CAPÍTULO TRES
DESPUÉS DE TI - VANGOURA
El día ha comenzado nublado, el cielo gris cubre la montaña y parece que sin previo aviso alguien ha hecho que la luz disminuya. Me despierto con el cuerpo cansado; como cuando has dormido muchas horas, pero ninguna bien.
Han pasado dos días desde que estoy aquí y todavía no he terminado de procesar lo que me pasó viniendo a Italia, no lo he hablado con nadie porque a veces es más fácil fingir que todo está bien y porque, sobre todo, no quería permitir a nadie, ni siquiera a mí misma,
estropearme esto que me he regalado.
Estar aquí, este sitio, esta decisión que tomé con ilusión y con valentía, y que no pienso dejar que se manche ahora.
Cogí el tren de Madrid a Barcelona porque desde allí el avión me salía más barato y porque no me importaba alargar el trayecto. Iba tranquila, con la música en los auriculares y la mente sumergida por completo en todo lo que me esperaba al llegar a Italia. Hasta que levanté la cabeza y lo vi.
Jairo. Mi ex. El que durante mucho tiempo pensé que sería el padre de mis hijos y el que sigo pensando que es el amor de mi vida.
Sentado en el mismo vagón, dos filas más adelante, hablando bajito con ella, con la chica que tantos problemas causó en nuestra relación, la que siempre estuvo presente como una discusión pendiente, como un tema incómodo que él insistía en minimizar mientras yo me esforzaba por no parecer insegura,
celosa y loca.
Lo dejamos hace cinco meses, bueno, me dejó él, dos días antes de mi cumpleaños, diciendo que necesitaba tiempo para poner en orden su vida.
Y yo le creí, porque cuando quieres a alguien haces ese tipo de cosas estúpidas, confías incluso cuando tu intuición te está preguntando si eres tonta o si estás ciega.
Hace un mes le dediqué una exposición de cuadros en Madrid.
Nunca había expuesto de manera tan pública mi arte ni se lo había dedicado a nadie, y menos a un ex, pero lo hice porque yo soy así, o al menos era así con él, porque cuando siento algo voy hasta el fondo, aunque por dentro esté temblando.
Y porque en ese momento todavía pensaba que lo nuestro había sido real y que no se había acabado.
Y él me lo devolvió con la mayor decepción de mi vida. Se estaba liando con ella. La misma de la que me decía que no pasaba nada, que era una amiga, que no le gustaba, que exageraba, que me montaba películas, y de repente todo empezó a cuadrar de una forma que nunca imaginé que pasaría.
Cuando me vio, se levantó y vino hacia mí con cara de no haber roto un plato en su vida y yo le había pillado con toda la vajilla rota en el suelo. Antes de que pudiera decir nada, sentí una lucidez muy impropia de mí.
—Mira, Jairo —le dije antes de que pudiera abrir la boca—, no sé qué quieres, pero no te voy a permitir ni que digas mi nombre.
Se quedó quieto.
—Hace un mes te dediqué una exposición —seguí—.
Sabes lo complicado que siempre ha sido para mí exponer, mostrarme así.
Mi arte siempre ha sido solo mío, y por un tiempo también fue tuyo.
Y tú decides bloquearme después de que te quité de mis redes por verte con ella —señalo en su dirección—.
Así que no. No te voy a permitir que me jodas también esto. No me lo merezco.
Las palabras salieron solas, tanto que me sorprendí a mí misma. Llevaba meses esperando desahogarme así.
—He aguantado muchas cosas por amor contigo.
Que tu “mejor amigo” desconfiará de mí y se dedicará a hacer comentarios horribles mientras tú te callabas la puta boca —empecé a enumerar todos los reproches que he ido guardando cada noche que me pasaba enfadada con él y conmigo—.
Que me dejaras tirada con una reserva por tu cumpleaños para irte a un festival con tus amigos a drogarte.
Que te rieras de mi trabajo. Que no estuvieras cuando te necesitaba.
Que me dejarás en casa de tus padres con ataques de ansiedad para irte a casa de tu amigo porque «llevabas mucho sin verle».
Nunca has estado presente en mi vida, nunca has pasado más de dos días en mi casa, no conociste de verdad a mis amigas, nunca hacíamos planes que me gustaran a mí porque los tuyos eran más importantes, nunca me regalaste una triste flor aun sabiendo cuánto me gustan.
Paré para coger aire porque de repente Eminem me había poseído.
—Me dejaste hace cinco meses, dos días antes de mi cumpleaños, diciendo que necesitabas tiempo.
Y lo único que te ha faltado ha sido tiempo para metérsela a otra.
Lo peor es que durante cuatro meses y medio yo seguí creyéndome tuya.
Esperando como una gilipollas porque tú me dijiste que confiara en ti.
Llorando cada puta noche. Hablando de ti como una idiota.
Lo miré a los ojos.
—Hace dos semanas decidí perdonarme. Y, aunque no lo creas, perdonarte a ti también. Porque entendí que la gente da lo que es. Y tú diste exactamente eso.
Me acerqué un poco más.
—Ojalá no madures nunca, porque el día que lo hagas te vas a dar cuenta de todo lo que me hiciste y de lo mucho que perdiste. Y ese día te va a doler el puto alma, Jairo. Pero ya no será problema mío.
Me giré.
—Ahora vete con ella, que te recuerdo que cuando te conoció tenía novio y no ha parado hasta que te la ha chupado, así que ve con cuidado de que no te haga lo mismo. Espero que te vaya muy bien y no vuelvas a mencionar mi nombre en todo lo que te queda de vida.
Me levanté y, cuando estaba saliendo del vagón, noté como un hombre me miraba fijamente, intentando decidir si estaba presenciando una escena triste o simplemente a alguien un poco loca. Me giré hacia él, cansada, todavía con el corazón a doscientas pulsaciones por minuto, y le dije:
—Sí. Esto está basado en hechos reales.
No esperé respuesta. Me di la vuelta y caminé hacia la cafetería del tren, que estaba cerrada, pero me senté allí igual y pasé las casi cuatro horas de viaje que me quedaban hasta Barcelona mirando por la ventana, intentando respirar, intentando calmar la ansiedad, la rabia, la decepción, el dolor.
Aunque no lo conseguí del todo, porque el dolor del alma no es tan fácil de anestesiar como el del cuerpo, y por mucho que te repitas que pasará, que todo va a estar bien, hay cosas que primero necesitan joderte viva.
Cuando pisé Italia, me puse «la máscara».
La conozco bien, es la que uso para sobrevivir, para disfrutar cuando por dentro está todo hecho una mierda.
Decidí no hablar de lo ocurrido con nadie, ni siquiera con mi Trío Salvaje, porque Jairo nunca ha sido santo de su devoción y contarlo sería darle vueltas a algo que ahora mismo no quiero tocar.
Prefiero guardarlo, dejarlo reposar y, cuando vuelva a Madrid, desahogarme con ellas en frío.
El caso es que los dos primeros días que estuve aquí fingí de lujo.
Sonreí, hablé, me mezclé, hasta me sentí tranquila a ratos.
Pero anoche empecé a ver cómo la máscara se iba deshaciendo.
Me empecé a sentir cansada, rara, rota, y decidí subirme a la habitación para cenar sola, para ver si el silencio me ayudaba a poner un poco de orden a todo lo que tenía en la cabeza.
Hoy estoy peor. No puedo quitarme la escena del tren de la cabeza.
La manera en la que me miraba. Cómo intentaba hablar y yo no se lo permitía.
Y empiezan las preguntas, una detrás de otra, sin darme un descanso.
¿Y si le hubiera dejado hablar? ¿Qué me habría dicho?
¿Me habría pedido perdón? ¿Me hubiera dicho que ahora es más feliz?
¿La he cagado? ¿He cerrado por completo las puertas a algo con él?
La cabeza no se calla. No me deja en paz.
Aun así, me levanto de la cama y voy al baño. Al mirarme en el espejo del baño empiezo a compararme sin querer. «¿Ella es más guapa que yo? Seguro que no tiene tanta ansiedad, ni tantos miedos, ni tantas dudas. Seguro que es más divertida. Seguro que tiene más amigas. Seguro que…».
Basta.
Me lavo la cara con agua fría con la intención de alterarme para relajarme y dejar de pensar en todo. Me peino, me visto y voy a por un café que cojo casi corriendo de la cocina. Salgo del hotel con el objetivo de perderme un poco por los caminos de la montaña.
Las nubes empiezan a moverse, dejando que algunos rayos de sol se cuelen entre las ramas de los árboles.
El frío no se va, está aquí, acompañándome.
A veces un rayo de luz me acaricia y encuentro un poco de calor, pero dura poco.
Las nubes vuelven a taparlo todo, corren muy rápido, como si tuvieran prisa, como si estuviesen jugando con el sol.
Y yo estoy aquí, observando ese juego, sintiéndome pequeña y viva a la vez.
Supongo que la vida es un poco esto. Ni una desgracia enorme ni una felicidad constante, sino este ir y venir en el que parece que estás bien y de repente no, en el que un pensamiento aparece sin avisar y te jode el día entero, aunque cinco minutos antes estuvieras tan tranquila.
Las cosas no se ponen en orden de golpe, se mueven, cambian, se desordenan para ordenarse.
El sol está ahí, pero no se queda. Aparece cuando quiere y se va sin preguntar. Como los ratitos buenos, como lo que das por sentado, como la paz. Y ni siquiera el frío se va del todo, aunque camine, aunque me mueva, aunque intente distraerme. Va conmigo.
Sigo andando mientras acepto que mi día de hoy va a ser un poco gris, y ya no estoy hablando del cielo. No quiero obligarme a estar bien ni castigarme por no estarlo. Simplemente quiero caminar, mirar el cielo y aceptar que hoy es así, que esto también forma parte del proceso.
Vivir no consiste en entenderlo todo ni en sentirte fuerte todo el rato, a lo mejor simplemente sea seguir, incluso cuando el sol se esconde tras las nubes.
Me siento en una roca plana, algo apartada del camino, con las piernas colgando y la libreta apoyada sobre los muslos.
Saco el lápiz y hago una línea en mitad de la hoja.
Es una herramienta que me enseñó mi psicóloga para despejar la mente después de probar todas las herramientas habidas y por haber y que ninguna me funcionara.
Durante unos segundos me limito a observarla, giro el cuaderno varias veces hasta que veo el dibujo asomando por esa línea.
Inmediatamente mi cabeza, que hace unos minutos no paraba de pensar en diez cosas a la vez, se centra en el dibujo que puedo tener en frente.