CAPÍTULO TRES #2
Empiezo añadiendo más trazos, sombras, aparece una rama y luego un pájaro.
Así hasta que el dibujo se va completando y mi cabeza se va callando.
El tiempo pasa demasiado rápido, como todo lo que importa.
A ratos levanto la mirada y observo el paisaje para luego volver al papel.
Cuando me doy cuenta, la luz ha cambiado.
El cielo ha dejado de ser gris y ahora está de un azul apagado.
Miro alrededor y todo parece más tranquilo.
Se está haciendo de noche. Cojo el móvil que apenas tiene batería.
Notificaciones importantes: ninguna. Me sorprende darme cuenta de la cantidad de horas que llevo fuera.
Todo el santo día, vaya. Y con un solo un café en el cuerpo.
Guardo la libreta y me pongo de pie despacio porque apenas noto las piernas. Con el cielo oscuro por completo, emprendo el camino de vuelta al hotel.
Llego al hotel y las luces de la calle dibujan sombras largas entre los árboles, el frío se nota más y se me cuela por el cuello del abrigo, lo que me hace caminar un poco más rápido.
Empujo la puerta principal y el calor me golpea de frente.
Cuando entro el olor a comida casera revuelve mi estómago. Dejo las botas en la entrada y me quito el abrigo cuando escucho una voz detrás de mí.
—¡Indira! ¿Dónde te habías metido, criatura?
—es Almudena, la gaditana, con una sonrisa enorme y un pañuelo en el pelo que tiene vida propia.
Se acerca, me agarra del brazo con toda la confianza del mundo, como si nos conociéramos de toda la vida—.
Te estábamos esperando. No puedes aparecer ahora como si nada —dice, medio en broma, medio en serio—. Ven, ven.
No me da tiempo ni a contestar cuando ya me está arrastrando por el pasillo hasta la cocina y, en cuanto cruzo el umbral, todos están allí.
La chimenea está encendida, crepitando con el sonido hipnótico que lo inunda todo. La mesa grande está hasta arriba de platos, ollas, fuentes de colores, pan cortado, botellas abiertas. Roberto, el venezolano, está de pie junto a los fogones, removiendo algo con una cuchara de madera.
—¡Llegó la montañista! —anuncia al verme—. Ya era hora.
—Estaba preocupada —dice Eleni desde la mesa, en un inglés impecable—. Pensé que te habías fugado.
Jun levanta la vista y me dedica una pequeña reverencia, Matthieu aplaude y Almudena me empuja suavemente hacia dentro.
—Roberto ha preparado cena venezolana —me explica—. Así que, si lloras, que sea de emoción —sabe más de lo que dice porque me da un pequeño apretón de consuelo en el brazo.
Me acerco a la mesa, un poco abrumada porque acabo de pasar todo el día sola, con el silencio de la montaña y con los ruidos de mi cabeza, y de repente esta escena familiar me descoloca un poco. Roberto empieza a señalar los platos con entusiasmo.
—Arepas, pabellón, un guisito que me enseñó mi abuela… Seguro que no sabe igual que los suyos, pero está hecho con cariño.
—Eso es lo único importante —respondo, y mi estómago opina igual.
Me ofrecen una copa, Leone me acerca una silla, otro me pregunta si tengo hambre, y de pronto estoy sentada, con un plato caliente entre las manos, rodeada de voces, de acentos distintos, de historias nuevas.
Y me doy cuenta de que me siento a salvo.
Arropada por algo tan simple y poderoso como una mesa compartida, una chimenea encendida y gente que, sin saber nada de mi día, aparentemente, me ha guardado un sitio en la mesa.
Sonrío y me doy cuenta de que es la primera sonrisa que dibujan mis labios en todo el día.
Quizá no haya venido aquí a huir de nada.
Quizá haya venido justo a esto: para recordarme que, aunque algo duela con el alma, la vida sigue poniéndote en escenas bonitas, y que a veces solo tienes que sentarte, comer caliente y dejar que te acompañen.
Cuando termino de cenar, de recoger la cocina y de despedirme de mis compañeros con un “buenas noches” en todos los idiomas que sé, salgo al porche a fumarme un cigarro.
Al cruzar la puerta, el frío me alcanza de lleno y me deja seca, provocando que cada pelo de mi cuerpo se erice, pero lejos de incomodarme, me alivia.
Me siento en una de las sillas del porche y me tapo con una de las mantas que hay apiladas en el respaldo.
Apenas se distingue el paisaje. En la montaña, las nubes empiezan a acariciarnos sobre las cinco y media de la tarde, así que esa sensación de estar suspendida en blanco ya me resulta familiar, aunque lleve aquí apenas tres días.
Frente a la casa, el árbol grande tiene colgadas unas pequeñas bombillas de luz amarilla que parpadean suaves y son prácticamente lo único que consigo ver. Todo lo demás es humo, frío y silencio.
Y entonces, cuando estoy completamente sumida en esa mezcla de humo y niebla, escucho un ruido.
No estoy sola. Camino unos pasos más allá y lo veo.
Leone está sentado en otra de las sillas, con un cigarro entre los dedos.
No me sorprende encontrarlo allí; siempre suele distanciarse del grupo, no sé si por timidez o por miedo, pero cuando me acerco un poco más, me doy cuenta de que está sollozando. ¿Está llorando? Sí. Está llorando.
—Mm… hola —digo dudosa, porque nunca he sabido muy bien cómo gestionar estas situaciones.
Al escucharme, se limpia las lágrimas con rapidez y levanta la cabeza solo para volver a bajarla casi de inmediato.
—Dios, Indira, qué susto —dice, y se me escapa una pequeña carcajada. Siempre en el peor momento.
—Lo siento —le respondo con una sonrisa vergonzosa—. He salido a fumar, estaba en mi mundo y no te había visto, pero he escuchado un ruido y me he acercado a ver qué era… —Intento justificarme—. ¿Estás bien?
—Sí —contesta a toda velocidad, queriendo cerrar la conversación rápidamente para quedarse solo otra vez.
—Vale… —asiento—. Me había parecido verte llorar —me arrepiento al instante, pero ya es tarde.
Y no sé muy bien por qué, quizá porque estoy cansada de fingir o porque el frío me ha dejado más vulnerable, empiezo a hablar—.
No sé qué te pasa para estar así, pero si te sirve de consuelo, llevo unos meses horribles y decidí venir aquí para desconectar, para pintar algo que no fuera triste, pero justo antes de venir viví una situación muy desagradable y, aunque estos días he intentado estar bien, hoy he explotado.
Ha sido un día raro, a ratos tristeza, a ratos rabia, a ratos decepción, incluso culpa.
Hoy he experimentado todas las emociones desagradables habidas y por haber, y aun así ha sido un buen día, aunque no haya sido agradable —lo digo todo de golpe, sin filtros, sin entender por qué me he abierto así con alguien a quien apenas conozco—.
Así que, si estás mal, no estás solo —añado—.
Estar aquí es bonito, pero también es un reto.
—Supongo que tienes razón —dice mientras suelta el humo despacio.
Nos miramos un segundo y nos dedicamos una sonrisa ladeada antes de volver la vista al frente.
Reflexiono en lo raro que ha sido contarle todo esto a él, precisamente a él, que es el más distante de todos, pero sobre todo en lo cómoda que me he sentido haciéndolo.
Damos unas caladas más y el silencio vuelve a quedarse hasta que, de pronto lo escucho sollozar de nuevo.
No giro la cabeza, no quiero interrumpir su llanto.
—Supongo que yo también he explotado hoy —empieza—.
Como dices, esto es un reto. A veces me pregunto por qué vine aquí justo ahora, en este momento de mi vida, y al segundo la pregunta se responde sola.
Sé que este era el momento y que esta lloradita era lo que necesitaba para seguir —da una última calada—.
Hace dos meses mi novia desapareció. Se fue y no he vuelto a saber nada de ella desde entonces.
Vino a nuestra casa a por sus cosas, dejó las llaves y se marchó.
Además, me ha bloqueado de todos lados. Y aunque he intentado seguir con mi vida, hay días en los que la vida puede conmigo.
Me pregunto qué hice tan mal para que desapareciera así —se limpia las lágrimas—.
Nuestra relación no era perfecta, pero había amor…
o eso creía. Y eso es lo que me mata, pensar que todo fue una mentira, que nunca fui suficiente, que le hice daño, que el amor siempre es efímero y que da igual cuánto ames, nunca importa —se pasa la mano por el pelo.
—Lo siento mucho —le digo—. Y te entiendo más de lo que imaginas.
Esas dudas son las que me hacen explotar a mí también.
Mi historia no es igual, pero las preguntas finales se parecen —admito—.
Y si te soy sincera, no creo que el amor sea efímero.
Creo que el amor es eterno. Lo efímero es el compromiso, la lealtad, la palabra —me coloco un mechón detrás de la oreja—.
No sé si puedo darte el mejor consejo ahora mismo porque estamos pasando por lo mismo, pero algo que a mí me gustaría escuchar es que no soy el problema.
No somos el problema. Amar de verdad no es un problema.
El problema es conocer ese amor y hacerlo pedazos.
Así que no, el problema no es nuestro. El problema lo tienen ellos —me escucho y siento que, en realidad, es justo lo que necesitaba oír y que he repetido la palabra problema diez veces.
—La gente da lo que es —añado en voz baja—. ¿Sabes?
Silencio. Un minuto. Dos. Tres.
Saca el paquete de tabaco y, saca dos cigarrillos para ofrecerme uno.
—Gracias. Necesitaba recordarlo. Y no sé qué te habrá hecho tu ex —se gira, me mira, y siento que me habla con los ojos—, pero no tengo ninguna duda de que el que ha perdido de los dos no has sido tú.