CAPÍTULO CUATRO
MARE – MICHELE MERLO
—Buongiorno, principessa —suelta Pamela nada más coger la videollamada, con una sonrisa demasiado despierta para la hora que es.
—Indira, te quiero mucho, pero no llames tan pronto —me pide Martina desde la cama, con la voz pastosa y el pelo completamente fuera de control.
—Hola, chicas —respondo apoyando el móvil frente al espejo del baño—. Os echo mucho de menos.
—Y nosotras a ti —admite Pamela—, pero venga, menos cursiladas y más chisme. ¿Qué tal por allí? ¿Algún romance italiano ya o qué? Que te has ido sola a un retiro creativo, no a rezar, India.
—Si vuelves a llamarme India, no te cuento absolutamente nada —le contesto riéndome mientras me pongo la diadema y empiezo con el skincare.
—Veeeenga —ruega Martina incorporándose un poco—, haz que esta llamada merezca la pena y me saque de la cama. ¿Alguna novedad con el escritor buenorro o solo existe en nuestra imaginación?
—Existir, existe —digo—. Y escribir, escribe. Y sí, sigue estando bueno.
Pamela abre los ojos como platos al escucharme hacer esta declaración que no tiene ninguna intención detrás, simplemente tengo ojos y los uso.
—Sabía que no nos ibas a decepcionar —suelta al segundo, aún con los ojos como platos.
—A ver —empiezo mientras me echo el tónico—, tampoco os flipéis peeero ayer por la noche, después de cenar, salí a fumarme un cigarro y resulta que no estaba sola...
—Ajá —me interrumpe Martina—. Me gusta cómo empieza esto.
—Estaba Leone, sentado solo, como siempre. Y… bueno, estaba llorando.
Las dos se quedan en silencio con cara de no entender nada.
—¿Llorando, llorando? —pregunta Pamela, bajando un poco el tono de voz.
—Llorando de verdad —asiento—. Y fue todo muy raro, porque yo no iba con ninguna intención de hablar ni de nada, pero al final terminamos echándonos un cigarro y teniendo una conversación muy poco normal para ser la primera vez que hablas con alguien.
—¿Y? —dice Martina—. Detalles, por favor.
—Me contó que hace dos meses su novia desapareció de su vida.
Literalmente. Fue a la casa donde vivían, recogió sus cosas, dejó las llaves y se fue.
Le bloqueó de todos lados. Y que hay días que no puede con la cabeza, con las preguntas, con pensar si hizo algo mal o si todo fue mentira, como es normal.
Pamela frunce el ceño.
—Que cabrona, pobrecito.
—Sí —respondo encogiéndome de hombros—. Hablamos un rato. Nada raro, fue… tranquilo.
—O sea —empieza a hablar Martina en mitad de un bostezo—, que le has visto vulnerable, es muy romántico.
—Bueno —intento calmar su lado romántico empedernido—, tampoco lo vendamos como una escena de película. Fue más bien dos personas fumando y consolándose mutuamente.
—¿Y tú qué le contaste? —pregunta Pamela.
—Nada del otro mundo —miento un poco—. Que venir aquí también es un reto, que es normal que a veces explotemos y que no pasa nada por estar mal, aunque el sitio sea precioso.
—Indira —dice Martina mirándome desde la pantalla—, eres una auténtica psicóloga.
Me echo a reír mientras empiezo a echarme la crema.
—Luego nos quedamos en silencio. Y ya está. No pasó nada más.
—¿Seguro? —Pamela arquea una ceja.
—Seguro —le respondo sonriendo—. Pero no sé, fue bonito. Incómodo y bonito a la vez.
—Vale —dice Martina levantándose por fin de la cama—. Entonces no hay beso, pero hay conexión. Me sirve.
—De momento —añade Pamela—. Que esto acaba de empezar.
—Os iré contando —les digo con un guiño—. Prometido.
—Más te vale —responde Pamela—. Y ahora termina el skincare y vete a pintar, Indira Lautrec, —Pamela me suele llamar así cuando se trata de la Indira que pinta, haciendo referencia a Toulouse Lautrec, mi pintor favorito— que para eso te has ido.
Me rio después de colgar, porque con ellas todo cambia de perspectiva y la vida empieza a verse más fácil que sumar dos más dos. El problema es que siempre he sido mala en matemáticas y sumar dos más dos se me complica, así que imagínate la vida.
Bajo a desayunar con el pelo húmedo y una sudadera cuatro tallas más grande.
La casa todavía está en silencio, porque es demasiado pronto para alguien que está de vacaciones y un horario normal para alguien que está en su rutina diaria, pero después del día de ayer, hoy tengo la energía completamente recargada y no podía estar más tiempo en la cama metida,
fingiendo que no tengo ganas de mancharme las manos durante todo el día, a ser posible.
Entro en la cocina esperando encontrarla vacía, pero el sonido del aceite caliente rompiéndose me avisa de que no estoy sola.
Es Leone. Está de espaldas a mí, frente a los fogones, con una sartén en la mano y una camiseta básica negra. Está despeinado y medio dormido. El olor a café recién hecho y a huevos revueltos llena la cocina.
—Buenos días —susurro para no asustarle, por segunda vez...
—Buongiorno —responde, y sonríe mientras gira la cabeza de nuevo a los fogones— ¿Has dormido bien?
—Sí —asiento—. ¿Y tú?
—Mejor —dice simplemente.
Me acerco a la cafetera y empiezo a prepararme el primer café del día. Me muevo por la cocina igual que si llevara toda la vida desayunando aquí. Me gusta esta sensación de cuando llevas varios días en un sitio que no es tu casa y vas formando una rutina nueva que te hace sentir como en casa.
—¿Huevos? —me pregunta señalando la sartén.
—Siempre —respondo.
Nos sentamos frente a frente, con la luz de la mañana entrando por la ventana.
—¿Siempre madrugas? —pregunto de pronto para romper el hielo.
—Cuando tengo algo que entregar, sí —dice—. Me gusta empezar a escribir antes de que el mundo se despierte, me siento más libre.
—¿Libre? —preguntó con la boca llena.
—Sí —asiente—. Me siento solo en el mundo y pienso: si realmente estuviese solo en el mundo, ¿qué escribiría? Escribir sin que puedan juzgar cada una de mis palabras y cada una de las decisiones que tomo en la historia, es la mayor utopía de mi vida.
—Tiene todo el sentido del mundo.
Cuando terminamos de desayunar él empieza a recoger los platos antes de que yo pueda ofrecerme a hacerlo. Le observo apoyada en la encimera bebiéndome el poco café que queda en la taza.
—Gracias por los huevos —le digo y al segundo me doy cuenta de lo mal que ha sonado.
—Un placer —responde con una sonrisa porque él también se ha dado cuenta.
Voy a la zona común, es una habitación bastante amplia, con ventanales enormes que dan a la montaña y mesas largas que están manchadas de pintura.
Cada uno hemos ido eligiendo nuestra propia mesa, así que voy directa a la mía, que para sorpresa de nadie está cerca de la ventana.
La luz es preciosa a esta hora. Extiendo mis cosas sin prisa, preparo la paleta, mojo los pinceles.
No tengo muy claro qué quiero pintar, pero nunca me ha funcionado empezar con una idea, así que, simplemente, empiezo a pintar.
Al principio, lo único que me salen son trazos raros y colores que no terminan de combinar entre sí.
Después, sin darme cuenta, el cuerpo se adelanta a la cabeza.
Mi muñeca se mueve sola, el pincel sabe por dónde tiene que ir, y yo me limito a obedecer.
El tiempo desaparece. No sé cuánto llevo aquí ni me importa.
De vez en cuando levanto la mirada. Leone está en la mesa de enfrente, con su portátil y un cuaderno abierto al lado, tiene el ceño ligeramente fruncido.
Noto como su mirada se clava en cada poro de mi piel.
Levanto los ojos del cuadro y me encuentro con los suyos.
Nuestras miradas se cruzan y ninguno de los dos tiene prisa por apartarla.
Sonríe. Siento el impulso de seguir sosteniendo la mirada para averiguar qué está pensando, pero en lugar de eso, le respondo con una sonrisa y vuelvo al cuadro.
—¿Te apetece salir a fumar un cigarro? —susurra Leone en mi oreja y noto cómo su aliento me acaricia la piel.
Paro el pincel en el aire. Respiro hondo y vuelvo poco a poco a este plano.
—Sí —respondo—. Me vendrá bien.
El frío se cuela bajo mi ropa nada más abrir la puerta.
Leone se adelanta un poco para coger dos mantas que hay dobladas en el banco de madera y me alarga una.
Me la pongo sobre los hombros y le agradezco el gesto con una sonrisa.
Encendemos los cigarros al mismo tiempo y el humo se pierde rápido en el aire.
—¿Siempre entras en trance cuando pintas? —me pregunta—. Parecía que no estabas aquí.
—Ojalá pudiera hacerlo siempre —respondo—. No pasa tan a menudo como me gustaría.
—Es normal, a mí me pasa escribiendo —dice—. Hay días que todo fluye y otros en los que no consigo ni una frase decente.
—Eso me tranquiliza —admito con una sonrisa—. Pensaba que a los escritores os salía todo con facilidad.
Se ríe.
—Ojalá. La mitad del tiempo estoy peleándome conmigo mismo.
Damos unas caladas en silencio. Me apoyo en la barandilla, mirando las luces de la casa reflejarse entre los árboles.
—¿Y qué escribes? —le pregunto.
—Ahora mismo estoy con mi sexta novela —responde tras una pausa—. Va sobre relaciones, pérdidas y todas esas cosas que uno intenta mantener a salvo de las palabras. Material peligroso, en definitiva.
—¿Peligroso?
—Sí —sonríe—. Porque una vez lo escribes, ya no puedes fingir que no te ha pasado y la gente no vuelve a mirarte igual.
Asiento. Entiendo bien esa idea.
—¿Y tú? —añade—. Tus cuadros son… son intensos.
—Si intento suavizarlo, se me muere en las manos.
Leone da otra calada y me mira con atención.
—¿Has expuesto alguna vez?
No me esperaba esa pregunta, me pilla por sorpresa.
—Solo una —digo después de un rato—. Hace unos meses.
—¿Y qué tal?
Exhalo el humo.
—Raro. Bonito. Doloroso —respondo—. Nunca había enseñado mis cuadros así, tan expuestos… y además fue una exposición dedicada.
—¿Dedicada?
—A mi ex —me encojo de hombros.
Leone levanta las cejas, sorprendido.
—Valiente.
—O estúpida —corrijo—. En ese momento pensé que tenía sentido como una forma de cerrar algo… o eso creía.
—¿Y él lo vio?
—Sí —respondo—. Y supongo que ahí se quedó todo.
Leone no hace más preguntas, cosa que agradezco.
—Pintar desde ahí tiene que ser difícil —dice finalmente.
—Sí —admito—. Pero a veces pienso que las cosas dolorosas son muy necesarias. A veces necesitamos esas hostias de realidad para volver a nosotros mismos.
—La vida es así de divertida —bromea.
Nos quedamos un rato más fumando, hablando de los procesos artísticos de cada uno, de lo difícil que es exponerse, de cómo cada uno lidia con lo que crea y con lo que eso despierta.
Antes de cenar, decido subir a darme una ducha calentita, porque el frío de la montaña se adueña de tus huesos por muchas capas que lleves.
Mientras el agua caliente me acaricia el cuerpo desnudo, pienso en el día de hoy, en lo fácil que ha sido vivir.
La compañía de Leone está haciendo que mi cabeza se calle por momentos.
Como era de esperar, mi cabeza se pone a analizar todas las conversaciones que he tenido en el día y, me acuerdo de algo que me ha dicho esta tarde Leone y de la forma en la que me ha mirado cuando le he contado una tontería, como si realmente le importara.
Y esto, inevitablemente me lleva a él, a Jairo.
Le habría caído muy bien. Odio esta costumbre horrible que ha cogido mi cabeza de que, cada vez que algo bueno me pasa, mi mente vuelve a él, a la necesidad de contárselo.
Así que hago lo que llevo haciendo los últimos meses: coger el móvil, abrir su chat y empezar a grabar un audio.
Dejo el móvil en el estante junto al champú, apoyo mi espalda en la pared mientras el agua sigue cayendo y empiezo a hablar.
—Hoy ha sido un día precioso, he estado todo el día pintando sin parar, no sabes cuánto necesitaba esto después de todo…
—hago una pequeña pausa, cojo aire y sigo.
—Bueno, supongo que sí lo sabes. El caso es que estoy en Italia, en un retiro, y estoy conociendo gente increíble; entre ellos está Leone, un escritor que vive en Madrid.
Estoy tan segura de que os habríais llevado tan bien…
Estoy segura de que en algún momento os hubieseis hecho vosotros dos más amigos que él y yo —digo con una sonrisa en la cara y una lágrima bajando por mi mejilla que desaparece al segundo con el agua de la ducha.
—Me ha recordado a ti en algunas cosas. No en todo, eh —añado intentando corregirme a mí misma—.
Pero hay algo en él que me recuerda a ti, no sé, la forma en la que escucha o cómo te hace sentir cuando habla —hago una pequeña pausa—.
El problema es que no eres tú, y eso me duele, ¿sabes?
—preguntó en un sollozo que ya no puedo controlar—.
Me jode estar en cualquier sitio y pensar en ti, en cómo sería vivirlo contigo, en lo mucho que te hubiese gustado este sitio, la gracia que te hubiese hecho algunas situaciones o en compararte con todo,
porque es como si siguieras estando en todo lo que me pasa —hago una pausa larga que me devuelve a la realidad por un segundo.
—Yo estaba tan segura, joder, Jairo —rompo en llanto de nuevo—.
Tan segura de que ibas a estar en todos estos momentos, tan segura de que ibas a conocer a toda la gente que llegara después, tan segura de que ibas a ver todo lo que estoy viendo ahora —aprieto los ojos con fuerza—.
Y te juro que todavía no entiendo por qué tuviste que joderlo todo así.
El llanto se apodera de mí por completo hasta que, poco a poco, el nudo de mi garganta empieza a deshacerse. Cojo el móvil, doy a enviar y aparece un tic, solo uno, como siempre que le mando un audio, porque me tiene bloqueada y yo a él.
Me quedo quieta un segundo, mirando cómo el agua desaparece por el desagüe hasta que estoy lista para salir de la ducha, vestirme y bajar a cenar. Es triste, pero qué acostumbrada estoy a esta rutina. Da igual dónde esté, en Madrid o en la montaña de Italia, siempre viene conmigo.
Mis compañeros ya están sentados en la mesa con su plato. Una de las “normas” del retiro es que el momento de la comida y de la cena lo hacemos juntos. Así que, en cuanto bajo, saludo y voy a la cocina a por mí plato, que ya está preparado.
Después de cenar, Leone y yo salimos a fumar, como cada día desde que llevamos aquí, desde el día que le vi llorar.
—Dios mío, hoy es el día que más frío hace —dice Leone mientras me ofrece una manta.
—Y tanto —contesto aceptando la manta—, es el precio que tenemos que pagar los fumadores.
Hablamos un poco de la cena, de los compañeros, de las expectativas que teníamos de este viaje.
—A mí me salió un anuncio en Instagram, pero lo ignoré, hasta que me volvió a salir una y otra vez y dije: "Bueno, quizás es una señal del destino" —me cuenta Leone mientras coge un cenicero y vamos a sentarnos a un banco que está más resguardado.
—El destino siempre jugando con nosotros.
—O nosotros con él.
La conversación sigue dos cigarros más, hasta que no podemos articular palabra porque nuestros dientes no paran de chocarse del frío que hace. Cosa que sorprendentemente nos hace mucha gracia y tenemos que calmarnos antes de pasar dentro para no despertar a nadie.
Cuando estoy en la cama, pienso en el día tan bonito que he vivido hoy, a pesar de la visita de Jairo. Supongo que mi cabeza y mi corazón están más que acostumbrados y son inmunes a su presencia.