CAPÍTULO CINCO
JULY – NOAH CYRUS
Los días pasan y, cuando me quiero dar cuenta, ya me tengo que ir. Cierro la maleta, coloco el bolso encima y bajo a recepción.
La cocina está llena cuando bajo. Hay ruidos de platos, risas y un pequeño olor a quemado.
Roberto discute con Almudena porque ella quiere añadir más sal y él dice que así está perfecto.
Eleni tararea mientras coloca copas sobre la mesa larga.
Jun observa desde la encimera con una cerveza en la mano. Bianca me ve entrar y sonríe.
—Ven, siéntate aquí —dice apartando una silla.
Y yo me dejo caer sin pensar, la silla está caliente por la chimenea, así que me quito la chaqueta y la dejo colgada en el respaldo.
Cuando levanto la mirada, veo que Leone está al otro lado de la mesa y, cuando levanta la vista y me encuentra, sonríe.
Conmigo deja de ser el Leone serio, distante y, si me lo permites, antipático que suele ser con el resto y pasa a ser un Leone dulce, cercano y con una sonrisa siempre en los labios.
Cenamos apretados, pasándonos los platos unos por encima de otros, pidiendo pan, riéndonos y hablando sin parar.
Almudena cuenta una historia larguísima que nadie termina de entender por su spanglish, pero nadie la corta.
Mathieu levanta la voz para brindar, Bianca le manda callar riéndose y al final chocamos las copas igual.
—Por coincidir —brinda Bianca.
Después de brindar con todos, me llevo la copa a los labios.
Por coincidir. Puede que la vida no consista únicamente en buscar respuestas todo el tiempo, sino en disfrutar esos momentos en los que nuestros caminos se cruzan con otros, porque son esas casualidades las que le dan sentido a nuestra vida.
La noche avanza hasta que todos empiezan a levantarse, a recoger y a desaparecer poco a poco. Leone se acerca cuando ya no queda casi nadie.
—¿Un cigarro? —me pregunta.
Asiento. Es tradición terminar las noches fumando juntos y de repente me invade la nostalgia y la pena, porque este, probablemente, sea nuestro último cigarro juntos aquí.
—Me ha gustado coincidir contigo —admite mientras me enciende el cigarro.
—A mí también —le digo mirándole primero a los ojos y luego a los labios, inconscientemente, pero retiro mi mirada lo más rápido que puedo.
—Si quieres —añade, todavía mirándome—, podemos quedar algún día en Madrid.
—¡Sí! —exclamo más emocionada de lo que me hubiese gustado. ¿La palabra disimular existe en mi diccionario? Definitivamente, no.
Le vuelvo a mirar, pero esta vez tiene una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando ya es el momento de irme, Roberto, Bianca, Almudena y Leone me acompañan al taxi para despedirme. A los cinco minutos el taxi llega y, antes de subirme, Leone me mira con una sonrisa antes de decirme:
—Cuídate Indira, y sigue pintando así.
—Nos vemos —le digo con una sonrisa en la cara.
Me subo al taxi sin mirar atrás demasiadas veces.
Mientras bajamos por la carretera, apoyo la cabeza en la ventanilla y me doy cuenta de que no estoy triste, cosa que me sorprende un poco porque suelo confundir las despedidas con pérdidas y esta vez no lo siento así.
Pienso en esta noche, mi última noche aquí, en cómo la cocina se ha ido llenando poco a poco y nadie parecía tener prisa por sentarse, en las copas que se iban llenando solas y en las conversaciones que se mezclaban unas con otras.
Cuando me he apoyado en la encimera mirando a los demás, he sentido una paz muy parecida a la que te da el hogar.
Nadie me pedía que fuera más divertida ni más profunda ni menos intensa, nadie esperaba que explicara nada de mí, simplemente estaba allí y eso era suficiente para ellos y para mí.
Me viene a la cabeza la risa de Almudena, el acento de Roberto mientras contaba la misma historia por tercera vez, las manos de Jun pintando, Eleni tarareando algo mientras encendía la chimenea o hacía cualquier cosa.
Me doy cuenta de que podría dibujar ese momento entero en mi memoria, cómo nuestras almas conectaban.
Y Leone estaba allí, sentado cerca pero no demasiado, hablándome de vez en cuando, mirándome cuando yo hablaba. Cruzar los ojos con él desde la otra punta de la mesa y sonreír sin motivo, simplemente porque sí, porque es fácil.
Me gusta haberlo conocido. Me gusta que haya sido alguien con quien compartir silencios, cigarros e incluso llantos. Es muy difícil encontrar a alguien que te haga sentir cómoda en eso.
El coche reduce la velocidad. Siento que estuve donde tenía que estar durante el tiempo justo, que compartí lo que podía compartir en ese momento.
Cierro los ojos y respiro lento. Es reconfortante saber que puedo estar bien rodeada de personas nuevas, que todavía soy capaz de abrirme lo suficiente como para sentirme como en casa durante unos días.
…
Llego a Barcelona bastante cansada. Alba me espera en la estación, me ve antes de que yo la vea y me abraza fuerte, un abrazo largo en el que ninguna tiene prisa por soltarse. Caminamos hasta su piso hablando de cosas como dónde voy a dormir, qué vamos a cenar, y agradezco este aterrizaje lento.
Después de cenar nos sentamos en el suelo del salón con una botella de vino y las piernas cruzadas.
Empiezo a contarle lo de Jairo. Le pongo al día de lo que descubrí, de la chica, de las discusiones que teníamos y que de pronto todo encajo demasiado bien, de la sensación de haber sido la última en enterarse de algo que llevaba tiempo pasando.
Alba no me interrumpe, no intenta ponerle nombre a lo que siento ni decirme qué debería haber hecho, solo me mira y de vez en cuando niega con la cabeza, como confirmando que no estoy exagerando nada.
Cuando termino, me quedo en silencio un rato, mirando el suelo. Alba se levanta, va a la cocina y vuelve con dos vasos de agua porque ya no hay más vino, cosa que agradezco. Me da uno y se sienta otra vez frente a mí.
—No estás rota —dice—. Simplemente estás cansada de siempre dar a la persona incorrecta, pero no es tu culpa.
Siempre he creído en el amor, incluso sin tener motivos para creer en él. Y quizá eso me ha llevado a tropezar una y otra vez con la persona equivocada, con quien no sabe qué hacer con lo que yo ofrezco.
Pero ¿cómo puedes saber que es la persona equivocada antes de sentir todo?
Para eso no existe una brújula. Simplemente te topas con ello cuando miras a alguien y te das cuenta de que tu corazón ya ha dado más de lo que recibe, y que lo que creías seguro se tambalea, que lo que dabas por sentado se pone de pie.
Aun así, sigo creyendo, porque incluso en mis peores noches, algo me dice que el amor existe, que vale la pena, aunque sea para aprender quién no lo merece.
Y estoy segura de que en algún rincón de esa esperanza obstinada, está la persona correcta, esperando que mi fe en lo imposible no se apague.
Dormimos tarde y al día siguiente se hace de día antes de lo que me gustaría.
Desayunamos tranquilas, hablamos de trabajo, de gente en común, de planes que no sabemos si haremos, hasta que miro el reloj y me doy cuenta de que tengo que irme.
Hago la mochila, reviso tres veces que llevo todo y Alba me acompaña hasta la puerta.
Nos despedimos con un abrazo muy fuerte y bajo las escaleras deseando volver a casa.
La estación de Sants está llena de ruido, maletas rodando y gente corriendo.
Camino por el andén buscando mi vagón cuando levanto los ojos y le veo.
Leone está apoyado contra una columna, con el abrigo puesto y la mochila colgada de un hombro.
Durante un segundo pienso que me lo estoy inventando, pero entonces me mira y sonríe.
—Parece que seguimos sincronizados —dice cuando me acerco.
—Empieza a dar un poco de miedo —respondo con una sonrisa.
Subimos al tren juntos, dejamos las mochilas en el compartimento y nos sentamos uno al lado del otro.
El tren arranca y nosotros hablamos de cosas normales, de Barcelona, de lo rápido que han pasado los días, de lo raro que es despedirse varias veces de la misma gente en tan poco tiempo.
Leone me pregunta cómo ha ido mi visita y no esquivo la pregunta.
—He hablado de Jairo —admito—. Me ha hecho bien.
Asiente sin pedir detalles. Me cuenta que él también vuelve con la cabeza un poco loca.
El paisaje empieza a pasar rápido a través de la ventana. Hablamos de libros, de pintura y pintores, de manías absurdas. Nos reímos todo el rato y eso me hace estar cómoda de verdad, porque todo fluye y siento que ya nos conocíamos.
Cuando el tren reduce la velocidad y por los altavoces comienzan a anunciar las próximas paradas, siento una mano apoyarse sobre mi hombro. Abro los ojos con dificultad, todavía atrapada entre el sueño y la realidad, y descubro a Leone observándome con una expresión divertida.
—Ya casi llegamos —murmura mientras me retira el pelo de la cara.
Tardo unos segundos en comprender dónde estoy. El traqueteo constante del tren, el murmullo de los pasajeros y la luz gris que se cuela por las ventanillas terminan de despertarme. Entonces noto algo húmedo en la comisura de mis labios y sigo la mirada de Leone hasta su camiseta.
—Mierda — susurro, incorporándome de golpe.
Me llevo una mano a la boca, horrorizada. El cansancio se ha apoderado de mí y, en algún momento del viaje, me he quedado profundamente dormida sobre su hombro. Lo peor no es eso. Lo peor es que, al parecer, también he baboseado su camiseta.
—Lo siento muchísimo.
Leone baja la mirada desde mis labios hasta la mancha de su camiseta y se encoge de hombros, dándole la menor importancia.
—He sobrevivido a cosas peores.
Su respuesta consigue arrancarme una sonrisa avergonzada.
Me aparto un mechón de pelo de la cara y me acomodo en el asiento, intentando recuperar algo de dignidad mientras el tren continúa frenando lentamente.
Miro a Leone. Él me devuelve la mirada de inmediato, como si hubiera estado esperando a que lo hiciera.
Y entonces sonríe. No diría que Leone es una persona especialmente risueña.
De hecho, la mayoría del tiempo parece guardar sus emociones detrás de una expresión tranquila y reservada.
Sin embargo, para mí siempre tiene una sonrisa preparada.
La luz de la estación atraviesa el cristal y dibuja reflejos dorados sobre su rostro.
Durante unos segundos nos quedamos en silencio, observándonos mientras el paisaje comienza a ralentizarse al otro lado de la ventana.
El resto de los pasajeros se levantan para recoger sus maletas y mochilas, pero a nuestro alrededor parece haberse formado una burbuja.
Y, mientras lo veo sonreír, olvido por completo la vergüenza de haberle baboseado la camiseta.