CAPÍTULO SEIS
SOMETHING TO REMEMBER – MATT HANSEN
Vuelvo a casa entrada la noche, es decir, a las siete de la tarde, y dejo la maleta en el recibidor sin deshacerla. Si hay algo que odio de viajar es deshacer la maleta, así que posiblemente esté ahí durante los próximos tres años.
El piso está en silencio, pero no vacío.
Pamela tiene la luz del salón encendida y Martina habla por teléfono desde su habitación.
Me quito los zapatos, una de nuestras normas que al principio me costó, porque me olvidaba, pero que ahora amo y hago inconscientemente en cualquier sitio al que voy.
Dejo el abrigo colgado, o, mejor dicho, tirado donde puedo, y camino despacio para sorprenderlas.
—¡He vuelto, putas! —doy un pequeño grito.
—Por finnnnn —grita Pamela emocionada asomando la cabeza desde el sofá con una copa de vino en la mano.
Martina cuelga el teléfono y aparece descalza, con el pelo recogido de cualquier manera. Me miran sin decir, evaluándome mientras yo me dejo caer en el sofá y apoyo la cabeza hacia atrás. El cansancio se apodera de mí.
—¿Sushi? —pregunta Pamela.
Asiento. No tengo fuerzas para decidir nada.
Mientras piden, me cambio de ropa y vuelvo al salón con el pijama puesto.
Me siento en el suelo con la espalda apoyada en el sofá, y acepto la copa que me alargan.
Doy un sorbo largo antes de empezar a contarles el viaje.
La casa en la montaña, la gente, las conversaciones largas después de cenar, las horas pintando sin mirar el reloj.
No entro en demasiados detalles, pero cuando nombro a Leone, Martina levanta una ceja y Pamela sonríe.
—Ajá.
—No empecéis —advierto—. No va por ahí…
Les hablo de él con cuidado de que no se monten películas, intentando no exagerar nada.
El sushi llega y comemos sentadas en el suelo, compartiendo las bandejas y bebiendo vino entre bocado y bocado. La conversación fluye hasta que Martina deja los palillos y me mira fijamente.
—¿Y Jairo ha pasado mucho rato en tu cabeza?
Respiro hondo antes de contarles todo lo que pasó en el tren. La chica. El momento en el que me desmelené. Pamela suelta un insulto sin filtro. Martina aprieta los labios.
—Le odiamos más todavía —sentencia.
—Pero estamos muy orgullosas de cómo lo gestionaste —añade Pamela.
—Sí, a todo cerdo le llega su San Martín —termina Martina.
Les confieso que lo que más me duele no es que esté con otra persona, sino darme cuenta de que yo aposté por nosotros incluso cuando ya no estábamos juntos.
Que defendí una historia que ya estaba rota mientras él miraba hacia otro lado y que ahora todo el pasado se mueve y no sé dónde colocar tantos recuerdos. Y la culpa de eso solo la tengo yo.
El vino se acaba, pero Pamela decide abrir otra botella sin preguntar. Me doy cuenta de cómo se me cierra la garganta y sin previo aviso, las lágrimas empiezan a brotar. Lo único que soy capaz de hacer es cubrirme la cara con las manos y dejar que salgan.
Una vez más lloro porque amé de verdad, porque confié, porque me entregué sin guardar nada, porque me duele aceptar que no puedo hacer nada para cambiar cómo terminó todo, porque sigo preguntándome en qué momento dejé de escucharme a mí.
Martina se sienta a mi lado y me rodea con el brazo. Pamela me acaricia la espalda en silencio. Cuando consigo respirar mejor, me limpio la cara y doy otro sorbo de vino. Me siento agotada, pero más tranquila, vacía en el sentido bueno y en el malo.
—Me duele tanto —sollozo— porque fue real. Y porque yo era real ahí dentro, por primera vez en mi vida me sentía yo con un hombre.
—Claro que duele —asiente Pamela—. Si no te doliera, ahí sí habría un problema.
Me quedo mirando el cartón vacío del sushi, una mancha de soja seca en una esquina, el palillo en el suelo que nadie ha recogido.
—Yo pensaba que era él —añado—. No en plan destino ni mierdas de esas.
Pensaba que era él porque con él me quedé, incluso cuando no era fácil.
Porque no me fui cuando empezaron las dudas.
Porque seguí apostando cuando ya estaba cansada y, chicas, yo nunca he sido así, vosotras lo sabéis —se me quiebra un poco la voz, pero no paro—.
Y eso es lo que más me duele ahora. Haber sido tan leal a algo que no me estaba siendo leal a mí, y ya no sé si hablo de mí misma o de nuestra relación. Me siento decepcionada. Engañada.
Martina aprieta más el brazo alrededor de mis hombros.
—Eso no te hace débil ni nada por el estilo —afirma—. Te hace humana, eres amor, Indi, y es lo que das, aunque no siempre se reciba como nos gustaría.
Niegan ambas cuando intento encogerme, cuando la culpa quiere volver a sentarse en su sitio habitual.
—Hay días que siento que esto no se va a ir nunca —confieso—. Que se va a quedar aquí, en el pecho, para siempre. Que, aunque conozca a otras personas, aunque vuelva a reírme, aunque esté bien, esto va a seguir ahí recordándome que quise así y salió mal.
Pamela resopla.
—No salió mal porque quisieras así. Salió mal porque él no supo qué hacer con tanto amor.
Bebo otro trago, pero no por sed.
—Lo peor —digo— es que no fue horrible todo el tiempo. Si lo hubiera sido, sería más fácil. Pero hubo amor, mucho amor, días muy buenos, la mayoría de hecho. Y eso me vuelve loca, porque no sé qué hacer con esa parte. No quiero borrarla, pero tampoco quiero que me ate ni que me mate.
Se hace un silencio.
—Hoy, en el tren —añado—, cuando volvía, estaba pensando que quizá esto es lo que más miedo me da. Que amar así tenga siempre este precio, que entregarse signifique acabar rota.
Martina me mira de frente.
—No. Amar así significa que sabes amar, el resto no depende de ti.
Me seco las mejillas con la manga del pijama y respiro hondo. Estoy cansada de llorar.
—No quiero que me digáis que se pasa, porque llevo meses y no siento que se pase —les digo.
—Aunque creas que no se pasa, sí se pasa, Indi, pero sabes que esto no es lineal —me intenta consolar Pamela—. Y aquí estamos para todos los días que vengan torcidos.
Apoyo la cabeza en su hombro. Cierro los ojos un momento. El piso sigue oliendo a sushi y a vino. Mis amigas siguen aquí. Yo sigo aquí también, aunque un poco más entera porque cada vez que me rompo, me reconstruyo un poco más.
—Supongo que ahora toca aprender a vivir con esto —murmuro—. Sin correr y sin fingir que no me importa.
Martina sonríe con amor.
—Eso también es parte del proceso.
Asiento. Nos quedamos juntas un rato más, recogemos sin prisa y apagamos las luces una a una. Cuando me meto en la cama, el dolor sigue, pero ya no estoy sola con él.