez mil pasos diarios, me propone ir a cenar.
—Hay un sitio —susurra mientras se inclina hacia mí como si estuviese compartiendo un secreto de estado—, si sigue abierto, donde hacen una tortilla que roza lo ilegal.
—En Madrid esa frase es, cuanto menos, peligrosa.
—Confía en mi buen gusto, Indira —me pide con chulería.
El sitio es pequeño, aunque está hasta arriba de gente. Esto, normalmente, es buena señal. Cuando por fin se queda libre una de las pequeñas mesas que hay, nos sentamos y no podemos evitar reírnos de lo pegados que estamos por estas mesas modernas que son enanas.
—Te prometo que es la mejor de Madrid —insiste.
La tortilla llega y es verdad, está muy buena, jugosa, poco hecha y sin cebolla, porque la tortilla con cebolla no es tortilla y no acepto discusión.
Compartimos plato y hablamos mientras nuestra rodillas están muy apretadas bajo la mesa.
Cuando de repente me acuerdo de que estos días había buscado las fotos de la exposición que hice para poder enseñárselas.
—Quería enseñarte algo —le digo mientras me limpio con la servilleta y saco el móvil del bolso.
—Miedo me das.
Abro la galería y busco las fotos de la exposición. Le paso el móvil y le veo deslizar las imágenes, hacer zoom, deshacer el zoom, volver a hacer el zoom. Que pequeña me siento en este momento.
—Esta era la que hiciste para Jairo —afirma al final.
—Sí.
—Se nota.
—¿Por qué?
—Por el amor que hay en las obras, pero también el dolor.
—Fue mi forma de quererlo —explico—. Y de despedirme.
Me devuelve el móvil y me mira con respeto.
—Es muy bonito Indira.
Salimos del bar con la tripa llena y el corazón contento, como se suele decir.
—¿Te acompaño? —me pregunta de pronto.
—Sí, si te apetece.